Fundado en 1910

Cartas al director

Cinco minutos más

Ha terminado el verano, aunque nadie nos haya preguntado si estábamos preparados. Septiembre tiene esa costumbre de poner punto final a lo que nos gusta demasiado, obligándonos a volver a una rutina que se siente como una ruptura.

Pero el buen tiempo insiste en desobedecer al calendario. El mar aún conserva su calor, el sol regala una última tregua y en la piel sobrevive ese moreno que nos recuerda que, hace apenas unos días, la vida parecía más sencilla. Ahí siguen los capazos resistiéndose a volver al armario. Apuramos la última fiesta, la última puesta de ese vestido blanco y cualquier excusa para alargar una estación que se escapa entre las manos. Esta resistencia a dejar marchar el verano se parece mucho a la que sentimos con el amor: ese impulso de estirar una conversación sin palabras, guardar un plan que nunca llegó a hacerse por si algún día coinciden, de nuevo, las ganas, el momento y la persona, o conservar recuerdos y fotografías. Nos cuesta el adiós porque dejar ir el verano se parece demasiado a soltar la mano de alguien por quien habríamos apostado hasta el final.

Quizá madurar consista en comprender que el verano no deja de existir porque llegue septiembre, ni una historia pierde su valor porque termine. Nos quedan refugios en mitad del invierno –un podcast, una calle, un mensaje en favoritos– para volver a ese lugar donde fuimos felices sin saber que el tiempo se acababa.

Siempre he sido de resistir hasta el final, de quedarme un poco más, de creer que quizá quede una última canción, un baño, una conversación o unas disculpas antes de cerrar la puerta. Quizá haya que pedirle al verano, y al amor, cinco minutos más. Solo cinco. Por si acaso.