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Cartas al director

Lo inverosímil ocurre en España

En España asistimos anteayer con el corazón helado a la reedición de una tragedia mayúscula en su red de Alta Velocidad ferroviaria. Nueve meses después de la desgracia de Adamuz, que se cobró 46 vidas por el descarrilamiento de un tren parecía imposible que se replicara una situación siquiera comparable, pero la catástrofe en la provincia de Toledo ha resultado ser aún peor. Es incomprensible y es inaceptable, pero además es tremendamente doloroso por el daño humano provocado, sobre todo, y por la acreditación de que el sistema ferroviario español no es fiable. No es tolerable que los españoles que viajan regularmente en tren y sus familiares estén sometidos a un estado de pánico impropio de un país desarrollado, sí, pero manejado por dirigentes tan incapaces de garantizar su seguridad como doctos en el manejo de la soberbia como forma de hacer política.

España, hoy, está de luto. Y mañana. Y pasado. Y siempre que se recuerde que, en menos de un año, más de 110 personas han perdido la vida sobre las vías del tren y muchas otras arrastrarán secuelas irreparables. Llegará el momento de ajustar cuentas, o al menos intentarlo. Hacía mucho tiempo que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no lograba poner de acuerdo a todo el país. Lo hizo cuando admitió que «no es asumible» lo sucedido en la Alta Velocidad española. Tiene ahora la ocasión de demostrar si su declaración es un trampantojo, otro más, de oportunismo o realmente está dispuesto a exigir las responsabilidades debidas al más alto nivel. Porque anteayer, como en enero, hubo un manejo torticero de la información emanada desde el Ministerio de Transportes.

Lo primero que deslizó el Ministerio dirigido con altas dosis de personalismo por Óscar Puente fue que todo se debió a un error humano, a una negligencia en los centros de control, pero el discurso duró apenas unos minutos, ya que el tren que recibió el impacto estaba varado en la vía porque, antes que ningún humano, falló uno de los sistemas de seguridad. A Puente, que unos días atrás oficiaba su particular sentido de la responsabilidad mofándose en televisión de la seguridad ferroviaria española, se le ve venir. Todo lo que no sea su dimisión en los próximos días será un ejercicio de indecencia política.

Las causas de los siniestros de Adamuz y Urda no son las mismas, pero la tragedia coincide en el tiempo con la convocatoria de una huelga de maquinistas por la falta de mantenimiento e inversiones en la red ferroviaria española, la misma con la que el ministro hacía chanzas catódicas la semana pasada. El daño ya es definitivo, pero las consecuencias de la tragedia de Urda ni pueden ni deben acabar en el luto nacional. Ningún prestidigitador, ni siquiera el más entrenado, podrá disimular tanto dolor, tanta negligencia y tanta bajeza.