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Cartas al director

Una noche en Madrid

Un amigo me invito a una cena para celebrar su cumpleaños. Conocí a cuatro personas y esas cuatro conocían a otros cuatro invitados, y todos cubrimos la mesa en dos movimientos. Unos eran de izquierdas y otros de derechas, por lo que me resultaba posible hablar con quien quisiera. Y, lo que fue mejor, quien quisiera podía hablar conmigo, ya que yo no soy ni de izquierdas ni de derechas. Y opino de casi todo democráticamente, porque lo complicado no es opinar, sino de que todo el mundo opina. Estamos en la era de las imposturas, del escaparate, de los equivocados.

De demostrar que estás ahí. Y, por estar ahí o donde sea, se habla sin saber y se opina de todo, hasta de lo que no se tiene ni puñetera idea.

Y así pasa lo que pasa: que algunos llevan dentro el germen del bulo y la mentira, capaces de destruir la verdad sin pensar. Hay muchas formas de silenciar los errores, sobre todo aquellos impuestos por el miedo. Callar es resguardarse por ser de izquierdas frente a alguien. Así pensaban los de una parte de la mesa.

Los de la otra: reflexionaban sobre la verdad para destruir la mentira y la corrupción creada por otros. Si un mentiroso ladrón tiene tu color y tu signo político, y se lo jaleas y se lo premias con tu opinión, entonces es que la verdad y la honradez no te importan. Y esa es la manera de convertirte en una persona como el que roba. En ese momento deje de hablar en esa cena, busque ser el portador del entendimiento, para huir de la dictadura de la mentira. Pero me resulto imposible conseguirlo…