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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Los regalitos que nos dejó Nadia

Visto lo visto con la impoluta Nadia, en plena campaña para apoyar al candidato Sánchez, hay que acudir al sabio refranero: «Del agua mansa líbrame Dios, que de la brava me libro yo»

Nadia María Calviño Santamaría pasó a mejor vida hace tres años cuando fue nombrada presidenta del Banco Europeo de Inversiones (BEI). La que destacó en sus inicios por ser una técnica con prestigio europeo que parecía chirriar dentro de un Consejo de Ministros populista, plagado de adolescentes sin oficio, pero con beneficio, fue degenerando en una sanchista con la misma vocación sectaria que sus compañeros. Cuando vio que la nave zozobraba, se buscó un puestazo en Luxemburgo, donde vive mejor que aguantando a Yolanda Díaz. Pero, a pesar de haber puesto tierra de por medio, no pasa día en que no arrime el hombro para ayudar a la precampaña electoral de su exjefe, al que no le basta la manipulación de la muerte de Maricarmen Abascal: acaba de decir que España es el referente en crecimiento de la UE, que no hay que bajar impuestos y que debemos seguir apostando por las energías renovables. Todo eso se lo dice a un país con la mayor presión fiscal de Europa, con índices de pobreza superiores a la media europea y que ha sufrido un apagón, en algunos casos durante doce horas, sin que todavía hoy oficialmente se nos haya aclarado las razones. Las a intuimos, eso sí. Además, también recordamos sus desaguisados, que contribuyeron al desastre económico que recibirá el nuevo presidente del Gobierno a partir del 29 de noviembre.

Lo cierto es que, lejos de ejercer como vicepresidenta y ministra de Asuntos Económicos desde 2018 a 2023 con la profesionalidad exigida a quien era economista de Estado y alta funcionaria en las instituciones europeas, hizo sus pinitos demagogos como cualquier hijo putativo de Pedro Sánchez. Antes de irse ya nos adelantó que los principios están para cambiarlos: en 2022 amenazó con no volver a un acto público en el que ella fuese la única mujer, largueza que incumplió en pocos días haciendo justo lo que negó, e impuso un código de paridad hombre-mujer en las empresas con ribetes desternillantes. Aun así, lo mejor estaba por llegar. A estas alturas ya sabemos que contó con gente muy próxima sentada en mesas donde las manos chorreaban de chapapote. En cualquier otra democracia europea, estas notas a pie de página de su labor como segunda del Ejecutivo hubieran supuesto un descrédito inasumible para quien tiene tan alta responsabilidad en Europa. Aquí –y por extensión, en la UE– no pasa nada. Ella sigue religiosamente cobrando sus 381.397,92 euros.

Lo último y más preocupante que hemos conocido es que la UCO ha interrogado al que fue su número 2, su secretario de Estado Gonzalo García Andrés, actual consejero comercial de España en el Reino Unido. Los investigadores le tomaron declaración hace unos meses por su participación en el controvertido rescate de Tubos Reunidos, por valor de 112,8 millones de euros. La mano derecha de Nadia en principio se opuso a la inyección de dinero a una empresa que hoy está en la lupa de la justicia y que fue recientemente registrada. Finalmente, la compañía recibió el dinero, gracias, entre otras gestiones, a la intermediación de Ortúzar, del PNV. La policía judicial encontró mensajes internos que constataban que García Andrés no quería dar esa ayuda ya que, como Plus Ultra, Tubos se encontraba en pérdidas. Pero las presiones de los imputados Santos Cerdán, Vicente Fernández (presidente de la SEPI) y Antxón Alonso, que se jugaban una sustanciosa comisión, parece que lograron doblar el brazo del secretario de Estado, que, eso sí, impuso condiciones más rigurosas que a otras compañías rescatadas.

Hay que esperar a ver cómo avanza la pieza secreta sobre los manejos de Santos Cerdán en la SEPI y otros organismos que decidían el dinero con el que se subvencionaba a empresas en dificultades durante la pandemia, pero algo huele mal en el entorno ministerial de la actual directora del BEI. Y por si esto fuera poco, ella misma se ha metido en la boca del lobo revelando su destreza en las tretas gubernamentales. En su libro Dos mil días en el Gobierno, contó que «ayudó» al Instituto Nacional de Estadística (INE) a calcular un crecimiento de la economía más elevado del que presentaba inicialmente. Artificio que se materializó tras la destitución del entonces presidente del INE, que se fue poniendo pies en polvorosa. También hemos sabido que se inmiscuía en la labor de ese Instituto para torcer los datos de la Contabilidad Nacional, la EPA y las cifras del PIB.

En el citado libro aprovechó para saldar cuentas con Yolanda Díaz a la que, sin citarla por su nombre, acusó de «hacer imposible un acuerdo equilibrado en un clima de entendimiento». «Siempre– recalcaba la exvicepresidenta económica– la misma puerta de salida: arrinconar a los empresarios en una posición inasumible, llegar a un acuerdo bilateral con los sindicatos y, ante el coste político de no validarlo, poner presión al resto del Gobierno para así aparecer como vencedor de una batalla ficticia en la que, la verdad, nadie ganaba nada». Lo cierto es que nadie había descrito tan bien las artimañas de Yoli; pero, al cabo, Nadia fue tan responsable de las maniobras arteras del Gobierno de coalición como la todavía ministra de Trabajo.

Pero Calviño tiene un historial más longevo: la escopeta de feria de su Ministerio ya había fallado cuando la titular del ramo fue preguntada por los estragos que podría traer aparejado el confinamiento por la Covid. Entonces, la gurú de Sánchez aseveró que económicamente el impacto de la pandemia sería «poco significativo y transitorio», sentencia digna de ser esculpida en el mismo mármol que la de Fernando Simón de que «España no va a tener más allá de algún caso». Hija del polémico José María Calviño, presidente guerrista de TVE entre 1982 y 1986 y asesor de Pedro Sánchez durante su travesía del desierto tras ser expulsado por los barones en 2016, Nadia, de maneras suaves y apariencia institucional, se contagió finalmente de la chabacanería populista, usando la brocha gorda para cubrir cualquier crítica que se le dirigiera, casi todas destinadas a evidenciar sus graves agujeros en gestión y, últimamente, un sospechoso tufillo a nepotismo con su marido, que finalmente fue abortado.

Visto lo visto con la impoluta Nadia, en plena campaña para apoyar al candidato Sánchez, hay que acudir al sabio refranero: «Del agua mansa líbrame Dios, que de la brava me libro yo».

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