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Cartas al director

Cambio climático

El debate sobre el cambio climático está atrapado entre dos trincheras que dificultan el rigor y el pragmatismo. Resulta imprescindible distinguir la evidencia física objetiva de los sesgos ideológicos y los conflictos de interés.

La física atmosférica demuestra que el calentamiento actual responde a la alteración del equilibrio térmico del planeta. La acumulación de CO2 por la quema de combustibles fósiles desde la Revolución Industrial ha dejado su firma isotópica inequívoca: por primera vez en la historia, el aumento acelerado del gas lidera el incremento térmico global. Además, la combustión de estos recursos genera contaminantes atmosféricos con efectos nocivos comprobados sobre la salud pública que justifican, por sí solos, combatir su uso descontrolado.

Sin embargo, en los extremos abundan las agendas particulares. Por un lado, un activismo climático que con frecuencia instrumentaliza la causa en favor de intereses políticos y económicos orientados a captar subvenciones, imponiendo transiciones apresuradas sin evaluar su impacto social. Por otro lado, un escepticismo técnico que recurre a lecturas parciales de la historia geológica. Si bien esta corriente tiende a minimizar la velocidad del cambio actual, también cumple una función útil: actúa como un contrapeso necesario frente a las predicciones más apocalípticas y los modelos restrictivos.

La respuesta madura no pasa por la culpa ni por la negación. Aceptar la física del clima y proteger la salud no exige asumir costes desmedidos impulsados por intereses políticos; del mismo modo, cuestionar los pronósticos catastrofistas no requiere negar la evidencia térmica. Debemos apostar por el sentido común basado en la ciencia objetiva, el rigor técnico y una transición energética gradual y realista.