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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Los felones de Pedro después del 29-N

Ahora, Hernando, un fijo en las reuniones con Leire, tiene a su mujer, Anabel Mateos, mandando en Ferraz como adjunta a la secretaria de Organización, tras la salida de Santos Cerdán, y López está destinado al cadalso de las elecciones de Madrid

La obediencia como el poder es el mejor pegamento para soldar heridas. Veremos qué pasa con una y con el otro cuando desaparezcan el 29-N, si se cumplen los pronósticos. En la bochornosa sesión del Comité Federal del PSOE hace diez años vimos a dos socialistas, Óscar López (hoy ministro) y Antonio Hernando (hoy secretario de Estado), haciendo cola para saludar a la gestora que iba a dirigir Javier Fernández y que acababa de mandar al paro a Pedro Sánchez. Ambos habían sido sus portavoces en el Senado y en el Congreso, respectivamente, y corrían para ganarse el favor del nuevo poder en Ferraz, dejando atrás a un baldón llamado Pedro. Y eso que, junto al defenestrado, Óscar y Antonio fueron llamados los «chicos de Pepiño» y formaron un grupo de amigos durante la etapa de Zapatero. Cuando el gris concejal madrileño hoy jefe del Ejecutivo fue encumbrado al liderazgo socialista en 2014, todos creían que su estrella sería fugaz. Y que su gestión sería tutelada y vigilada, hasta que le pudiera sustituir Susana Díaz. Es más, su perfil se vendió por entonces como el de un moderado frente a su oponente, Eduardo Madina, al que se tachaba de radical y populista. El diagnóstico no pudo ser más errado. Cuando se dieron cuenta del monstruo que habían alimentado, ya era tarde. En diciembre de 2015 obtuvo 90 escaños y en la repetición electoral del verano de 2016 llevó a mínimos a su partido, con 85 actas. Es entonces cuando el PSOE responsable quiere abstenerse para no ir por tercera vez a las urnas y él se niega y llega lo del Comité Federal.

Así que, cuando Sánchez fue descabalgado, tanto Hernando como López tomaron posiciones. El primero llegó a defender, como portavoz de la gestora, la abstención de su grupo en la investidura de Rajoy –el casus belli de la salida del hoy presidente– y el segundo terminó secundando la candidatura de Patxi López, la tercera vía en la pugna Sánchez-Susana. Pero ocurrió que las cosas no salieron como se esperaba y la victoria a lomos del populismo y de los enemigos de España del examigo de ambos los dejó tumbados en la lona, con el rearmado secretario general más quemado con sus antaño colegas que el palo de un churrero –y con el odio eterno de Begoña Gómez, que todavía no les ha perdonado. Tuvo que pasar un tiempo para que Su Sanchidad bajara la guardia, y no fue en un solo asalto. El líder socialista jamás olvidó que Antonio le enviara al gallinero en el hemiciclo y con López mantuvo un enfado tremendo. La exdirigente de UPyD, Rosa Díez, cuenta en su libro Caudillo Sánchez una anécdota demoledora sobre el cambio de chaqueta de Óscar. El 14 de julio de 2018, un largo mes después de que triunfara la moción de censura contra Rajoy, en la Embajada francesa en Madrid el hoy ministro y candidato a la Comunidad de Madrid dijo en un corrillo, refiriéndose a su examigo, que «este tío nos llevará al desastre». Fue así, pero con el tiempo él colaboró como el que más en ello.

Semanas después de esa maldad en la legación gala, Sánchez abrió la oficina de empleo a amiguetes y colocó al díscolo López en la presidencia de Paradores, con un sueldo cercano a 200.000 euros. Fue lo más parecido a un purgatorio de lujo. Pero un purgatorio público cuyas cuentas el flamante ministro llevó a la ruina, tal y como denunció el Tribunal de Cuentas. El acercamiento entre los antiguos colegas estaba más próximo, pero hasta tres largos años después no se produjo el definitivo reencuentro: Óscar terminaría siendo su jefe de Gabinete y Antonio, su adjunto. La etapa de Paradores le sirvió a López para digerir que, para prosperar al lado del César, había que traicionar al PSOE clásico de González y Rubalcaba; después militar en el populismo socialista y, finalmente, coadyuvar para enterrar el pacto de 1978.

Ahora, Hernando, un fijo en las reuniones con Leire, tiene a su mujer, Anabel Mateos, mandando en Ferraz como adjunta a la secretaria de Organización, tras la salida de Santos Cerdán, y López está destinado al cadalso de las elecciones de Madrid. El ministro de Transformación Digital y Función Pública es la última apuesta de Sánchez para controlar los territorios, tras mandar al matadero aragonés a Pilar Alegría y a su número dos, María Jesús Montero, a perforar el suelo de Espadas en Andalucía. Dentro del partido es un secreto a voces que el que fuera jefe de Gabinete de Moncloa, etapa en la que tuvo papel estelar en el episodio de la filtración de datos protegibles del novio de Ayuso por parte del exfiscal general, no quiere ir a Madrid a ser tumbado por la presidenta popular; allí morirá, aunque cree haber encontrado un filón en lo del ático de Ayuso. La misma suerte que podrían correr el asturiano Barbón, la navarra Chivite y el castellano-manchego Page (aunque él puede esgrimir su antisanchismo para mantenerse a flote). Veremos lo que ocurre con López, uno de los grandes felones del sanchismo, que no quiere quemarse en el altar del ego de su jefe. Y veremos también qué sucede con Hernando, tan cerca de las cloacas sanchistas. Los felones de Pedro están que se salen y serán los primeros en ejercer de tales si el buque se va a pique el último domingo de noviembre. Después vendrán otros.

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