El alma de la universidad
Se puede invertir mucho dinero en algo y perder su esencia. Por eso, el acuerdo de financiación en Madrid, con sus críticas y su mayoría de aplausos, es muy útil, pero tendrá que acompañarse de la vuelta a la esencia más profunda de la academia
Madrid acaba de firmar un acuerdo de financiación histórico para sus universidades públicas y las dotará de 14.800 millones de euros hasta 2031. Con un sistema plurianual que introduce criterios objetivos, auditorías y planificación estratégica. Hay equilibrio, planificación y estabilidad.
El asunto clave de la universidad, de la pública y la privada, no sólo es el dinero, aunque este sea necesario. Históricamente, las universidades han reclamado financiación suficiente para sostener plantillas, investigación e infraestructuras, pero tan importante como lo económico es la visión sobre el alma de la universidad.
Decía un viejo profesor, de los de tiza en el bolsillo y ciencia en la mirada, que la universidad no es un edificio, ni siquiera una institución: es un diálogo riguroso y sin fin entre aquellos que se esfuerzan en pensar. Así, la conversación, cuando es académica, ha de ser libre, exigente y, sobre todo, valga la expresión, intelectualmente incómoda. Hoy entre los académicos de todas partes ocurre que la plática corre el riesgo de convertirse en un murmullo administrativo entre acreditaciones, hojas de cálculo, algoritmos complacientes o, lo que es peor, pancartas y lemas politiqueros de usar y tirar.
La universidad, en el sentido más noble del término, no puede ser una fábrica de títulos, ni una oficina de colocación, ni un campo de batalla ideológica. Es una comunidad de pensamiento en busca de la verdad. Un lugar donde el profesor y el estudiante aprenden a pensar, a veces contra sí mismos y sus propios prejuicios. A discutir apasionadamente sin gritar ni faltar el respeto a los que piensan distinto. A leer sin límite y a escribir con libertad, sin consignas ni miedos.
La titulitis universitaria ha convertido el saber en un accesorio y el título en un fin: se estudia para tener y no para ser. Se acumulan másteres como quien colecciona sellos, mientras el pensamiento crítico, ese músculo necesario para ser libres, se atrofia por falta de uso. Está siendo sustituido por la ligereza de las redes y el pensamiento dirigido más rentable y, sobre todo, más aplaudido. No hay semana sin asamblea, ni pasillo sin cartel, ni conferencia sin escrache. El disidente ya no es un interlocutor, sino un enemigo. Y así, la universidad deja de ser la universidad para convertirse en una sucursal de la simpleza y el fanatismo, se pierde la elegancia del ingenio y la autenticidad de la protesta sincera.
En este paisaje, la irrupción de la inteligencia artificial ha sido recibida por muchos como una bendición y utilizada como una muleta. El alumno ya no lee, copia. No piensa, genera. No escribe, sino que le pide a la máquina que lo haga por él. Y así, poco a poco, el conocimiento se externaliza y la inteligencia se delega. La IA es una herramienta prodigiosa convertida en una coartada para la estupidez.
Además, el sistema universitario, público y privado, se observa entre sí con recelo. Una universidad moderna debe entenderse como un ecosistema en el que ambos modelos conviven, compiten y se enriquecen mutuamente. La pública garantiza tradición en la investigación, acceso y vocación social y la privada, por su parte, aporta cercanía con el mundo empresarial e internacionalización. El problema en ambas no será la coexistencia, sino la falta de exigencia: la clave no está en la titularidad, sino en el mérito del estudio y el trabajo bien hecho.
Así llegamos al meollo que inoculó el socialismo en las aulas: la degradación del principio de excelencia. Se confunde la igualdad con el igualitarismo y el mérito con el privilegio. Se sospecha del intelecto brillante como si fuera una injusticia y se promociona la mediocridad como si se tratara de una virtud democrática. En ese caldo de cultivo prosperó la cátedra de Begoña Gómez, nacida de la vanidad y el complejo ante lo académico.
Se puede invertir mucho dinero en algo y perder su esencia. Por eso, el acuerdo de financiación en Madrid, con sus críticas y su mayoría de aplausos, es muy útil, pero tendrá que acompañarse de la vuelta a la esencia más profunda de la academia. Sin su alma la universidad no es nada, su única legitimidad procede de la excelencia en la búsqueda del conocimiento y su enseñanza: el imperio del saber.
- Miguel Rumayor es investigador en filosofía de la educación y diputado en la Asamblea de Madrid