Neoluditas
Los «progresistas» son terriblemente miedosos y sufren una aversión enfermiza al cambio, al riesgo y a la incertidumbre. Esa enfermedad del alma se impone al pensamiento racional y pretenden para la IA una «gobernanza global»
Solo hay progreso tecnológico. La naturaleza humana no progresa, salvo que te inventes una ruta o destino en la errática evolución de las especies. Un hombre mejor es un hombre mejor adaptado, lo que se aplica a la iguana o al mirlo. La selección natural es un pozo demasiado hondo, atañe a un concepto de tiempo ajeno a nuestras capacidades cognitivas y, además, resulta amoral en sus mecanismos y carece de elemento teleológico. Es puro azar, favorable al que sufre modificaciones genéticas convenientes y a su descendencia; letal para las especies no premiadas en la ciega lotería. De ahí que hablar de progreso en el hombre sea una ingenuidad. El único progreso es tecnológico, pero, curiosamente, hoy se tiene por progresista a quien rechaza el progreso en la vida de las sociedades, que quisieran ver congeladas por siempre en el estado en que las conocieron y aprendieron sus normas.
El hombre receloso de los cambios es partidario de prohibir cuanto le obligue a hacer las cosas de otro modo. Ahora mismo estamos a punto de conocer un mundo nuevo gracias a (por culpa de, en términos de un «progresista») la IA. Todo se verá afectado. Si está usted entre los que hicimos la carrera usando en casa una máquina de escribir para pasar los apuntes y elaborar los trabajos, recordará cómo todo se alteró a velocidad de vértigo entre 1996, cuando empezamos a usar internet con una cierta normalidad (un internet que hoy no soportaríamos por lento, pero entonces milagroso), y 2005, cuando la primera burbuja ya había reventado y llegaron, como un huracán, la desintermediación, el fin de la distancia, la globalización, la caída de barreras de entrada en un sinfín de sectores hasta entonces prohibitivos y estancos (como este, el de los medios). No solo cambió el trabajo; mudó el ocio, la manera de relacionarse, de informarse, de viajar. Bien, pues todo eso fue una broma al lado de lo que viene.
En aquella ocasión se conservaron muchas profesiones y oficios que esta vez no resistirán. Los que queden se verán forzados a transformar profundamente sus rutinas de trabajo. En la UE hay una nueva obsesión: cómo prohibir todo esto. Más en concreto: cómo impedir sus consecuencias dentro de Europa. Los «progresistas» son terriblemente miedosos y sufren una aversión enfermiza al cambio, al riesgo y a la incertidumbre. Esa enfermedad del alma se impone al pensamiento racional y pretenden para la IA una «gobernanza global». Pensar con miedo no es pensar, de ahí que se les escape la imposibilidad de que China se someta a ninguna restricción en dicho terreno, salvo de boquilla. Los que no sufrimos el miedo pánico del «progresismo» (entiéndase, insisto, como terror al progreso) tenemos suficiente con prever el seguro desmarque de la China para desear que los EE. UU. se olviden de las zarandajas de contención. De la UE no esperamos nada. Te subes a la montaña rusa o te quedas solo haciendo cosas que nadie quiere a un precio que nadie paga.