Fundado en 1910

Cartas al director

Cambio climático o castigo divino

Según parece, la costumbre de poner nombre a borrascas, huracanes y otros fenómenos meteorológicos no es un capricho reciente ni responde a la necesidad inherente del ser humano de querer controlarlo todo. Tiene una función práctica de comunicación y prevención, a diferencia de otras modas más frívolas, como la de algunas plataformas de citas de sugerir más de 40 tipos diferentes de sexo.

En realidad, obedece a nuestra necesidad de identificar al responsable de aquello que nos mata, destroza e inunda nuestras cosechas y casas. Una forma políticamente vulgar de echarle la culpa a alguien que no sea a la administración de turno por no invertir lo suficiente en limpiar barrancos y montes o no mantener las vías de los trenes y las carreteras como Dios manda. Hemos derivado la responsabilidad atribuida a los dioses que antes nos transmitían mensajes, castigos y señales divinas en forma de desgracias climáticas a otra mucho más indecente. La culpa la tiene, por ejemplo, Filomena. Así. Desnuda. Sola.

La moda empezó hace siglos, pero, claro, antes no era oficial. Como tampoco los registros de temperaturas de todo el planeta. Si los tuviéramos, a lo mejor descubrimos que el cambio climático existe, sí, pero no por la acción del hombre.

Y, por fin, en 2015, se formalizó el sistema de nombrar las borrascas atlánticas. Por supuesto, como todo lo europeo, siguiendo un patrón muy racional. A saber, cada temporada se publica una lista de nombres alternando masculinos y femeninos elegidos como les sale de sus meteorológicas narices a la Aemet, el Met Office del Reino Unido y el servicio meteorológico irlandés.

Ahora le tocó el turno a la borrasca Pedro. Llegó entre riadas de escándalos sexuales y de corrupción, lluvias de sobres, vapores de saunas y tramas opacas, además de otros frentes por la izquierda, que, como castigo divino, nos recuerdan que el verdadero desastre no siempre está en la naturaleza, sino en la pésima gestión de un gobierno que deja por los suelos nuestro espíritu y nuestra dignidad como españoles.

Pero no desesperen. Una cosa es cierta. Como dice el refrán, después de la tormenta siempre llega la calma. Y Pedro acabará por desaparecer para dejar paso al sol y a nuestro regocijo, los pobres mortales.