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Cartas al director

Graciosillos

¡Qué graciosos son!, porque ya ni lucir barba abrigados con la trenka y ni tan siquiera apodados con un alias revolucionario –pin que confiriera pedigrí de pertenencia a los ciento y pico mil pintorescos grupúsculos comunistas y socialistas que pululaban en el ambiente universitario en las postrimerías del régimen franquista cual si fueran integrantes guerrilleros de la América hispana–, sirve de marchamo crediticio para aupar posiciones en el politburó de Pedro Sánchez. No. Hoy basta para ser político del PSOE con que a los elegidos no se les caigan de la boca calificativos tan pretenciosos como progresistas, solidarios, socialistas..., de todo y por todo, en defensa –alardean– de los oprimidos.

Cuando poco, tiene gracia que exista gente tan desprovista y dadivosa: salvo que sea gentuza que, a cambio sobre manera de los votos provenientes de los que son señalados como necesitados, use la etiqueta del paraguas de una izquierda para compensar ese altruista gesto de las penurias ajenas con palaciegas moradas en las que esos graciosillos reponen fuerzas de sus 'exigentes y exhaustos' esfuerzos, luego de haber arribado al poder.

Mas, producto de las transversales conexiones que la gestión política puede generar, no resulta nada gracioso y sí, en cambio, muy lamentable que 'la pobreza' de los débiles sea manipulada y engañada y posibilite pasarelas que puedan servir para alcanzar riquezas inmerecidas. A quienes esto prodigan, a esa parva de graciosillos que tanto abunda en los socialismos y otros ecosistemas doctrinarios afines, no merecen el más mínimo reconocimiento.