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En primera líneaMiguel Rumayor

El selfie de Sánchez y la patria del gazpacho

Esta suma armónica de ingredientes es la de nuestra cultura que integra los miles de costumbres que tenemos. Para eso hace falta que ningún ingrediente llegue a imponer sus gustos, respetando el sabor y el modo de lo logrado

Act. 28 ago. 2025 - 09:43

Qué mal descanso tienen los hispanos, decía el semblante avieso de Sánchez en aquella comparecencia. El Ave Fénix del yoismo ibérico renació esta vez de la España calcinada. Se posó con el rostro tiznado en un farallón canario y un pacto entre las garras. Ya ni los pocos periodistas que le van quedando llegan al final de sus ruedas de prensa y se derriten antes del postre al evacuar las responsabilidades sobre el cambio climático. Es el calor, claro. Qué flojitos son: llevároslo, parecía pensar. Mil asesores currando para mí una semana y estos no aguantan hasta escuchar lo del observatorio para incendios y demás charangas.

Antes y durante la desgracia del fuego, los españoles nos partíamos la caja con las gracietas de su patulea ministerial. Oscar Puente y Bolaños eligieron el Viaducto de los Feos de Venta del Pobre y, echando mano de la nomenclatura de la toponimia nacional, nos explicaban con una imagen su proyecto y lo que planean para cada españolito. Uno se imaginaba al salao de Puente de chanza, repartiendo abanicos con el logo de ADIF a los viajeros que esperan sus trenes. También llevando pastillas de jabón Lagarto y haciendo carantoñas tras un cristal a Cerdán para que se olvide de su querella. En otoño lo va a petar en las redes y todos nos vamos a descacharrar cuando sigan cayendo los informes de la UCO.

La patria del gazpacho

El Debate (asistido por IA)

En pocos días, el verdadero pacto, el selfie parlamentario de Sánchez, seguirá difuminándose. Sus desquiciados decretos quedarán varados en las Cortes como garabateados cayucos en las playas levantinas. Algunos se esmerarán por ordenar el batiburrillo de su fondo de pantalla, por si vienen pronto las urnas. Esos que posan como pandilleros, haciendo muecas y signos obscenos con los dedos a los españoles. Quizá, entre charnegos desmemoriados y vicarios del terrorismo, tratarán de apaciguar el cainismo histórico de los comunistas de magdalenas y los de chaletazos señoriales. Es el frente Rufián que se alzará de nuevo contra la patria del gazpacho.

Ciertamente, la patria no nace de agitar una bandera, ni de vociferar el chunda chunda del himno nacional. Tampoco se enrosca toda en la muñeca. Pero hacer eso no es malo y es un oprobio compararlo, como hizo el delegado de Gobierno en Madrid, con el cínico «patriotismo» de los que dibujaban dianas en la frente de los paisanos. A la mayoría de los españoles le importa un mojón la visión de Bildu sobre la vivienda social y menos aún las bondades del feng shui cruel que sus gudaris del odio instalaron en el zulo de Ortega Lara.

Tampoco se teje la fibra de un país de golpe con un puñetazo en la mesa. Menos aun destrozando un Kebab a patadas. La embestida cerril que consumaron en Torre Pachecho algunos marmolillos tatuados, es de las que no entienden que para arreglar los complejos problemas sociales que aquejan a este país se necesita sentido común, paciencia, mucho trabajo y ninguna arbitraria violencia.

La patria española vive en la mixtura hogareña del gazpacho: los tomates y pimientos que vienen de América, el aceite de oliva de Grecia, el pepino de la India, el ajo de Asía central y los tropezones de pan de trigo que flotan alegres como esquifes castellanos. Esta suma armónica de ingredientes es la de nuestra cultura que integra los miles de costumbres que tenemos. Para eso hace falta que ningún ingrediente llegue a imponer sus gustos, respetando el sabor y el modo de lo logrado.

España se construyó sobre la civitas romana. Entre otras, educando a sus hijos en la pietas, la virtud que habla del agradecimiento y cuidado de los mayores y las tradiciones heredadas y al hermoso deber de actualizarlas. También sobre la universalidad de la cruz de Cristo, el símbolo de la suma que proyecta sus brazos a los cuatro puntos cardinales para abrazar todo lo noble y verdadero que hay en el orbe, que acoge al que reza a cualquier divinidad siempre que esta no inspire odio y barbarie.

Aquí no hace falta ni un sinvergüenza más. El que venga que lo haga llamando a la puerta, como los hombres que traen la paz, para mezclarse así en la patria del gazpacho. Que lleguen respetando lo que hay y aportando lo mejor de sí con dedicación y esfuerzo, igual que los millones de ciudadanos de diversas culturas y tradiciones que viven en este país. Que traigan entonces cosas distintas de sus hogares y serán bienvenidas. Los acogeremos también a ellos, que la patria florece solo sí se construye hacia ambos lados y no obligando, como quieren algunos, a convertir lo opinable en necesario. Los que no lleguen así que se piren o que busquen un hueco de atrezo en el selfie de Sánchez.

Miguel Rumayor es investigador en filosofía de la educación y diputado de la Asamblea de Madrid

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