Óscar Puente, un ministro afortunado
Intentar atribuir la entera responsabilidad de un accidente ferroviario que deja setenta cadáveres a un simple error humano es tener la certeza de que un número (indeterminado) de tus votantes son idiotas, están ciegos o, peor aún, son gente que no quiere ver
El Manang, en Nepal, es uno de los tres valles del Transhimalaya. Allí está Phu, un pueblo a 4.060 metros de altitud habitado por poco más de cien personas. Hasta ese lugar se llega caminando varios días desde Koto, que es la última aldea a la que se puede acceder en un todoterreno. Hay que abandonar la carretera que va desde Katmandú hasta Pokhara a la altura de Besisahar, y desde ese punto desviarte hacia el norte y circular por una pista de montaña excavada directamente en paredes de roca viva sobre el cañón del río Marshyangdi. No son más de sesenta kilómetros que, si no hay contratiempos, se recorren en unas seis horas. La mayor parte del trayecto transcurre al borde de precipicios verticales. El sendero es tan estrecho que, en muchos puntos, no permite el paso de dos vehículos que se cruzan, así que uno de los dos debe circular marcha atrás hasta encontrar un ensanchamiento. Si algún lector sano (es decir, sin problemas graves de salud que le obliguen a entrar en un quirófano y depender de un cirujano) quiere conocer el auténtico significado de la expresión «poner tu vida en manos de otra persona», que vaya en jeep desde Besisahar a Koto y sabrá lo que es una experiencia de viaje extrema. Por razones que no vienen al caso, yo he hecho ese trayecto en dos ocasiones.
La primera vez, desconocía el peligro de esa carretera. La vivencia fue tan impactante que intenté no pensar demasiado durante aquellas horas circulando al filo del abismo. La segunda, antes de iniciar el viaje, me agaché para echar un vistazo a las suspensiones del vehículo, como si un completo ignorante en asuntos de mecánica como yo pudiera detectar así algún fallo. Después, con una candidez infinita, le pregunté al propietario del jeep cuándo habían revisado los frenos por última vez. Por fin, justo antes de subirme al vehículo, me acerqué al conductor para oler su aliento y asegurarme de que no hubiera bebido alcohol. Ya sentado en uno de los asientos traseros, recé un padrenuestro y pedí a Dios que un fallo humano no acabara con mi vida aquel día. Con algunos «matices», parece que esto mismo, confiar en que nadie tenga un mal día en su trabajo, es lo que deben hacer los usuarios de los trenes de alta velocidad, pero no en Nepal (uno de los países más pobres del mundo), sino en la cuarta economía de la Unión Europea.
En los últimos ocho años, los gobiernos de Pedro Sánchez han dispuesto de múltiples oportunidades para insultar la inteligencia de los españoles. Sin duda, han aprovechado muchas de ellas, pero ninguna de una forma tan cruel y abyecta como la que estamos viviendo en las últimas 72 horas. Intentar atribuir la entera responsabilidad de un accidente ferroviario que deja setenta cadáveres a un simple error humano es tener la certeza de que un número (indeterminado) de tus votantes son idiotas, están ciegos o, peor aún, son gente que no quiere ver.
Hay que tener cuajo para decir en una rueda de prensa que el hecho de que un sistema de seguridad haya fallado 170 veces en lo que va de año es la prueba irrefutable de que los trenes pueden funcionar en esas condiciones. Y, seguidamente, poner todos los focos sobre un operario de Adif. Hay que ser muy miserable para pasar por alto u ocultar algo de sentido común. No hace falta ser psicólogo para entender que, si un sistema de seguridad falla una vez al año, en esa situación excepcional el comportamiento humano se manifiesta de una manera. Si el sistema falla una vez al mes, la respuesta es otra. Y si el sistema falla casi a diario, la mente humana, por una cuestión de supervivencia, se adapta al percance de una forma completamente distinta.
Óscar Puente es un cadáver político. El último clavo en su ataúd se lo ha clavado él mismo al pronunciar esta frase repugnante: «Si creyera que perjudico al proyecto, habría dado un paso al lado». O sea que, a diferencia de nuestro sistema ferroviario, la obra magna del sanchismo está tan bien construida que soporta sin problemas el peso de 120 muertos sobre las vías en tan solo nueve meses.
Puente es un hombre afortunado. Vive en un país que le permite seguir como ministro a pesar de presentar una mortalidad en sus trenes propia del tercer mundo. Digo afortunado porque hace un año, en Nepal, una revuelta popular violenta provocó la dimisión del primer ministro y la convocatoria anticipada de elecciones. En España, gracias a la gestión de Puente, te subes a un AVE como el que se sube a un jeep para atravesar el Himalaya. La diferencia está en que, aquí, nadie va a incendiar su ministerio, y las elecciones ya están convocadas.