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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Si arde Francia, arderá España

Son chusma de ultraizquierda, vándalos oportunistas, que han reparado en que, a río revuelto, ganancia de pescadores. Y estos revolucionarios de iPhone son expertos pescadores. Más allá de los Pirineos y a este lado de esa cordillera.

En Francia el mito revolucionario no cuela. No es que no sea verdad que haya desigualdades sociales que denunciar, que la carestía de la vida sea insufrible y que la educación haya perdido excelencia. Todo eso es así. Pero la rapiña de los vándalos que continúa en ciudades como París, que incluye el robo de maquillajes, perfumes y móviles de última generación, no parece una prístina manifestación del impulso revolucionario de los jóvenes y nada tiene que ver con la consecución de metas sociales necesarias. Lo que está ocurriendo en Francia, a seis meses de sus elecciones, algo en Albania, y también en Milán, no es un interés legítimo por la igualdad de oportunidades y por la educación pública. Ya hay más de 2.300 detenidos y siete de cada diez de ellos son adultos, así que, de pobres muchachos estudiantes de secundaria preocupados por sus escuelas, nada de nada.

Son chusma de ultraizquierda, vándalos oportunistas, que han reparado en que, a río revuelto, ganancia de pescadores. Y estos revolucionarios de iPhone son expertos pescadores. Más allá de los Pirineos y a este lado de esa cordillera.

Allí los radicales antisistema y la izquierda rupturista ha olido la caída de Macron así que Mélenchon y su partido –una especie de Podemos con fromage–, La Francia Insumisa, quieren recoger las nueces agitando el árbol de la violencia y la sinrazón, que no logra frenar ni el toque de queda que se decreta todas las noches. Aquí está ocurriendo algo todavía no de esa dimensión, pero no es descartable que la alcance. Lo de Coruña y Avilés, contra el legítimo derecho de Santiago Abascal de protagonizar un acto político, es un ejemplo. Y todo con la connivencia de los delegados del Gobierno, que son el abrazo armado de Sánchez allí donde puede hacer daño. Tacita a tacita, el miedo a que haya alternancia política, es decir, a que los ciudadanos ejerzan su derecho democrático a dar un puntapié al actual Ejecutivo, y con ello, pueda gobernar la derecha, ha puesto en alerta a los cuarteles generales de una izquierda que sabe que tiene perdidos los comicios del 29-N. Pero si no se puede en las urnas, a las que han intentado engordar con la ley de nietos, pues la calle es la espita. El efecto contagio no es descartable. Recordemos cómo aquí, el hermano putativo de Mélenchon, Pablo Iglesias, también se emocionaba cuando veía pegar a un antidisturbios o llamaba a asaltar el Congreso o a hacer escraches a Cifuentes o a Soraya.

En toda España, y especialmente en Madrid, está creciendo la tensión. Ya nos los advirtió la lideresa de Más Madrid Manuela Bergerot: «No habrá paz en las calles». Así que preparémonos a escrache, o revuelta, o manifestación, o corte de carreteras –el lunes fue la A-3– por día. La policía nacional tuvo que hacer retroceder a cientos de profesores, como lo oyen «profesores», que taponaban la salida de Ayuso de un acto institucional, lo que aconsejó a las fuerzas de seguridad a retenerla casi una hora, para que no ocurriera nada irreparable. Así van a seguir hasta el día de reflexión. La huelga de médicos contra Mónica García se ha desconvocado para no interferir en la campaña, pero se llama a una huelga general y se convocan movilizaciones contra… la oposición. Esta es la España que tenemos. Ocho años gobernando y la culpa de nuestros males la tienen los partidos que no gobiernan.

Esos mismos profesores y la Comunidad de Madrid llegaron a un acuerdo el año pasado y ahora se resucita electoralmente la causa de la enseñanza para que el Frente Amplio, a tortas con los Galapagar, pueda tener cierta visibilidad. Todo es una maniobra política. Ni la vivienda importa –ahí están los acampados de Sol yéndose a dormir a su casa por las noches (están militarizados con pase pernocta)– ni la precariedad educativa es importante para la izquierda y los sindicatos. Lo único que persiguen es no perder el poder. Para ello se van a dedicar en cuerpo y alma. Si Unai Sordo y Pepe Álvarez han recibido el triple de subvenciones con Sánchez que con Rajoy, la elección no tiene duda.

Suena duro decirlo, pero estemos preparados para que este Gobierno y sus corifeos, sindicatos y medios entre ellos, intenten evitar por tierra, mar y aire que el PSOE tenga que desalojar La Moncloa. Colonizadas y destrozadas todas las instituciones, la última el Defensor del Pueblo, y la penúltima el Tribunal Constitucional, aunque haya tenido un postrer rapto de decencia, solo queda el asfalto. Que arderá. Ya «huele a tierra quemada», como nos cantaba Manolo Díaz, en esta continua postguerra que Pedro Sánchez se empeña en hacer interminable.

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