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Cartas al director

Fidelidad y afectividad

Se ha perdido, en gran parte, el sentido de la fidelidad: fidelidad en el matrimonio y en la vida familiar, en la vida social, en el mundo religioso… Se impone lo temporal, lo perecedero; y se impone, por tanto, el individualismo, equivalente a egoísmo. No es, pues, de extrañar que quienes salgan ganando en este maremágnum de vida sean los perros y los gatos porque el hombre tiene una tendencia nata a amar y a ser correspondido, es algo natural y humano.

Hay que recuperar el ejercicio de la fidelidad: esa adecuada respuesta a una promesa, esa confianza en el futuro. El hombre vive así la soberanía de su espíritu. Y para contribuir a ello ha de desarrollar la afectividad, la propensión a querer. No se puede vivir a impulsos de los instintos, no se puede pretender la inmediatez. La afectividad requiere un aprendizaje como cualquier actividad del espíritu y por eso el tiempo es un factor imprescindible, necesario. La vida matrimonial, la amistad, los compromisos espirituales y religiosos exigen un desarrollo afectivo perdurable, continuado y sin ambages, sin falsas seguridades o vanos mercadeos, aunque a veces en el largo caminar pueda haber algún momento de desvanecimiento. Es así como se logra la fidelidad, como una pasión del ánimo que, según define el Diccionario de la RAE, es la lealtad, la observancia de la fe que uno debe a otro. Benedicto XVI afirmaba que «la fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor; de un amor coherente, verdadero y profundo».

Juan Antonio Narváez Sánchez

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