¿Y si gobernara el Partido Popular?
Alberto Núñez Feijóo no habría aguantado ni el escándalo de la tesis doctoral. Habría dimitido horas después de conocerse los hechos. Hay que recordar que vivimos en un país en el que, cuando gobernaba Rajoy, miles de personas se manifestaron exigiendo la liberación de un perro llamado Excalibur
Ya que las noticias no nos conceden un solo minuto de descanso, les invito a subirse conmigo, como diría Carl Sagan, a «la nave de la imaginación» y viajar juntos a un mundo paralelo.
En ese mundo gobierna el Partido Popular.
Llegó al poder tras una moción de censura sustentada en los escándalos de corrupción que desde hacía años desgastaban al PSOE. Aquella operación, presentada como un ejercicio de regeneración democrática, fue celebrada por medios de comunicación, líderes de opinión y buena parte de la sociedad como una necesidad histórica. Nos vendieron que había que desalojar a los corruptos. Había que «salvar la democracia».
Poco después, sin embargo, comenzó la fiesta.
El presidente del Gobierno fue acusado de haber plagiado su tesis doctoral. Las evidencias ocuparon durante semanas tertulias, editoriales y portadas. Pero el asunto terminó evaporándose con una rapidez sorprendente. Y el tiempo siguió avanzando.
Para mantenerse en la Moncloa, el Gobierno necesitaba el apoyo permanente de radicales, independentistas y herederos políticos del terrorismo. Y esos socios no se conformaban únicamente con influencia parlamentaria. Exigían cesiones constantes: cargos en el Gobierno, indultos, privilegios e incluso una amnistía para quienes habían protagonizado un golpe de Estado.
Y el Gobierno cedió.
Mes a mes fueron sucediéndose los escándalos.
La ley del «solo sí es sí» terminó provocando rebajas de condena y excarcelaciones de violadores y agresores sexuales. Dos guardias civiles murieron en Barbate mientras desde hacía años se denunciaba la falta de medios para luchar contra los narcos. Las instituciones comenzaron a llenarse de amiguetes afines al Partido Popular. La televisión pública fue perdiendo neutralidad hasta convertirse en un simple aparato de propaganda. Los ataques al poder judicial se hicieron habituales cada vez que alguna resolución incomodaba al Ejecutivo o al Partido Popular. Las negociaciones políticas empezaron a producirse en el extranjero, con mediadores internacionales y reuniones opacas difíciles de imaginar en una democracia consolidada.
Y luego llegaron los casos de corrupción.
Asesores, intermediarios, contratos públicos bajo sospecha, comisiones y un goteo constante de putrefacción que empezó a acercarse peligrosamente al propio núcleo del poder.
La mujer del presidente acabó imputada judicialmente. También su hermano. Cada comparecencia pública del Gobierno parecía ya no destinada a gobernar, sino a resistir políticamente una semana más.
Y, aun así, nada terminaba de romper la magia.
Todo podía relativizarse. Todo podía explicarse. Todo podía perdonarse. Mientras el PP gobernara, todo era posible.
Los mismos periodistas que años atrás hablaban de «degradación democrática» comenzaron a llamarlo «política útil». Algunos dirigentes, ante esta inmoralidad, repetían sin cortarse que, en realidad, «lo importante era gobernar». Y, por supuesto, los mismos «intelectuales» que denunciaban la corrupción descubrieron de repente matices y complejidades que antes, cuando gobernaba el PSOE, jamás parecían existir.
Y los escándalos siguieron acumulándose.
Hasta que dos antiguos secretarios de organización del Partido Popular, uno de ellos ministro, terminaron entrando en prisión en medio de una trama tan grotesca como hilarante: gorilas de puticlub, prostitutas, cocaína, amantes despechadas, comisiones y una red clientelar construida alrededor del dinero público. Corrupción en su forma más esencial y vulgar.
Y, aun así, el Gobierno resistía.
Después llegó algo todavía más inquietante. Un expresidente del Gobierno, convertido durante años en el faro moral que sostenía al Ejecutivo, acabó también imputado en una investigación por corrupción nacional e internacional mucho más sofisticada, menos chusca y probablemente más peligrosa que la anterior. El auto judicial describía un entramado de influencias, favores y patrimonio opaco que en cualquier democracia normal habría hecho dimitir a todo el Gobierno y convocar elecciones de inmediato. Tanto era así que la Policía llegó a encontrar en la caja fuerte del despacho del expresidente una colección de joyas más propias de la reina de Inglaterra que de un supuesto referente de austeridad y moralidad. Ya saben: «tener poco y dar mucho». Al menos eso decía el expresidente.
Pero nada ocurría.
Ni dimisiones en bloque. Ni ruptura parlamentaria. Ni grandes manifestaciones. Ni editoriales incendiarios exigiendo responsabilidades inmediatas. El país parecía adormecido. Hasta la propia sede del Partido Popular fue registrada por la UCO.
¿Y los socios del Gobierno? Nada. Esos jamás tuvieron verdadero interés en nada más que en sí mismos. Muchos de ellos contemplaban sonrientes el deterioro institucional y la corrupción, conscientes de que un Estado debilitado, desacreditado y moralmente erosionado les acercaba un poco más a sus propios objetivos políticos. Para ellos si todo iba mal todo iba bien.
Y mientras tanto, millones de ciudadanos seguían encontrando una manera de justificarlo todo. Mientras no gobernara el PSOE todo estaba bien. El Partido Popular perdía algunas elecciones autonómicas, pero su base seguía intacta. Nada parecía debilitar al presidente del Gobierno y a su partido.
¿Se imaginan? ¿Qué les ha parecido este pequeño viaje? ¿Lo ven factible?
Alberto Núñez Feijóo no habría aguantado ni el escándalo de la tesis doctoral. Habría dimitido horas después de conocerse los hechos. Hay que recordar que vivimos en un país en el que, cuando gobernaba Rajoy, miles de personas se manifestaron en toda España exigiendo la liberación de un perro llamado Excalibur.
Ustedes y yo sabemos que el problema nunca han sido los hechos, por muy evidentes que sean.
El verdadero problema es quién lo comete.
Hipocresía. Y náuseas.
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista