Cartas al director
Quiero vivir
A la luz de los acontecimientos que se han sucedido los días anteriores, me veo obligada a expresar, como mujer de veinticinco años en pleno uso de sus facultades mentales, la más firme y honda intención de vivir.
He asistido perpleja al desenlace del caso de Noelia Castillo. Todos los que somos testigos del dolor, hasta en sus ramificaciones más retorcidas, no podemos evitar sentir cierto asombro ante la crudeza inesperada de la vida, ante la aleatoriedad aparente que parece envolver al sufrimiento. Me atrevo a asegurar, sin embargo, que, más allá del abrumador misterio del dolor, muchos, como yo, se han quedado perplejos ante el asentimiento mudo del Estado y de una parte de la sociedad, que convenían en ofrecer el suicidio asistido como única vía de escape a una existencia radicalmente herida, la de Noelia.
Es síntoma de una sociedad enferma entender como un ejercicio de libertad el acto que nace de una mente quebrada y doliente a la que no se ha sabido acompañar. Legar la decisión de cuándo acabar la vida a una persona fracturada, lejos de ser un acto de soberanía individual, constituye la máxima expresión de una orfandad moral y vital. A mis veinticinco años he tenido contacto con el sufrimiento, si bien no de la forma tan descarnada y brutal con la que ha abatido la vida de Noelia. Sé que aún me queda mucho que beber de la amarga copa del sufrimiento, pero espero que estas palabras sirvan para que la gente que me quiere recuerde que, a pesar del doloroso trance, cuando llegue el momento quiero que me ayuden a apurar cada gota, porque si mañana enfermo, si envejezco, si me rompen, si olvido todo esto que hoy digo, yo quiero vivir.