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El puntalAntonio Jiménez

Un gobierno de regresión y muerte

En este desgraciado contexto, la indecencia de Sánchez apoyando al miserable Puente y la indignidad de éste, negándose a dimitir tras echarle la culpa del accidente a un operario de Adif, evidencia esa alarmante quiebra de la ejemplaridad pública

Ese viaje al pasado que Sánchez vaticina a los españoles con un gobierno de Feijóo y Abascal lo lleva haciendo él y su cohorte de cuentistas desvergonzados hace años. El viaje al pasado del sanchismo, con sus momentos apoteósicos de corrupción, ha concluido de manera trágica en la estación término de Urda. Sánchez ha conseguido familiarizar la muerte con el ferrocarril hasta el extremo de que el mensaje más viralizado en las redes alude al tiempo anterior a su gobierno, cuando Renfe te devolvía el importe del billete por llegar con retraso, y con él la recompensa es llegar vivo al destino.

La falta de inversiones en el obsoleto y degradado sistema ferroviario, denunciado por los operadores, ha hecho posible que accidentes, efectivamente inverosímiles cuando los sistemas de seguridad no fallan, matiz que no cuenta para el ministro macarra, hayan ocurrido y causado más de 115 muertos. Un sistema de seguridad renovado y sin fallos como el que exigía hace años el cantón de Urda habría impedido que el AVE se estampara contra el Iryo por alcance; y una supervisión e inspección eficaz de la vía con los medios adecuados habría advertido de la rotura y evitado el descarrilamiento en Adamuz. Así de simple y así de duro cuando se podrían haber salvado las vidas de los fallecidos en esos dos accidentes.

La alta velocidad española, motivo de orgullo patrio antes de Sánchez, ha sido arruinada por la ineficacia de unos paniaguados sectarios, dirigidos por un ministro golfo, arrogante y pendenciero, dedicado a la camorra tuitera contra adversarios y periodistas en vez de esforzarse por devolverle el prestigio y la confianza perdidos. Todo muy previsible en un ministerio por donde pasó Ábalos y hoy purga cárcel por corrupto junto a su asesor Koldo, exconsejero de Renfe.

Puente, devenido en sinónimo de muerte, Óscar Muerte, como ya se le conoce, junto a su «puto amo» Sánchez, tras ocho años jalonados por pandemias, calamidades, apagones y tragedias ferroviarias, han conseguido que con su gobierno gafe y de regresión, España no funcione y se asemeje a un Estado fallido. Es la sensación que nos deja la incapacidad de este gobierno para embridar tragedias sobrevenidas como la DANA o defender fronteras como la de Ceuta. Es su negligente actuación, causante del gran apagón, lo que nos indigna. Y es su acreditada ineficacia e incompetencia, incluso negligencia, para gestionar los servicios e infraestructuras públicas, como el sistema ferroviario, lo que nos enfurece ante un siniestro evitable.

Sánchez y Puente, como responsables principales de la descomposición del sistema, nos han metido el miedo en el cuerpo y la desconfianza tras conseguir, con su reprobable gestión, que algo tan prosaico como viajar en tren se haya convertido en una actividad de riesgo con resultados de muerte. Han llevado el sistema ferroviario a un punto de degradación tercermundista a pesar de haber tenido más dinero que ningún otro gobierno, proveniente de la Unión Europea y de freírnos a impuestos, para invertir en su seguridad y garantizar la vida de los pasajeros.

En este desgraciado contexto, la indecencia de Sánchez apoyando al miserable Puente y la indignidad de este, negándose a dimitir tras echarle la culpa del accidente a un operario de Adif, evidencia esa alarmante quiebra de la ejemplaridad pública, tantas veces observada en este gobierno sin escrúpulos, y su insultante impunidad a pesar de la gravedad del siniestro, cuyas víctimas merecen, por respeto, la asunción de unas responsabilidades políticas que tampoco se afrontaron después de Adamuz. Pero es sabido que en el manual de resistencia del sanchismo no existe el decoro y la honorabilidad; sólo la soberbia y la arrogancia, y por tanto la seguridad y la vida de unos ciudadanos parecen importar menos que el cálculo electoral de unos tipos ayunos de los principios elementales de la ética política.