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En primera líneaFernando Gutiérrez Díaz de Otazu

Nuestra jura de bandera

Sentimos a nuestra patria, tal como la definieran las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas de 1978, como el «quehacer común de los españoles de ayer, hoy y mañana que se afirma en la voluntad manifiesta de todos»

El próximo sábado 26 de septiembre, el patio de armas de la Academia General Militar de Zaragoza, volverá a ser el escenario de una nueva ceremonia de conmemoración del L aniversario de la jura de bandera de una de las promociones de ese acreditado centro de formación de oficiales de nuestro Ejército de Tierra.

El Debate (Asistido por IA)

En esta ocasión, le corresponde a la XXXV promoción, a la que orgullosamente pertenezco, junto con el resto de mis compañeros, de lo que hoy se denominan Especialidades Fundamentales de Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros, Transmisiones e Intendencia y los de la Guardia Civil, aunque, cuando nosotros pasamos por la academia se denominaban Armas y Cuerpos. Una de las estrofas del himno de la academia dice que «Armas y cuerpos funden nuestro emblema en unión y hermandad sin igual». No es sólo una frase. Es una realidad incontestable que pone de manifiesto lo que de unión y hermandad representa para todos nosotros nuestro paso por la academia y el conjunto de nuestras trayectorias profesionales en los múltiples y diversos destinos por los que nuestro servicio a España en el seno de las Fuerzas Armadas nos ha ido llevando.

Conmemoramos el próximo sábado el L aniversario de nuestra jura de bandera, la que como jóvenes realizamos en octubre de 1976, al poco tiempo de alcanzar nuestra mayoría de edad. Algunos, los más jóvenes, ni siquiera la habían alcanzado cuando se comprometieron con nuestra Patria a través de la fórmula que, en aquellos momentos, era la legalmente vigente.

El acto de juramento ante la bandera de España, o jura de bandera, como tradicionalmente se denomina, lo protagonizaban, en aquella ocasión, además de nosotros, el coronel jefe de Estudios y el Páter de la Academia. El primero pronunciaba la fórmula de juramento que rezaba: «Caballeros cadetes, ¿juráis a Dios y prometéis a España, besando con unción su bandera, respetar y obedecer siempre a vuestros jefes, no abandonarles nunca y derramar, si es preciso, en defensa del honor e independencia de la patria y del orden dentro de ella hasta la última gota de vuestra sangre?», a lo que nosotros respondíamos al unísono: «Sí, juramos» y él replicaba: «si así lo hacéis la patria os lo agradecerá y premiará y si no, mereceréis su desprecio y su castigo como indignos hijos de ella». El coronel concluía con un «Caballeros cadetes, ¡viva España!» al que nosotros respondíamos con un «¡Viva!». Por su parte, el Páter, culminaba la ceremonia cerrando el juramento con la siguiente fórmula: «En obligación de mi sagrado ministerio, ruego a Dios que a cada uno ayude si cumple lo que jura y si no se lo demande».

Esta fórmula ha experimentado modificaciones diversas desde entonces hasta la actualidad, incorporando nuevos aspectos, como el del acatamiento de la Constitución, que, en aquellos años, aún no estaba en vigor o eliminando algunos otros, como el de la intervención del sacerdote. No obstante, el compromiso asumido por los soldados de España que, a lo largo de los tiempos, han prestado juramento ante su bandera, se mantiene inalterable, comprometiéndonos a afrontar, en primera línea, las situaciones de riesgo a las que pudieran tener que verse sometidos nuestros compatriotas, preservándoles de tener que sufrir sus efectos, con el mejor de nuestros esfuerzos y de nuestras capacidades.

Sentimos a nuestra patria, tal como la definieran las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas de 1978, como el «quehacer común de los españoles de ayer, hoy y mañana que se afirma en la voluntad manifiesta de todos». Nuestra vocación de servicio a los españoles desde la milicia conlleva el deseo de ocupar siempre los puestos de mayor riesgo y fatiga. Es por ello por lo que, cuando, desde nuestros acuartelamientos, aguardamos las órdenes para intervenir en apoyo a nuestros conciudadanos que por distintas razones se encuentran en situación de peligro, como ha sucedido en las diversas crisis que hemos experimentado en los últimos años o la que vive actualmente nuestra querida ciudad de Ceuta, y estas tardan en llegar, nuestros corazones se debaten entre la impaciencia y la ansiedad para poder incorporarnos lo antes posible al lugar en el que nuestros compatriotas experimentan algún padecimiento para, en la medida de nuestras posibilidades, contribuir a paliarlo o a hacerlo desaparecer.

Con el paso de los años y ahora que nuestras fuerzas no son las que eran cuando juramos bandera y desde la atalaya que nos proporciona el paso del tiempo, observamos con satisfacción cómo las generaciones de oficiales que nos han sucedido, que nos suceden y que nos sucederán mantienen el mismo grado de compromiso y de voluntad de entregarse enteramente al servicio de los españoles desde las Fuerzas Armadas, aunque, afortunada y lógicamente, desde una posición de creciente capacidad técnica.

Anualmente, tenemos la oportunidad, cada 20 de febrero, de celebrar en las diversas guarniciones de nuestra nación, los sucesivos aniversarios de la fundación de nuestra Academia. En esos encuentros, los más veteranos, los que ya nos encontramos retirados, disfrutamos de la oportunidad de percibir cómo los representantes de las sucesivas generaciones que hoy ocupan los puestos que antes ocupamos nosotros, mantienen la misma inquietud por la entrega al bienestar de los españoles que nosotros experimentamos en nuestro día y que la llama de ese afán permanece muy viva en ellos. Por su parte, los más jóvenes, los que más recientemente han venido saliendo de la Academia, perciben que lo que anima sus afanes y sus preocupaciones es lo mismo que ya experimentaron y continúan experimentando todos esos «viejos soldados» a los que miran con respeto y afecto.

Quiero, desde estas sencillas líneas, anticiparme a felicitar a mis compañeros de la XXXV promoción de la Academia General Militar (hermanos en el servicio a los españoles desde la milicia), con el recuerdo puesto en los que ya no están entre nosotros y con la certeza del mantenimiento de nuestras mismas inquietudes en los corazones de los que nos suceden y nos sucederán, con ocasión de la celebración del L aniversario de «nuestra jura de bandera».

  • Fernando Adolfo Gutiérrez Díaz de Otazu es general de división del ET en situación de retiro y senador por Melilla