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Cartas al director

Therians

En los últimos días se ha hablado del fenómeno therian, adolescentes que expresan identificarse –de manera simbólica o espiritual– con un animal y que lo manifiestan a través de estéticas, comportamientos o comunidades digitales. Más allá de la sorpresa o la burla fácil, conviene detenerse y mirar el contexto en el que surge.

La adolescencia es una etapa profundamente marcada por la búsqueda de identidad y, sobre todo, de pertenencia. Formar parte de un grupo no es una moda superficial: es una necesidad evolutiva. Sentirse reconocido, compartir códigos y construir un «nosotros» protege frente a la soledad y la inseguridad. En un entorno social cada vez más digitalizado, estas comunidades encuentran espacios donde validarse y acompañarse.

Como profesional del Trabajo Social, me interesa comprender qué función cumple. ¿Es un espacio seguro frente al rechazo? ¿Una forma de tramitar el malestar? ¿Un refugio ante experiencias de bullying, aislamiento o incomprensión? No podemos ignorar que muchos adolescentes que se sienten diferentes –por su aspecto, intereses, orientación o vivencias– han sufrido burlas o exclusión.

Cuando la respuesta adulta es ridiculizar o patologizar sin escuchar, el riesgo es profundizar la brecha. La tarea no es estigmatizar, sino generar entornos seguros, fortalecer la autoestima y prevenir el acoso. Acompañar implica preguntar antes de etiquetar y sostener antes de señalar.