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Y no me importa el dolor / y no me importa la lluvia torrencial / y sé que me sostendré / porque creo en Ti (Bob Dylan, ‘I believe in You’ , 1979).

Me impresiona cuando me lo cuenta una compañera, e imagino que a estas horas habrá, por desgracia, muchos relatos similares. «Me llamó Carlos y yo estaba en un acto del alcalde y le dije que en ese momento no podía hablar, que más tarde lo llamaba. Y poco después…». Un silencio que lo dice todo le impide completar la frase.

Carlos Ortiz, tan querido por tantos, estaba en la primera cuarentena y cargado de energía, convicción e ilusiones. Era el director del área de Colegios del CEU y perdió la vida en el choque de Urda junto a 68 pasajeros más.

Desde que se produjo el accidente, provocado por la incompetencia letal de un Gobierno que debe irse, todos hemos escuchado o dicho unas frases que, siendo tópicas, albergan al tiempo la más grande y olvidada de las verdades: «Estamos aquí de prestado», «nadie sabe cuándo le llegará su hora», «en un segundo estás y en el siguiente ya no».

«Todos los días van hacia la muerte. El último, la alcanza», advertía el siempre lúcido Montaigne, allá en su siglo XVI. Y añadía que no cabe antídoto: «Ninguna coraza puede protegernos de ella». Preferimos no pensar en ese hecho inevitable para poder seguir adelante, anestesiados con el autoengaño de que somos inmortales.

La muerte no entiende de riquezas, laureles, vanidades… Irrumpe como una brutal igualadora, que divide a los que todavía nos quedamos de este lado del telón en dos grupos: los que creen que con ella se acaba todo, que nacemos para nada, abocados a un sobrecogedor vacío; o los que piensan que al difunto le aguarda otra vida, donde puede alcanzar la felicidad absoluta junto a Dios si su trayectoria vital le ha hecho acreedor de ello.

Si en la ecuación de la existencia no aparece una vida después de la muerte, el ser humano pasa a ser el más trágico de los animales, pues goza de una inteligencia que le permite entender que su situación es absurda, un cruel bromazo cósmico. El poético y enigmático libro del Eclesiastés de la Biblia explica como nadie nuestra insignificancia absoluta si borramos a Dios: «Reflexioné sobre todo lo que ha conseguido el hombre en la tierra y concluí: todo lo que ha logrado es fútil, como cazar el viento». Sin Dios, el ser humano es polvo insignificante que barre el viento del olvido.

No todo el mundo disfruta del don de la fe y esas personas merecen respeto, y hasta compasión. Pero muchas veces se rechaza a Dios desde una soberbia despectiva hacia los creyentes. Ese tipo de desdén distingue al gobernante que ayer ordenó que no acudiese ni uno solo de sus ministros al emotivo funeral de Urda (sí estaba Page, que en esta crisis se está mostrando como una persona).

Los cristianos confían en que al otro lado del «muro» del que hablaba el físico alemán Max Planck aguardan el perdón y la paz de Dios. La ideología de los que ahora mal gobiernan España considera que semejante esperanza es retrógrada, ilusa y desde luego nada «progresista».

Por fortuna en la historia de la humanidad han vivido personas un poco más inteligentes que Sánchez y su gabinete. Uno de los mayores cerebros conocidos fue el prodigio francés Blaise Pascal (1623–1662), matemático, físico, pionero de las máquinas de cálculo y de la estadística, filósofo y teólogo. Suya es la llamada «apuesta de Pascal»: si creemos en Dios podemos ganarlo todo y, si no existe, no perdemos nada; así que tiene toda la lógica apostar por Dios. Tampoco debemos desfallecer ante su enigma, porque «todo lo que es incomprensible no por ello deja de existir».

Su mala salud lo atormentó de manera constante y Pascal se fue con solo 39 años. Sus últimas palabras son conocidas: «Que Dios nunca me abandone». Muchos creemos que su apuesta le salió bien y a esa esperanza nos aferramos ante los tragos más amargos.

Llega el frío repentino de la muerte y resuena aquella frase que repetía en sus últimas horas el antaño agnóstico David Bowie, sabedor ahora de que iniciaba la cuenta atrás de un cáncer terminal: «No hay ateos en el campo de batalla».

Sobre la estepa ensangrentada de Urda también estaba Dios, abrazando las almas inmortales de las víctimas. Millones de españoles miran en estas horas al cielo del otoño y elevan sus oraciones por ellos, y por todos los seres queridos que un día se nos fueron.

Nos volveremos a ver.