Una extraña sensación
Y es que queremos –siendo más precisos, necesitamos– una familia y los hermanos son un regalo. Un regalo que no siempre se puede tener, pero que si se tiene es muy gozoso
El otro día me colé, como suelo habitualmente, en una conversación ajena. No intervine pero tampoco avisé de mi presencia. Como aquellas dos jóvenes estaban tan cerca de mí solo tuve que disimular un poco y no hacer ningún esfuerzo para oírlas.
Una le comentaba a la otra que había participado en la despedida de soltera y en la boda de una amiga suya. Hasta ese momento todo estaba siendo bastante poco meritorio de ser espiado, aunque, por desgracia, en las despedidas de soltero modernas (valga la redundancia) suele darse rienda suelta a las pasiones más bajas.
Pero hubo una frase que activó mi más que entrenado oído: «El día de la boda tuve una extraña sensación que no identifiqué hasta horas después». Eran razonablemente jóvenes y parecían buenas niñas, pensaba que se pondrían a hablar de lo oportuno de casarse o no, y de si les hacía o no ilusión hacerlo ellas.
Lejos de eso la amiga continuó –voy a respetar lo más que pueda la literalidad porque mi situación era tan privilegiada que pude sacar el móvil y ponerme a transcribir en directo a toda prisa–: «Si algún día me caso, me gustaría un hermano a mi lado. Lo identifiqué horas después de la boda. Nunca lo había pensado ni había tenido esa sensación. Y hablándolo con otra amiga me decía que ya tenemos amigos que son como hermanos, pero no es lo mismo. Ellos no lo han vivido todo conmigo desde pequeña».
No se trata en estas líneas de reprender a los padres de la joven, ni a los padres de tantos hijos únicos. Dios me libre de algo tan feo. En la cama de un matrimonio no se mete nadie, y cada uno en su fuero interno sabrá por qué tiene diez, cinco uno o ningún hijo. A veces, me atrevería a decir que la mayoría de las veces, puesto que la paternidad es un don, responde más a cuestiones que escapan al control de los padres. Y por eso es buena idea confiarlo a la Providencia de Dios.
Como veníamos diciendo, no se trata de reprender a nadie, las palabras de esa joven hacen visible lo que a veces se pretende invisibilizar. Y es que queremos –siendo más precisos, necesitamos– una familia y los hermanos son un regalo. Un regalo que no siempre se puede tener, pero que si se tiene es muy gozoso, porque como bien identificaba esa joven, nos permite compartir la vida cuando es alegre, como en el día de nuestra boda, y cuando es un valle de lágrimas.
Las palabras de la protagonista de esta historia nos recuerdan también la importancia de la filiación y de la sangre. Aunque amigos puede haberlos muy buenos, y son un acompañamiento inmenso para el corazón herido del hombre, puedo presumir de experimentarlo, la familia tiene reservado un estatus más especial todavía.
Encoge el corazón descubrir que en España cada vez es más común –y más que lo será– familias donde tanto el padre como la madre son hijos únicos y padres de un solo hijo. Cuando a ese niño se le mueran los cuatro abuelos, le quedarán los padres (ni tíos, ni primos, ni hermanos). Cuando los padres mueran no tendrá absolutamente a nadie en el mundo que sea familia directa.
De todo se sale, y con casi todo uno aprende a vivir y a descubrir el gozo que el Señor tiene reservado para nosotros. Pero se me plantea como una carga excesivamente pesada y distante a eso invisible que anida en el corazón del hombre.
Imagino que si me hubiera sucedido a mí también tendría una extraña sensación.