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Cartas al director

Una Roma sin mármol

«¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia, Pedro?», podríamos preguntarnos hoy, evocando a Cicerón sin necesidad de alzar demasiado la voz. No por dramatismo, sino por cansancio. Porque algo de ese eco antiguo –el que dirigió contra Lucio Sergio Catilina– parece resonar, con formas más amables, en la política contemporánea.

No es que Pedro Sánchez sea Catilina, ni mucho menos. Aquí no hay conjuras en la penumbra, sino acuerdos a plena luz… y, a veces, explicaciones algo opacas. Pero el paralelismo, tomado con cautela, sugiere una idea reconocible: la política entendida como un ejercicio de resistencia casi artística.

La legislatura discurre entre equilibrios delicados, donde cada votación parece una pequeña obra de ingeniería. Gobernar, en este contexto, se parece mucho a mantenerse. Y no solo para el Ejecutivo. La oposición, aplicada en su papel, oscila entre la crítica previsible y la propuesta diferida, como si ambos lados compartieran un guion tácito: unos resisten, otros esperan, y ninguno termina de arriesgar.

Entretanto, el ciudadano contempla esta peculiar Roma sin mármol –con más plató que foro– con una mezcla de ironía y fatiga. Los grandes asuntos siguen ahí, esperando turno, mientras el debate se consume en sí mismo. Cada bloque señala los excesos del otro con precisión quirúrgica… y los reproduce con notable disciplina cuando le conviene.

La sátira surge casi sola: una política donde todos denuncian lo que después practican y donde cada gesto parece pensado para el titular siguiente. Gobierno y oposición, atrapados en una coreografía conocida, convierten la discrepancia en rutina y el acuerdo en excepción sospechosa.

Quizá la lección no esté en buscar un Catilina moderno, sino en admitir que el problema es más amplio y menos épico. Porque cuando toda la política se parece demasiado a sí misma, la pregunta deja de ir dirigida a uno solo.

Y entonces ya no es «¿hasta cuándo, Pedro?», sino algo más incómodo: ¿Hasta cuándo todos?