Debo mi pesimismo a Sánchez
El control de fronteras supone defensa del territorio, pero también afecta a la economía. La inmigración legal que llega para trabajar no desequilibra, mientras la inmigración ilegal resulta económicamente insostenible. No aporta, pero recibe gracias a la suicida generosidad del gobierno
Soy hijo único y tuve que inventarme a mis hermanos; algunos amigos lo fueron; casi todos han muerto. Fui un lector precoz gracias a la biblioteca de mi padre, y dicen que era solitario y poco sociable, quién lo hubiera supuesto años después. Mi optimismo era de alas cortas. Las lecturas. Hace pocos años llegué al pesimismo ahora desbocado. Un pensamiento de Saramago, al que conocí, viene a cuento: «Sí, soy pesimista, pero yo no tengo la culpa de que la realidad sea la que es». Achaco mi pesimismo creciente a Sánchez, a la realidad de España. Reaccionamos ante un gran triunfo deportivo, pero no ante la invasión del territorio nacional. Pasamos de lo que se nos viene encima.
Para sortear mis sombras me acojo a Gramsci. No comparto su credo político, pero intelectualmente le respeto. Escribió: «El pesimismo es un asunto de la inteligencia; el optimismo, de la voluntad». Al menos me tranquiliza. Soy pesimista respecto al futuro y, temiendo su cercanía, me inquieta llegar a vivir lo peor. Algún comentarista habitual sostiene que ciertos problemas provienen de fallos de la Constitución. Lo comparto. Buscó contentar a todos, pero desde el siglo XVI nos enseña el Refranero, la sabiduría popular, que «Querer contentar a todos y no contentar a ninguno, es todo uno».
Padecemos limitaciones en nuestra Ley Fundamental. Entre otras, las atribuciones del Rey y la ingenuidad de dar por cierta la lealtad de las autonomías que componen el Estado. Más si entramos en la Ley Electoral que, como la Constitución, demanda profundas reformas. Asistimos al chantaje, desde un apoyo electoral menor, de partiditos que manifiestan ser antiespañoles. Un Gobierno débil que ni puede gobernar, recurre a amnistías, a parcialismos ideológicos y al tesoro común para sobrevivir a sus corrupciones, debilidades y contradicciones. Los constituyentes no imaginaron que las decisiones dependerían de un presidente políticamente arrasado y dudosamente moral en el ámbito público, al frente de un Gobierno de mediocres, el peor desde la Transición. Pero ha sucedido.
La influencia internacional de España está bajo mínimos. La política exterior, con la inútil batuta de Albares, es patética. Desde la sintonía con el izquierdista Grupo de Puebla y el terrorista Hamás, a Gibraltar, el Sahara, Argelia, Israel. China y el enfrentamiento con Trump. Medios estadounidenses especulan: «España podría estar encaminándose hacia una guerra civil». Una desmesura. La última bajada de pantalones de Sánchez ha ocurrido en Ceuta, española desde 1580, con Felipe II. El asedio más largo a Ceuta en la historia moderna se debió al sultán Muley Ismaíl. Se inició en 1694 y concluyó en 1724. Ceuta resistió treinta años. Con Sánchez no resistiría ni treinta minutos. Y Washington apoyaría a Marruecos. Nada que ver con Perejil.
Tras esa preocupante realidad de más de cincuenta mil invasores, las cifras varían, entre ellos agentes de la Inteligencia marroquí, están los delirios de Mohamed VI. Ceuta tiene 83.595 habitantes; los invasores supusieron el 60% de esa población. Si el CNI y el Cifas no se enteraron previamente de esa acción, sus dirigentes deberían dimitir. Lo sabían y lo sabía Sánchez que, como suele hacer, en un principio miró para otro lado. Los hasta ahora expulsados desmienten a Sánchez sobre las mafias y proclaman que volverán. Vivas denuncia los miles de invasores que permanecen en su ciudad. Se habla de «guerra híbrida»; debería hablarse de traición. Sánchez elogió a Marruecos; actúa como siervo del sultán.
Desde que Sánchez llegó a Moncloa, Marruecos ha recibido de España más de 1.000 millones de euros en préstamos públicos y 400 millones en subvenciones; más de 60 millones de subvención directa para el control migratorio, con dotaciones de vehículos y otros medios. Se olvida a los guardias civiles muertos en 2024 y 2026, en parte por deficiencias en sus dotaciones contra el narcotráfico. Marlaska es otra dimisión esperada, junto a las de la directora general de la Guardia Civil y el teniente general DAO, ya imputados. Nadie dimite para normalizar que Sánchez siga aferrado al sillón. Descansa ya en un palacio real, uno de sus sueños no estacionales.
El control de fronteras supone defensa del territorio, pero también afecta a la economía. La inmigración legal que llega para trabajar no desequilibra, mientras la inmigración ilegal resulta económicamente insostenible. No aporta, pero recibe gracias a la suicida generosidad del Gobierno que, mientras, acosa a los españoles con impuestos galopantes y constantes subidas de precios.
En esta realidad crece mi pesimismo. Es el camino de un golpe de guante blanco que podría desembocar en un cambio de régimen. Aportaron ideas fundamentales Levitsky y Ziblatt en «Cómo mueren las democracias», que cité alguna vez. Quien deba anotarlo que lo anote. Alfonso XIII salió de España en un claro golpe blando no sólo por no deberse a unas elecciones, sino también por la movilización callejera de republicanos, muchos de nuevo cuño. Los monárquicos, desilusionados, no apoyaron al Rey. Recordemos la reacción de Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, pese a que el ilustre general era un monárquico convencido que intentaría en 1932 un golpe de Estado, fracasado, contra la República.
Zarzuela informó que el Rey seguía «con gran preocupación e indignación» esos «graves acontecimientos» recordando que «el Estado debe velar por su seguridad y por evitar que estos hechos vuelvan a repetirse». El árbitro pitó falta. Los ceutíes le esperaban.
Concluyo con una cita de Truffaut en la que, acaso por la edad, me veo reflejado: «El pesimista es un optimista con experiencia».
- Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando