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En primera líneaMiguel Rumayor

Víspera de viernes trece: el victimismo prepotente

De los rescoldos de Marx hoy nos queda la nefasta ideología 'woke', que ha tratado de destrozar la familia enfrentando a sus miembros, pastoreando a las personas homosexuales, victimizando a las mujeres y orillándolas, en algunos casos, a odiar su cuerpo

Frankenstein nunca estuvo vivo, aunque lo parecía caminando a trompicones como si volviera colocado del after. Era un patchwork de casquería humana, la colcha de los retazos robados del cementerio. No fue engendrado tras un éxtasis sexual sino por un rayo. Una descarga parlamentaria que luego nos ha traído este apagón nacional.

Enseguida apareció un carro tirado por dos sementales y un cerdito en el maletero para ajamonarlo si apretaba el hambre. Recorrió las casas del pueblo. Un día ahogó a una niña de primaria cuando intentaba jugar con ella metiéndole dos papelitos en la boca. Ese incidente marcó sus pasos de criatura torpe, de gigantón frágil. No le importó. Comía después de las cinco y dormía feliz en su colchón nuevo, limpio de excrecencias corruptas, en ese burdel caro donde la Carlota se enrolla.

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El Debate (asistido por IA)

La gente lo veía y corría. Esa torva criatura era hija del injusto abandono. No era un villano porque detestaba la Villa. Lo apedrearon con fango y corrió asustado como si fuera un podenco flaco. Encendió la memoria de la historia de una guerra olvidada. Enfrentó a los hombres y a las mujeres, a los empresarios y a los trabajadores, a los profesores con sus alumnos y a todo puñetero hijo de vecino. Pero era solo una víctima.

Sánchez refleja un problema que en la sociedad padecemos hace tiempo y es difícil de enfrentar: los que se autodeclaran víctimas, manipulan las conciencias, se arrogan derechos sobre los otros y creen que poseen privilegios exigentes, inmutables y eternos. Bajo ese victimismo prepotente, instalado en nuestras relaciones personales y en nuestra cultura, operan políticamente las feministas plus, los nacionalistas rabiosos y los comunistas de batucada. Es decir, todos los que mantienen vivo a este decrépito gobierno.

Hoy es bueno recordar algo fundamental en una democracia liberal y donde además descansa todo el andamiaje ético de Occidente: las personas son responsables de sus actos, de cada uno de ellos. Por tanto, merecen recibir premios o castigos según los mismos. Gracias a esta visión antropológica se creó el derecho romano y el cristianismo elaboró toda la teología del libre albedrío. Por ella, como ocurre en los juicios humanos, los actos tienen consecuencias en la propia salvación o en la condena eterna.

Esto nos lleva a comprender varias cosas. Primero, que una persona es víctima de algo cuando otro le ha infringido un dolor o un agravio innecesario o injusto. Por eso, siempre que sea posible, el victimario tiene que ser juzgado y la víctima ha de ser resarcida y el daño reparado. En segundo lugar, una vez que eso se produce, gracias a las leyes justas que promulgamos, la persona victimizada tiene los mismos derechos y obligaciones que los demás: ni uno más ni uno menos. El ser víctima de un delito: abusos sexuales, robos, homofobia, racismo, abusos de poder, etc., no te convierte en un agraviado universal para poder exigir o imponer cualquier cosa al resto.

El romanticismo, en el que Mary Shelley escribió Frankenstein, vino a trastocar todo y desde entonces padecemos ese sentimentalismo soberbio. Aquel, que creó el nacionalismo, «la vieja que pasó llorando», lo llama Jon Juaristi en El bucle melancólico, que victimiza y enfrenta a los pueblos. Enseña lo que decía Sabino Arana o vivía el brutal Dencás, que la propia la lengua, el territorio y las tradiciones son enemigas y superiores a las de los victimarios españoles.

Las energías románticas dieron luz al marxismo que, como explica Maritain, es la última gran herejía cristiana. Llegó para sustituir el amor al prójimo por el odio y la envidia entre individuos. Enfrenta a las clases. Colectiviza a la persona. Establece el resentimiento como forma de falsa cohesión social que suele ser visible en la amarga mirada de sus melancólicos adeptos. Sus metas, explícitas o disimuladas, son acabar con la libertad y las tradiciones por medio de la revolución. Conseguir por la violencia el logro de una inalcanzable y destructiva utopía social.

De los rescoldos de Marx hoy nos queda la nefasta ideología woke, que ha tratado de destrozar la familia enfrentando a sus miembros, pastoreando a las personas homosexuales, victimizando a las mujeres y orillándolas, en algunos casos, a odiar su cuerpo y la maravillosa capacidad que poseen de dar la vida.

Sánchez compareció en vísperas de viernes trece como en la película de terror. Salió, al igual que Jason Voorhes en la cinta ochentera, con la careta maquillada de hockey, lacrimoso y blandiendo un inmenso machete manchado de sangre. Aplanó la voz, bajó la mirada y nos habló con inefable candor de víctima. Los españoles quedamos atrapados entre el susto, el lagrimón y la carcajada nerviosa de risa o de miedo. Pero, como demostró el gran Lucho Figo, con la cabeza de un cochinillo no basta.

Miguel Rumayor es diputado y presidente de la Comisión de Familia y Asuntos Sociales en la Asamblea de Madrid

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