Cartas al director
Contra el caos, el orden
Hace ya un tiempo, tras una entrevista televisiva, un micrófono sin apagar nos reveló que a algunas personas les «convenía» que hubiera tensión social, seguramente porque ello era beneficioso para ellas.
Esa conveniencia puede no ser sancionable, aunque demuestra falta de moralidad, o al menos una moralidad amoldable; sin embargo, es peor promover esa tensión, es decir, crear el caos para beneficiarse de la situación subsiguiente. Ya no se trata de pescar en un río revuelto, sino de lanzar explosivos al agua y recoger después los peces flotantes. En este último caso la maldad es evidente, no solo moralmente repudiable, sino tal vez merecedora de castigo.
Soportamos en España desde hace años una tensión que va creciendo con el paso del tiempo, lo que significa que alguien la está alimentando, sin que se observe un solo intento serio para impedirlo o al menos reducirlo. Es posible que no se haga el esfuerzo necesario por parte de quien podría hacerlo pensando beneficiarse del caos que otros han creado. Es más sencillo crear situaciones caóticas que evitarlas o resolverlas, máxime si se cuenta con una corte de colaboradores para ello.
El escándalo que conocimos ayer es sucedido hoy por otro peor, de modo que los españoles somos incapaces de reaccionar, lo que nos lleva a aceptar la creciente tensión social como algo normal, habitual. Esto no significa que aceptemos tal situación, sino que no tenemos tiempo de emprender tan titánica batalla porque tenemos que atender nuestros propios deberes, ya bastante arduos, además tenemos representantes que se deberían ocupar de ello.
Pero frente al desorden y confusión que acompañan al caos está el orden.
Ese orden al que me refiero va más allá de una correcta colocación de las cosas en los armarios o en las estanterías. Me refiero a un orden ético personal, a una moralidad social. Un orden que preserva los valores y creencias que los españoles hemos cultivado a lo largo de los siglos, que está en nuestra Historia y que aparece desarrollado en la Constitución. En nuestro Estado de derecho se debe respeto a las leyes, a las instituciones y a las personas que las representan, así como a los símbolos del Estado, tenemos derechos y deberes, pero los primeros no deben superponerse necesariamente sobre los segundos, etc. Como ejemplo cercano es inadmisible que en un ente público se admita como derecho a la libertad de expresión el insulto masivo hacia los símbolos del Estado, y por tanto a todos nosotros, cuando en ese mismo ente se piden castigos ejemplares cuando los insultos se dirigen hacia individuos, sean futbolistas famosos o presidentes del gobierno.
Lejos de mi propósito está el contribuir a crear más caos, todo lo contrario, me gustaría apelar a ese orden moral que creo que todavía está presente en los españoles.