Fundado en 1910
VertebralMariona Gumpert

Que el miedo cambie de bando

Todo lo anterior a 2020 parece de otro siglo, casi un sueño lejano. Los miedos que debían cambiar de bando entonces parecen minucias al lado de la degradación política y económica que vivimos ahora

Con la tontería importada de Halloween y todo lo que lo rodea me he acordado del lema «Que el miedo cambie de bando». Nació a principios de los años diez. Alfon, un joven de Vallecas que pasó dos meses en la cárcel por su participación en la huelga general, lo proclamó al salir. Los Chikos del Maíz y Habeas Corpus metieron la consigna en sus canciones, e IU la usó en un vídeo con su propia versión: «La crisis acabará cuando el miedo cambie de bando». También era popular en ambientes anarquistas francófonos corría por las mismas fechas: Que la peur change de camp! Quien la sacó de la calle y la llevó a la política nacional fue Pablo Iglesias. A partir de 2017, con el #MeToo, Irene Montero y el feminismo oficial quisieron hacerla suya.

Qué lejanos quedan esos años. Todo lo anterior a 2020 parece de otro siglo, casi un sueño lejano. Los miedos que debían cambiar de bando entonces parecen minucias al lado de la degradación política y económica que vivimos ahora. Y sobre el temor de las mujeres… a las cifras me remito: en 2018 se denunciaron en España 13.782 delitos contra la libertad sexual; en 2025, 21.659.

No deja de ser curioso que quienes más hablan de polarización y crispación poco se acuerden de esta frase. Parece que a la izquierda se le permite todo, como a un enfant terrible molesto con el que no queda más remedio que convivir. A la derecha, sin embargo, no se le pasa ni una. Empezando por los propios medios y votantes de derecha.

Ahora bien, si lo que querían era atemorizarnos, lo han conseguido. Al menos yo estoy más que preocupada, y no soy la única de mi entorno. Conozco a varias personas que se plantean emigrar en función de los resultados de las próximas elecciones, y no les culpo. Las tragedias ferroviarias son solo la punta del iceberg de un estropicio y decadencia cada vez mayores en lo que a infraestructuras se refiere. El gobierno presume de datos económicos, cuando la experiencia concreta es que cada vez nos sobra más mes a final de sueldo. Y paro de contar pues, por desgracia, el lector conoce de primera mano que lo único que ha mejorado desde que empezó a gobernarnos Sánchez es el Ministerio de Hacienda.

Con todo, esto no sería lo más grave. De una mala gestión se puede salir. Poco a poco, pero se puede. Lo preocupante es que la corrupción va más allá del enriquecimiento personal de los ministros –y no tan ministros– de turno, por más que esté siendo obsceno y palmario. Unas instituciones colonizadas ponen en cuestión el que podamos seguir llamando democracia a nuestro sistema político, y un censo modificado vía Ley de Nietos y regularizaciones varias ponen en cuestión que la soberanía siga residiendo en el pueblo español.

Con todo, los votantes de izquierda también temen. No solo quienes siguen asociando al PSOE con todo lo bueno, bello y verdadero (sí, existe esa gente), sino también a quienes, siendo críticos, les espanta un gobierno del PP. Con o sin Vox, ojo. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué debería temer alguien de una España gobernada por Núñez Feijoo? Algunas posturas son comprensibles, aunque el votante de derechas (ya sea liberal o conservador) no las comparta en absoluto: siempre está el miedo a los «recortes» o al cambio en cuestiones ideológicas (ley trans, LGTBI, aborto, Memoria histórica).

Lo que me pregunto es si los temores son comparables. Todos los cambios que teme la izquierda podrían revertirse sin problema con una legislatura de los suyos. La pregunta fundamental es: ¿cómo quedarían las infraestructuras, el acceso a la vivienda, los salarios, el IPC, la presión fiscal, el clientelismo, la independencia de las instituciones, la corrupción y la separación de poderes tras otro gobierno sanchista? Mejor, ¿seguiría España siendo España, entre la modificación del censo y las concesiones independentistas constantes? Si uno responde con sinceridad, sólo cabe desear que en diciembre el miedo cambie de bando. Aunque, al lado de nuestros peores temores, lo suyo no pasará de canguelito transitorio.