Cartas al director
Noelia y mi hija
No he podido quitarme del cuerpo y de la mente en los últimos días un profundo sentimiento de rabia, malestar, indignación y tristeza, todo junto y revuelto. Probablemente ha vuelto a mí el recuerdo de las irrefrenables ganas de ganar la batalla, aun a costa de mi vida. Y hoy siento un poco que la he perdido, no siendo esta la mía.
Soy una mujer divorciada y madre de una adolescente con TLP. En mi cabeza he trazado estos días dos líneas imaginarias, paralelas, entre la vida de Noelia y la de mi hija, tratando de entender en qué punto habían divergido tantísimo, qué había fallado de semejante manera para que el día de hoy amaneciera en tan diferentes circunstancias para una y otra.
Mientras oía las declaraciones ayer de Noelia sobre su agotamiento vital, sobre querer irse y descansar, mi cuerpo se iba revolviendo a cada segundo, mitad por el recuerdo de esas mismas palabras en la voz de mi propia hija, idénticas, mitad por el hecho de estar contemplando aquello como millones de personas más, como si fuera una película y sin poder salir a su auxilio sin mirar atrás. Ese impulso imparable que me llevó a las urgencias del hospital Puerta de Hierro tantas veces de madrugada; ese que me hizo sacar en brazos a una niña de 15 años de la bañera ensangrentada, levantando un peso que con certeza sé que no podría ahora mismo. Ese que me ha hecho ser capaz de estar despierta 40 horas seguidas. Ese que me ha hecho proponerme que mi hija tuviera una vida, una buena vida, aunque fuera por encima de la mía.
Noelia no estaba desahuciada. Había una salida, no era el final. Aún habiendo pasado por todo lo que ella pasó, no era el final.
Como bien dijo su madre, no existe una varita mágica, ni para Noelia ni para casi nadie. Pero existen recursos, médicos, especialistas, terapias, medicación, dedicación, cariño, tiempo y mucho esfuerzo. Es un proceso larguísimo, en realidad de toda una vida, que es lo que define al TLP: enfermedad mental grave y crónica. Y es aquí donde quisiera decir que, en medio de ese diagnóstico que rechina en los oídos, así lo hizo en los míos, hay espacio para la vida. Hay espacio para la alegría, los amigos y el desarrollo personal. Hay espacio para ponerse objetivos y alcanzarlos. Hay espacio para celebrar logros, para celebrar una vida que uno no podía ni imaginar.
Una enfermedad mental hace que, en determinados momentos, bajo el objetivo desenfocado de la mente que engaña, las cosas tengan una dimensión irreal, por muy real que el enfermo la perciba. Es eso lo que hay que combatir, es ese objetivo desenfocado, igual al de una cámara de fotos, el que hay que tratar de enfocar de nuevo hasta que el enfermo vea con nitidez la imagen de la realidad y pueda tomar la foto correcta.
Por tanto, todo lo decidido durante esos períodos de «enajenación mental transitoria», no puede tomarse por válido en ningún ámbito. Mucho menos, si la decisión afecta a la propia vida, que es justo la presa sobre la que se lanza el TLP.
Contemplo a mi hija con la perspectiva de los casi siete años transcurridos. Y veo a una mujer con el cuerpo y el alma llenos de cicatrices. Una mujer madura que con veintiún años cursa tercero de carrera, conduce su coche, se administra su medicación, atiende con diligencia sus citas médicas y sigue a rajatabla su terapia. Al mismo tiempo, viaja, disfruta de amigos, tiene días mejores y peores, y se enfrenta a la vida como cualquiera de nosotros.
También soy consciente, como ella, de que la droga, las autolesiones, las ideas autolíticas, la depresión, el cansancio y las ganas de abandonar son buitres que estarán planeando sobre su cabeza para siempre, esperando un obstáculo de los muchos que la vida pone, para lanzarse sobre ella sin piedad. Para cuando ese momento llegue de nuevo, volveremos a batallar sin descanso. Y mientras tanto, hay una vida preciosa que vivir, una que ojalá hubiera podido vivir Noelia.