Cartas al director
Carlos Ortiz Sanchidrián, uno de los 120
Carlos Ortiz Sanchidrián era el director del CEU-Sanchinarro.
Acaban de comunicarnos que las esperanzas de que estuviera vivo, aunque desaparecido, se han esfumado. Usando palabras políticamente correctas, tendría que decir que ha fallecido el 28 de octubre de 2026 en Urda (¡y no «Urta», ministro, que lo de hurtar traiciona el subconsciente!). Pero, a día de hoy, todos los españoles sabemos que no ha fallecido, sino que ha muerto (estoy a punto de decir que lo han matado) gracias a la negligencia, la maldad, la falta de moral y de escrúpulos de otros. De muchos otros… y otras, por ejemplo, de un ministro al que le han echado 24 años, no una gitana adivinando su edad, sino que le han echado 24 años de cárcel por ser un sinvergüenza. Y esto sin mencionar a imputadas e investigadas, y otras que sin prefijos im- han vivido con su sueldito y su pisito, a costa de nuestros impuestos. ¿A dónde ha ido el dinero?
Todos los viernes Carlos Ortiz Sanchidrián nos mandaba una carta a los padres de los críos que estudian en ese colegio católico con un enriquecedor encabezamiento: «Queridas familias…». Este viernes ya echo de menos la «homilía de Carlos» (como se moteaba su escrito), pero al menos tengo decenas de ellas para releerlas reconfortantemente y con pena y tristeza. La sorpresa ha sido que desde la dirección del colegio le han escrito una carta de todas las familias «Al director», Carlos, contando la desgarradora tristeza de todos. Suscribo letra a letra esa estremecedora y espectacular carta redactada por los que representan a la familia CEU.
Aún no se había confirmado su muerte: estaba desaparecido. Se esperaba el milagro.
El jueves 29 a las 6 de la tarde se abrió la capilla del colegio, en la que caben varios centenares de personas para hacer una Exposición de la Sagrada Forma. Durante dos horas de vigilia, con tenue luz y silencio de recogimiento, padres, hijos, amigos, compañeras, hemos estado reflexionando sobre la vida y la muerte. No se necesitó a ningún histérico exhibicionista encamisetado dando alaridos e insultando para enardecer a las masas, e incluso sobreactuando de kissman. No, nosotros no lo necesitamos. Estábamos, sencillamente, en silencio, recogidos y sobrecogidos. ¿Cuántos centenares éramos?
Poco traté a Carlos Ortiz. Sin embargo, él hizo mucho por mí (y por los otros padres, seguro). Dirigía el colegio en el que estudia mi hija, que tiene 13 años, que sabe mucho de muchas cosas, que tiene acendrado sentido crítico ante la justicia o la injusticia y que es, sobre todo, feliz. Carlos Ortiz y su equipo directivo eligieron a sus profesores. Todos ellos en unión, trazaron los calendarios de estudio, prepararon viajes, excursiones de un día, visitas, ofrecieron la posibilidad de cursar bachilleratos duales con Estados Unidos, se ocuparon de los críos con inteligencia por encima de la media, segregaron y entremezclaron como si usasen una batidora cuando era necesario separar o fundir y encaminaron a todos por sendas muy tranquilizadoras: sin esfuerzo, no hay sosiego; sin mérito, no hay éxito; sin virtudes, no sales del hacer daño a tus semejantes; cuidad el respeto y la vestimenta; nos preocupan las redes sociales. Y si, además, te diviertes, cantas, actúas, das conciertos, lees y disfrutas entre amigos, tanto mejor. Carlos Ortiz fue una brillante cadena de transmisión del programa del CEU. Como dicen esos maravillosos versos del Gaudeamus igitur, «Vivat Academia, ¡vivant profesores!».
Gracias a un perfecto macarra, a la par que energúmeno, ágrafo y supercachondo, y a los que le rodean, con la muerte de Carlos Ortiz Sanchidrián, se les ha dejado a todas esas criaturas una indeleble marca en la memoria.
Esos críos recordarán para siempre que por culpa de unos políticos (no os olvidéis de aquel que aparece en una ciudad invadida por musulmanes con los pelitos alborotados, en mangas de camisa y vaqueros, como recién llegado de un after) que por culpa de unos políticos que estaban en dividir a los españoles, en robar, malversar, beneficiarse del nepotismo y el más pútrido clientelismo, y no sé qué otras cosas, no se invirtió el dinero, que lo había, para modernizar la red ferroviaria. Y es así que la mejor del mundo, que estaba viviendo su época de oro, y que los trenes se iban a poner a 300 km/h, se ha cobrado en un año la vida de unas 115 personas. No hago alusión a la última rueda de prensa del pobrecito que lo pasa fatal y que no piensa en sí, sino en corregir la situación ¡Hay que tener cara dura para hacer declaraciones así; hay que ser amoral!
Gracias a ti, a vosotros que formáis la estructura de la toma de decisiones del Ministerio de Fomento y del Gobierno de España en general, habéis dejado esa marca en estos críos para siempre. Sin quererlo, les habéis dado una lección inolvidable. Y habéis destrozado las vidas de no sé cuántas familias, empresas, trabajos, ilusiones y esperanzas. ¡Y la culpa la tiene el (del) control de Atocha!
Gracias a vosotros, con el sacrificio de Carlos Ortiz es más fácil explicar a un preadolescente que una nación, sin Presupuestos Generales del Estado durante cuatro años, está llamada al colapso y eso es intolerable. ¡Nosotros no filtramos audios porque vamos con la verdad por delante!
Gracias a vosotros, que con el «puto amo» al frente palmeáis para aplaudir porque también os falta la movilidad en las manos (salvo para hacer el egipcio, claro), y no solo en las entendederas, gracias a vosotros y a vuestra cultura de la muerte habéis conseguido hacer una España sombría, triste, sobrecogida. ¡Con todo el sol que tiene!
Porque en 1978 construimos un país que arrojaba luz y esperanza al Mundo, porque la Transición fue un milagro ejemplar y esperanzador para tantos y especialmente para los pueblos de Suramérica sometidos a dictaduras. España era un canto de luz y esperanza.
Sin embargo, desde los tiempos de las cejas y las joyas, de las hijas educadas para estafar, y de lo último que hemos sufrido, habéis hecho de la mentira una ley de vida. No habéis sido cándidos a la hora de embarraros las togas y habéis pretendido que os siguiéramos absortos ante vuestras perversas habilidades, por el camino de vuestra podredumbre. Pero no lo vais a conseguir porque los de acá tenemos una virtud, sí, que no sabéis lo que es, que se llama dignidad. Y esa virtud se la transmitimos a nuestros hijos y a los que nos rodean. Por cierto: la dignidad va ligada a la responsabilidad.
A lo lejos se oye el chillido de los neanderthales del planeta de los simios en la vitrina del museo.
Como dijo el filósofo griego, de entre los cínicos el primero, «España no merece un Gobierno que le mienta». Pues eso.
Tú, jurista de pacotilla, que si te nombro a Francisco de Vitoria o a la Escuela de Salamanca, o a Juan de Mariana, no entenderás por qué los traigo aquí a colación. ¡Tampoco creo que entiendas la mitad de este epicedio!
Si tuvieras dignidad, conciencia y responsabilidad, deberías haber dimitido hace nueve meses cuando lograste tu primera marca del Libro Guinness: Adamuz. Habéis mancillado nuestra vida colectiva y la fama de España. Idos ya. ¡Vete ya a hacer el payaso al ascensor!
Y que te acompañen los demás indecentes dirigentes de ese Ministerio: ¿no les compunge a ellos todo el daño causado a tantos niños y jóvenes huérfanos, incluso nonatos; a tantas viudas y viudos, a tantos padres; a tantos heridos y mutilados que ahora tienen que volver echar a vivir?
Restos biológicos en bolsas…
Y tú, Carlos, que te han muerto, que aun sin creérnoslo esperábamos que estuvieras perdido por algún hospital, dejas un enorme vacío (no quiero ni pensar en el inconsolable dolor de tu familia). Pero continuaremos peleando porque hay comunión de los vivos y los muertos. Se reza por ti. Se te recordará siempre. Gracias por tu dedicación. Descansa en paz.
Tus alumnos seguirán aplaudiendo a tus profesores al salir de clase.
Un ciudadano.