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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Lo que va de Page a Sánchez

Verle en Urda atendiendo al mismo que le ha despreciado en el partido y silenciado en los Comités Federales, es toda una metáfora del antagonismo de ambos, por muy uniformados que vayan con un chaleco oficial

Que otro PSOE es posible lo está demostrando estos días el presidente castellanomanchego, Emiliano García-Page. El barón autonómico se ha convertido durante los últimos años en la antítesis, en la némesis de Pedro Sánchez. Y en estas jornadas devastadoras, tras el accidente de Urda, ha demostrado que, no solo con su discurso, sino también con sus actos, con su presencia de ánimo, con su institucionalidad y humanidad, es la más evidente refutación del comportamiento de su jefe de filas. Es verdad que muchas veces el dirigente territorial ha sido merecedor de la crítica –esta columna es un ejemplo de ello– por su capacidad para nadar y guardar la ropa respecto al sanchismo, al haberse dedicado en muchas ocasiones a dar pellizcos de monja al líder, para contentar a su parroquia ante las barrabasadas monclovitas, pero sin descuidar el apoyo cerrado de sus diputados a Ferraz, cada vez que el partido tocaba a rebato. Pero también es justo recordar que en los últimos años el responsable autonómico sí trazó una línea gruesa que le separaba irreconciliablemente de sus compañeros del Gobierno, empezando por su recurso ante el TC de la ley de amnistía y siguiendo por sus mensajes de desacuerdo absoluto con los pactos de Sánchez con filoterroristas e independentistas y, finalmente, por su censura pública a la gestión sanchista tras la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta.

Sin embargo, lo mejor de su presidencia estaba, desgraciadamente –por las penosas circunstancias–, por llegar. Ha sido evidente en las duras, en las muy duras, cuando es más difícil dar la talla. Desde que el AVE Madrid-Sevilla chocara el pasado miércoles con un Iryo, también camino de Andalucía, dejando sobre la vía al menos 69 cadáveres y más de cien heridos y un tufo de incompetencia dolosa del ministro Puente y de Pedro Sánchez, Page no ha hecho otra cosa que dignificar su cargo y demostrar que todavía la política puede ejercerse desde la humanidad, la empatía y la altura de Estado. Como responsable regional, ha presidido todas las reuniones de emergencia, respondido con prudencia y rigor a los periodistas y atendido, con la institucionalidad que requiere su estatus, a cuantas autoridades han acudido al lugar del siniestro: desde los Reyes, al presidente del Gobierno y al jefe de la oposición. Sin olvidar que incluso tuvo que hacer lo propio con Óscar Puente, que le ha humillado en redes de todas las formas posibles. Allí estaba Page en el Puesto de Mando Avanzado en la zona cero de la tragedia, estrechando la mano del tuitero ministro. Como debe ser, a pesar de los pesares.

Parece de Perogrullo subrayar lo que debería ser una obligación para un político responsable, pero en la España sanchista ya no lo es. Hasta el propio Alberto Núñez Feijóo, con el que el castellanomanchego comparte buena sintonía desde que ambos sufrieron por sus cargos regionales la falsa «cogobernanza» sanchista de la pandemia, se encargó de subrayar que Page le acompañó e informó al detalle de las tareas de rescate, a diferencia de Pedro Sánchez que, cinco días después de la masacre, ni siquiera se ha puesto en contacto con él ni le ha trasladado la información sobre esta tragedia nacional. Pero no es solo este perfil de lealtad política la que es de destacar: Page se ha dedicado a hablar con todas las víctimas, a escucharlas, a responder sobre sus dudas, a empatizar con su sufrimiento, a trasladarles calor, consideración, respeto y abrigo, a mostrarles un mínimo de sensibilidad. A demostrar que es bien nacido. Justo lo que no ha hecho el jefe del Ejecutivo y su enfant terrible.

Y es que el socialista toledano es un político listo, con gran olfato y conoce a las mil maravillas la tierra del Quijote, donde se aprecia a los políticos que ponen el interés público por delante de sus siglas. Junto al fallecido Javier Lambán se ha cansado de criticar con aspereza las cesiones antipatrióticas de su secretario general, temeroso de que esa toxicidad contaminara sus bazas electorales. En los últimos meses no ha parado de demandar que Sánchez convocara generales antes de las autonómicas del próximo año, para que el generalato sufriera las consecuencias del oprobio que ha sembrado, antes que la infantería. Así ha sido finalmente. Verle ahora en Urda atendiendo a Sánchez, el mismo que le ha despreciado en el partido y silenciado en los Comités Federales, hoy convertidos en un apaciguado redil de tiernos corderitos, es toda una metáfora del antagonismo de ambos, por muy uniformados que vayan con un chaleco oficial. Una metáfora de la diferencia abismal entre la vocación, con todas las equivocaciones que se quieran, por el bien común y la mezquindad hecha carne.