No era amor
Puente se fue y no sabemos si querrá volver o volverá, pero si algo descubrió en su despedida es lo hueca que estaba la campaña del amor que han exhibido, por la que todos han bailado. No era humanidad, que esa es para las almas fuertes. Solo era un sálvese quien pueda hueco de afectos
Los eventos traumáticos dejan siempre huella en nosotros. Son sonidos que evocan, imágenes grabadas en la retina, gestos o tactos que marcan al recordar. Y no tienen por qué ser las mismas fotos que retratan ese momento para la historia, esas que se quedarán en las hemerotecas o en los libros. Nuestra mente hace su propio álbum a su albur, sin raciocinio, el inconsciente decide.
Del siniestro accidente de tren en Urda, el mío ha archivado las miradas sin futuro de algunas de las vidas rotas, algunas conocidas. Y un gesto, el de ese guardia civil que se rompe al recordar la mano de la mujer herida y atrapada en un vagón que tuvo cogida entre las suyas. Se hicieron relevos. Durante más de treinta minutos. Ella no quería quedarse sola. Ellos no querían que se sintiera sola. Algo aparentemente nimio cuando la prioridad era en esas horas cruciales desenredar una tonelada de hierros asesinos. Quizá incluso intrascendente ante la magnitud del desastre. Y, sin embargo, casi puedo sentir el calor de su tacto al escuchar su relato emocionado. Es la humanidad que desprende a chorros la que impresiona. Humanidad, esa que salta a borbotones de los servidores públicos a la primera oportunidad. Y lamentablemente hemos tenido muchas solo en esta década.
Es en momentos como estos, que marcan en los libros un antes y un después en el devenir de los países, cuando, entre las bambalinas del poder, brillan los aceros. Y han emulado al mismo sol estos días. A nadie se le escapa y lo están diciendo las encuestas que habrá muy probablemente un cambio de tendencia en la dirección política del país, que la siniestra gestión del siniestro en Urda parece haber apuntalado. Los que se apuntan vencedores contienen el aliento, la prioridad es no cometer errores. Es en la otra orilla, la de los que pueden verse obligados a dejar el poder, porque la sociedad ya no les reconoce, porque su discurso y sus formas pertenecen a otro momento, donde la batalla se advierte sangrienta. Y es que hay que preservar la herencia y poner administrador al gusto. Con ese deseo se despiden los presidentes, aunque nunca se cumplan sus testamentos.
Óscar Puente levantó el dedo, voluntario para administrar los restos. Demasiado pronto. Demasiada ambición tal vez. Y el líder le ha derribado. O le ha dejado caer. El tiempo dirá si para siempre. Su discurso de despedida, la calculada escenificación del desenlace en el Congreso, hace pensar que no descarte algún día regresar. Se fue llorando. No por las víctimas. Lo hizo por su partido. Así lo dijo. Quién sabe si por las ambiciones arrugadas. Y en ese gesto, en ese movimiento en la partida de ajedrez que han jugado el emperador y su alfil, que quizá no ha terminado, es donde ambos se han retratado.
Puente se fue y no sabemos si querrá volver o volverá, pero si algo descubrió en su despedida es lo hueca que estaba la campaña del amor que han exhibido, por la que todos han bailado. No era humanidad, que esa es para las almas fuertes. Solo era un sálvese quien pueda hueco de afectos. Y a la postre un miserable duelo de vanidades que reventó un maldito día en el km 118 de la vía entre Madrid y Córdoba. La marcha promete ser sangrienta.