Cartas al director
A vueltas con los límites de la IA
Se vienen multiplicando últimamente los llamamientos de quienes más entienden sobre inteligencia artificial para que se pongan límites a sus capacidades. Obviamente, son más conscientes que nadie del peligro que entraña una herramienta tan potente, que empieza a saltarse algunos de sus controles, y que toma sus propias «decisiones» en función de lo que ella misma va aprendiendo.
Algunos gobernantes se toman en serio estas advertencias. Otros no tanto o, incluso, nada. Estos llegan a ironizar con el hecho de que sean las propias compañías desarrolladoras quienes les pidan que les pongan límites legales. Se niegan a hacerlo. Supongo que porque están a la vanguardia de estos avances tan extraordinarios, por lo que suponen de crecimiento económico y de poder.
Quizá no adviertan que pueden ser ellos mismos los elegidos para sufrir las consecuencias en primer lugar.
Pongamos un ejemplo.
¿Cuánto tardará la IA en desencriptar algoritmos de encriptación poscuánticos, en saltarse claves de acceso a estructuras consideradas seguras o inexpugnables?
Imaginemos que, cuando lo consiga, se plantee el reto de acceder a los arsenales nucleares. Que, considerándolos peligrosos, opte por accionarlos en sus silos de almacenamiento o que, por el contrario, bloquee la posibilidad de entrada al sistema del personal autorizado mediante la modificación de los códigos necesarios.
Revertiría el terror al armamento nuclear, situándolo en sus tenedores. Desbarataría su disuasión y elevaría exponencialmente el interés de gobiernos enemigos y hackers por conseguirlo.
La mayor parte de las personas preocupadas por una IA sin límites lo están por las consecuencias dañinas que puedan derivarse para la humanidad. Pero, tal vez, no lo estén tanto porque en algún momento ya no se le puedan imponer, o que sea ella quien nos los ponga.
Aún hay tiempo de reaccionar.