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21 de febrero de 2024

En primera líneaJuan Díez Nicolás

¿Están parando el mundo?

La lucha entre clases sociales no solo no ha desaparecido, sino que ha sido complementada por conflictos entre hombres y mujeres, entre jóvenes y viejos, entre nativos e inmigrantes, entre grupos religiosos, etc. Es difícil creer que haya sido por casualidad

Actualizada 01:30

Todos hemos oído hablar alguna vez de la famosa obra musical de Broadway Por favor, paren el mundo que quiero bajarme, y posiblemente más de un lector habrá pensado alguna vez en bajarse del mundo en marcha, como se hacía con los tranvías en España en los años 40 y 50. Pero, ¿y si alguien estuviera intentando parar el mundo para que nos bajemos todos? ¿Y si, debido al acelerado ritmo de cambio tecnológico y social de las últimas décadas, se hubiera decidido reducir ese ritmo porque se percibe como peligroso para la sociedad humana?
Hay diversas medidas del tiempo. El ritmo es la periodicidad regular con que tienen lugar los acontecimientos. El tempo es el número de acontecimientos por unidad de tiempo. Y el cronometraje indica la relación existente entre dos o más actividades por lo que respecta a sus respectivos ritmos y tempos. Pues bien, lo que se ha acelerado exponencialmente a lo largo de la historia de la Humanidad ha sido el tempo, es decir, el número de acontecimientos por unidad de tiempo (por segundo, por minuto, por hora, etc.). Casi todas las innovaciones tecnológicas han contribuido a que podamos hacer todo de forma cada vez más rápida, lo que acelera el tempo. La aceleración ha sido siempre exponencial, pero especialmente a partir de los años 60. Algunas publicaciones, como las del divulgador científico Alvin Toffler, en su Tercera Ola y el Shock del Futuro lo explicaron muy bien.
La conciencia de esa aceleración se plasmó en muchos informes nacionales e internacionales posteriores al optimismo desarrollista de los años 60, y coincidían en pronosticar una secuencias de acontecimientos que nos conducirían a un futuro poco deseable. Se partía de que el éxito del desarrollo había provocado un crecimiento acelerado de la población mundial, que se duplicaba cada vez en menos años, lo que conducía a una presión cada vez mayor sobre los recursos de la Tierra, lo que a su vez conduciría a una cierta reducción de la calidad de vida sobre todo para los que tuvieran menos poder (pues los que tuvieran más poder no aceptarían reducir su calidad de vida, y la protegerían a costa de la de los demás), lo cual conduciría a un incremento de las desigualdades sociales y económicas, que a su vez provocaría un incremento de los conflictos sociales, y finalmente a un recurso a sistemas de gobierno más autoritarios para frenar y controlar los conflictos.
Ilustración: parando el mundo

Lu Tolstova

Creo no exagerar al afirmar que gran parte de esa secuencia de acontecimientos se han ido produciendo desde los comienzos de los años 70. El crecimiento de la población mundial en los 60 llegó a ser del 3 por ciento anual (la población se duplicaba cada 35 años). El desarrollo económico hizo posible el estado de bienestar y el consumismo, primero en los países más desarrollados y en las clases sociales altas y medias, y progresivamente en los menos desarrollados y las clases sociales más débiles. Pero eso provocó algunos de los problemas que se habían previsto, comenzando por la presión excesiva sobre los recursos de la Tierra.
En los años 70 se iniciaron toda clase de programas y actuaciones para reducir el crecimiento demográfico, primero a un 2 por ciento anual (duplicación de la población cada 70 años), y a principios del siglo XXI al 1 por ciento anual (solo África tiene actualmente crecimiento demográfico positivo). Esa reducción se logró mediante la disminución de la fecundidad. En la década de los 80 comenzaron las advertencias sobre el deterioro del medio ambiente y el agotamiento de ciertos recursos. Y, a partir de los 90's, y cada vez de forma más acelerada, los países menos o nada desarrollados y las clases más desfavorecidas, han demandado, exigido y en cierta parte logrado, participar en el estado de bienestar y el consumismo, por la revolución de las expectativas en todos los países. Ello ha conducido, como se había pronosticado, a un creciente deterioro de la calidad de vida y a que los que tienen más poder defiendan su calidad de vida a costa del deterioro de la de los demás.
Por eso, desde principios del siglo XXI, comenzó a pararse el mundo, se inició la desaceleración social, de manera que, cuanto más se promueve la igualdad, más crecen las desigualdades económicas y sociales en cualquier sociedad, y más aumentan los conflictos sociales entre países y dentro de cada país. La lucha entre clases sociales no solo no ha desaparecido, sino que ha sido complementada por conflictos entre hombres y mujeres, entre jóvenes y viejos, entre nativos e inmigrantes, entre grupos religiosos, etc. Es difícil creer que haya sido por casualidad. Entre causalidad y casualidad solo hay un cambio de dos letras.
No es descartable la hipótesis de que quien promueve el incremento de los conflictos sociales pueda tener la tentación de recurrir posteriormente a gobiernos autoritarios (de izquierda o derecha) para frenar y controlar dichos conflictos, como también se había pronosticado en los informes internacionales de Naciones Unidas, la OCDE, y el propio gobierno de los Estados Unidos antes citados. No olvidemos que el poder financiero global tiene ahora el control de la información y la digitalización occidentales. Soy consciente de que se dirá que esta hipótesis es conspiratoria, pero me gustaría conocer alguna hipótesis no conspiratoria que explique por qué llevamos décadas de crecientes desigualdades sociales y económicas, de crecientes conflictos sociales entre países y dentro de cada país, de crecimiento cada vez más bajo de la población, y de toda clase de medidas para reducir la movilidad, el consumismo, mediante mayores costes de la energía, de los recursos, por la inflación, y de una polarización en que las clases medias se desploman al mismo tiempo que crece el capitalismo financiero global y la acumulación de fortunas cada vez más grandes en manos de cada vez menos personas. ¿Vamos hacia una sociedad polarizada, los de arriba y los demás? Esa, en mi modesta opinión, es la pregunta del millón de dólares o de euros.
  • Juan Díez Nicolás es académico de número de la Real de Ciencias Morales y Políticas
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