Roger Scruton y su lección en las barricadas
Viendo las algaradas de mayo del 68 decidió hacerse conservador y apoyar la civilización occidental; lo que ha pasado en Barcelona y La Coruña invita a lo mismo
Leyendo un estupendo artículo de García-Máiquez, me vuelvo a acordar del filósofo y polemista conservador inglés Roger Vernon Scruton. Falleció en 2020, a los 75 años, por un cáncer de pulmón, cultivado con una larga e íntima amistad con el tabaco y el vino.
Como ocurre con muchos ingleses simpares, el profesor Scruton gastaba un punto excéntrico, que le confería un plus de encanto. De entrada, estaba su pinta, con su mata desafiante de pelo rojo y su cara angulosa de guiri. Escribió medio centenar de ensayos, dos óperas y un par de novelas. Tras convertirse en fiel anglicano, tocaba el órgano en su parroquia durante los oficios. Se sumó ya talludito a la caza del zorro, por considerarla una arraigada tradición inglesa, detestada por los progres locales. Nunca evadía una polémica y era un leal amigo del morapio. Llegó a escribir un ensayo titulado Bebo, luego existo, parodia del cogito, ergo sum de Descartes. Sostenía que el problema no es beber con el estómago vacío, como advierte el tópico, sino hacerlo «con la cabeza vacía».
Combatió con su contundencia sin mordaza los horrores de la arquitectura moderna y la banalidad de la música pop. Su condición de librepensador le costó un sinfín de líos y vetos, que no impidieron que la magnífica Isabel II lo invistiese como sir. Scruton fue un campeón de la tradición, la belleza con mayúsculas, la alta cultura y el encanto de la naturaleza. También defendía la necesidad de Dios, aunque se mostró más bien como un creyente cultural que como hombre de auténtica fe.
Como todo ser humano, presenta algún punto oscuro. En 2002, Financial Times y Wall Street Journal prescindieron de sus columnas, al descubrir que cada cierto tiempo les colaba artículos protabaco mientras cobraba bajo cuerda de la Japan Tobacco Inc. Cuanto daño –ay– hace el becerro de oro (y voy a silenciar por compasión alguna anécdota similar de colegas columnista españoles, que vendieron su pluma a turbios intereses mientras disertaban investidos de una supuesta superioridad).
Scruton también fue distinguido en Europa del Este, donde premiaron su valiente apoyo a las redes intelectuales clandestinas contra el comunismo. Como toda persona cabal, y como tradicionalista a lo Edmund Burke, era visceralmente contrario al socialismo.
Sin embargo, las cartas de cuna que recibió en su infancia, allá en las Midlands del Este, deberían haberlo llevado por el carril izquierdo. Su padre era un maestro de credo laborista, que detestaba a las élites de la clasista sociedad británica. El furor doctrinario del progenitor llegó al extremo de que retiró la palabra a su hijo cuando logró entrar becado en Cambridge, forja de la clase patricia.
¿Por qué se volvió conservador Roger Scruton? La respuesta es muy actual, pues enlaza con las protestas violentas que estamos sufriendo en Europa, España incluida (véase La Coruña, Barcelona y lo que vendrá de aquí a las elecciones).
En 1968, Scruton preparaba su doctorado en Cambridge y tenía una novia una francesa, Danielle Lafitte, más tarde su primera y efímera esposa. En una visita a París para verla se hospedó en el Barrio Latino, donde se dio de bruces con los disturbios de mayo del 68: coches volcados, adoquines volando contra la Policía, escaparates rotos… Para el joven estudiante inglés aquello fue una epifanía. Aquel día entendió que debía abrazar el conservadurismo:
«De repente me di cuenta de que yo estaba del otro lado de aquella revuelta descontrolada de hooligans autoindulgentes de clase media». El filósofo preguntó a sus amigos franceses qué buscaban aquellos jóvenes con sus algaradas. «Y me respondieron con una ridícula cháchara marxista», lamentaba.
Scruton quedó vacunado: «Aquello me asqueó y me di cuenta de que debíamos volver a los valores de la civilización. Entonces me convertí en conservador, porque reparé en que deberíamos conservar las cosas en lugar de derribarlas».
Cualquier persona con un ápice de sensatez siente lo mismo viendo el estallido de ira y vandalismo en las calles de Europa y de España, donde al nihilismo izquierdista se suman ahora chavales musulmanes de segunda generación que no han aceptado nuestros derechos y libertades.
Construir una buena economía, proteger la propiedad privada, salvaguardar la libertad, edificar un sólido Estado de derecho… Todo eso es la cosecha de una obra civilizatoria secular, que ha costado ímprobo esfuerzo. Esos bienes estarán en juego en las elecciones del 29 de noviembre.
Ante las barricadas es necesario situarse en el bando de Scruton, si no queremos que una turba destroce lo que tantos españoles anónimos y sus familias han construido. Desde luego Sánchez y su desaparecido Marlaska no nos van a proteger, sino más bien todo lo contrario...