Cartas al director
Edadismo fúnebre y pretérito
Hay una forma de edadismo tan cotidiana que pasa inadvertida. Comienza el día en que la sociedad deja de mirar a las personas mayores como presentes y empieza a contemplarlas únicamente como pasado.
Sucede en conversaciones aparentemente inocentes. Los elogios cambian de tiempo verbal. Ya no se habla de quién eres, sino de quién fuiste. De repente aparecen expresiones como «qué bien estás para tu edad» o «cómo debías de ser de joven». Se presentan como cumplidos, pero en realidad contienen un mensaje inquietante: lo importante quedó atrás.
Es una mirada plana, simplificadora y profundamente injusta. Reduce una vida compleja, llena de experiencias, aprendizajes, pérdidas, conquistas y proyectos a una sola variable: la edad. La persona desaparece y queda la fecha de nacimiento.
La contradicción es evidente. Nunca ha habido generaciones de mayores tan activas, tan formadas, tan autónomas y con tanta presencia social. Sin embargo, seguimos asociando la vejez al declive, a la retirada y a una supuesta pérdida de valor.
Nadie niega que con los años llegan algunas limitaciones, revisiones médicas más frecuentes o la necesidad de controlar la tensión y el colesterol. Pero ninguna de esas circunstancias define a una persona. Tampoco anula su capacidad de pensar, crear, amar, decidir o seguir siendo protagonista de su propia historia.
El verdadero problema no es envejecer. El verdadero problema es una sociedad que insiste en leer a las personas mayores en pasado. Y una sociedad que solo ve pasado donde sigue habiendo presente, talento y futuro está desperdiciando una de sus mayores riquezas.