Maldito silencio
Para reconstruir una verdadera democracia debemos enseñar a nuestros niños a volver a decir con nitidez. Respetar siempre la dignidad de las personas. Corregir los discursos con el diálogo amable y comprometido. Si se puede y es necesario, dialogar con los pensamientos y sentimientos de los que nos rodean
Sánchez no dijo nada y se fue de vacaciones tras dejarse los dientes en las urnas de Extremadura. Gallardo, el penúltimo chivo expiatorio presidencial, compareció ante los medios para ofrecer un análisis ceporro sobre el batacazo del PSOE. Ese día se intuyó la sentencia desde Moncloa, como la reina de Alicia en el País de las Maravillas: «que le corten la cabeza, no conozco a ese mendrugo», y ¡zas!, «que pase el siguiente».
Fue otra de sus pedradas, una de tantas, lanzada contra la frente de la paz y la concordia: ninguna explicación, ni una palabra sobre el hecho. Una ley del silencio que se extiende como una mancha oscura, desde el presidente del Gobierno hasta todos los órganos y estructuras de la sociedad.
Conviene recordar aquí algún modo digno de callar. El reciente Premio Princesa de Asturias, Byung-Chul Han, afirma en su libro Sobre Dios, y citando a Simone Weil: «no hay dicha comparable al silencio interior». Detenerse en el sosiego, aprender a escuchar el palpitar íntimo de las palabras, es uno de los grandes hallazgos en la práctica de todas las religiones: budismo, cristianismo, islam, taoísmo… Distintas tradiciones han aportado esa perspectiva al corazón mismo de las culturas y las comunidades de todos los tiempos. Ese sigilo creador se ve hoy amenazado, entre otras cosas, por el tráfago de las redes sociales.
Pero el silencio de Sánchez es otra cosa. Nace de aquella mordaza racionalista que impone el 'wokismo' y su teoría de la cancelación de rivales y disidentes, en los foros de pensamiento y en las universidades. También se ha infiltrado en las relaciones familiares y personales y se ha colado, como un okupa, en las cenas familiares de esta Navidad. Se condensa en la siguiente idea: «aquí no se habla de ningún tema serio y menos de lo que se aleje de lo políticamente correcto…». No hay que herir ningún sentimiento y ninguna sensibilidad: ¡a callarse, coño, seamos moderados!
Tal vez lo más creativo que nos trajo la Transición española a la política fue que, aunque casi todos los actores que participaron en ella tenían un pasado incómodo para el resto, no enmudecieron, olvidaron y muchos perdonaron. Hubo, a veces, un silencio voluntario sobre el pasado franquista de determinados personajes y sobre la participación y complicidad de comunistas y socialistas en asesinatos y checas durante la Guerra Civil. Pero el espíritu del 78 habló, y mucho, con oradores brillantes como Suárez, Fraga, González, Carrillo y Blas Piñar. Claro que aparecían temas dolorosos al tocar las cicatrices del cainismo y recordar lo acaecido, pero nadie fue cancelado. En la mayoría de los casos se recondujo el debate para abordar las cosas que entonces importaban: el paro, la educación, la economía del desarrollismo, la vivienda, Europa, etc. Hasta hubo crujientes diatribas sobre la barra de pan, cuyo precio fue oficial hasta 1986, en aquellas Cortes hispanas hoy olvidadas.
Hay quien confunde la moderación con la cursilería, con querer quedar bien con todos. No hay que ser dogmáticos, piensan, e invitan extrañamente a los otros a mirar de perfil a la realidad. No decir nada sustancial o comprometido sobre temas importantísimos como la familia, la migración o la vida. Sin embargo, como dicen los estudios demoscópicos que van apareciendo, nuestra sociedad nos reclama, otra vez, hablar con la pasión humilde de la claridad.
Para reconstruir una verdadera democracia debemos enseñar a nuestros niños a volver a decir con nitidez. Respetar siempre la dignidad de las personas. Corregir los discursos con el diálogo amable y comprometido. Si se puede y es necesario, dialogar con los pensamientos y sentimientos de los que nos rodean. Para eso, hay que formar en las virtudes de la prudencia, la valentía y la templanza, para que se obre con los únicos medios morales válidos en las conversaciones: la palabra sincera, la amabilidad y la argumentación rigurosa. No hay nadie sensato que, actuando así, sea capaz de rechazar a otro, dejar una amistad o romper una familia. Así ocurrió desde la Transición y durante años, en aquella España donde el silencio no era maldito.
- Miguel Rumayor es investigador en Filosofía de la Educación y diputado de la Asamblea de Madrid