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Cartas al director

El verdugo

Desde muy temprano quiso dedicarse a la medicina. Y se esforzó, ya en el bachiller, para alcanzar la nota que le valiera una plaza en la facultad. Allí dedicó seis largos años al estudio, combatiendo el sueño a solas con Anatomía de Gray, pero también compartiendo ilusiones y prácticas con sus compañeros de clase. Con la graduación llegó la dura lucha por la especialidad y la toma de decisiones que guiarían su carrera profesional. Superado el examen, comenzaron los años –mal pagados– de Médico Interno Residente (MIR) trabajando a destajo, en los que, además de las continuas guardias, afrontó la maldita pandemia que se llevó por delante a un buen número de pacientes, muchos con la única compañía del médico. Pero también pudo curar y salvar vidas, y por eso se sintió reconfortado, y cada vez que daba de alta a un enfermo comprendía que sus esfuerzos y sacrificios valían la pena.

Pero un día, su jefe de servicio le informó de que había que dar muerte a una joven de 25 años, porque ella lo pedía y la ley la amparaba. Pero la inyección que habría de matarla no se la pondría ninguno de los que votaron la ley en el Congreso, tampoco un juez ni algún miembro del Comité de Garantías. No, sería él, por ser médico, quien daría muerte a Noelia. No era una enferma terminal, sino una persona con una discapacidad física y mental, algo que, además de su triste biografía, planteaba muchas dudas sobre su decisión. Aun así, el médico no objetó problemas de conciencia, algo que también permite la ley, de manera que ese día no actuó como médico sino como verdugo. Ignoro si le pesará haberlo hecho, pero quizás estos días, cuando los católicos miramos hacia dentro, le sirvan de reflexión.

Manuel Sierra Martín

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