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En primera líneaÁlvaro de Diego

Pedro Sánchez se hace franquista (del búnker)

El presidente equipara la oposición democrática al franquismo, pero sus actitudes, en realidad, le asemejan mucho al búnker que en 1976 vilipendiaba a los demócratas antifranquistas

La calidad de un tiempo político también la miden las prioridades de sus protagonistas. El Congreso de los Diputados ha descolgado los cuadros de los presidentes de las Cortes entre 1943 y 1975. La retirada de estos retratos de su galería en la Cámara Baja se decidió el pasado 13 de octubre, apenas una semana después de la disolución del Parlamento. La decisión, por tanto, ha correspondido a la Diputación Permanente (con la abstención de los miembros del PP), cuyo sectarismo e inoportunidad parecen no descansar.

Los lienzos de Esteban Bilbao, Antonio Iturmendi y Alejandro Rodríguez de Valcárcel, quienes presidieron la Cortes orgánicas del franquismo, han sido desalojados, según la presidenta de la institución, como reconocimiento a las «víctimas de la dictadura» y con el objetivo de reparar «una injusticia que ha durado demasiado tiempo». De hecho, se corona así la tentativa fallida en 2023 de EH Bildu, hasta la fecha el socio más fiable del actual gobierno. La afinidad electiva se le hubiera hecho odiosa al mismo Goethe.

La insigne valedora de la «memoria democrática» desconoce, sin embargo, un episodio que afectó a otro cuadro de la misma galería. El retratado, en ese caso, era uno de sus predecesores y también militaba en el socialismo. No diré que hasta ahí llegan las coincidencias entre aquel catedrático de Lógica Fundamental y la farmacéutica empoderada, pues resulta fundamentalmente ilógico la forma en que se proveen ahora en España muchos de los cargos públicos. Cuando le informaron de cómo había procedido el franquismo a la cobertura de la cátedra de Ortega (con un filósofo de recorrido apenas volátil, esto es, gallináceo), ya Julián Marias esgrimió el decoro. Prefería no aludir a aquello con lo que habían cubierto la plaza de su maestro.

Volvamos al ignoto episodio. En julio de 1970 un semanario editado en la dictadura informaba de que el presidente de las Cortes orgánicas, el hoy damnificado Alejandro Rodríguez de Valcárcel, había advertido al poco de tomar posesión del cargo que faltaban en la galería ahora mermada los retratos de los presidentes de la etapa republicana. Se enteró así de que el correspondiente a Julián Besteiro se hallaba en uno de los desvanes del entonces «órgano superior de participación del pueblo español en las tareas del Estado». Quien se reputaba de falangista y apenas seis años después proclamaría Rey de España a don Juan Carlos «desde la emoción en el recuerdo a Franco», mandó la restauración de la obra y, concluida esta, colocó la pintura en el lugar que le correspondía.

La citada publicación, que integraba lo que en ausencia de una auténtica representación democrática se consideraba «el Parlamento de papel», destacó la «hombría de bien» del gesto de Rodríguez de Valcárcel y recordó uno que tuvo el propio Besteiro al tomar posesión del cargo. Al ver cómo retiraban el crucifijo que figuraba bajo un dosel, el político del PSOE afeó al operario que lo estuviera descolgando y ordenó su inmediata restitución: «Ese crucifijo está ahí constituyendo una vieja tradición española, y nosotros, los socialistas, no tenemos que ser innecesariamente incompatibles con las tradiciones de nuestro pueblo».

Por cierto, el semanario abría su edición siguiente con una entrevista al poeta antifranquista Gabriel Celaya, que había pasado por un campo de concentración en la posguerra, y con un editorial encabezado por la cita machadiana sobre la gelificación de las dos Españas. Otras dos muestras de auténtica memoria histórica, como la mala conciencia de muchos franquistas: Besteiro colaboró por patriotismo con la dictadura de Primo de Rivera, condenó el golpe de Estado de su partido en octubre de 1934 y negoció la rendición de Madrid a las tropas nacionales en marzo de 1939. Quería evitar a la población civil más sufrimientos y a él, sin responsabilidad ninguna en la contienda fratricida, le tocó perecer, enfermo y descuidado, en la cárcel de Carmona en 1940.

Para completar el dibujo, nunca mejor dicho, añadiremos que fue el propio franquismo el que encargó al pintor Juan Antonio Morales Ruiz el retrato de Santiago Alba, antiguo ministro alfonsino y luego diputado centrista durante la Segunda República. La obra está datada en 1953, durante la presidencia de Esteban Bilbao. El lienzo de Martínez Barrio, que también presidiría la denominada República Española en el Exilio, lo firmó Agustín Segura Iglesias. Se colgaría al final del mandato de Rodríguez de Valcárcel, con Franco aún domiciliado en el Palacio Real de El Pardo.

La utilización política de la historia reciente, la nefasta «memoria histórica» (sic) iniciada por Rodríguez Zapatero, han alcanzado su máxima expresión con Pedro Sánchez, pontífice del resentimiento y la exclusión de una parte de los españoles que, previsiblemente, puede demostrarse mayoritaria en breve. Agitando el fantasma de un franquismo que fue superado en nuestra Transición democrática, acaba de asegurar que la alternancia política representaría un retroceso de cincuenta años para España. Lo curioso es que su alusión a las «mentiras y bulos que la internacional ultraderechista expande» recuerdan muchísimo a aquellas palabras sobre «la misérrima oposición que, con su resentimiento a cuestas» recorría el extranjero «denunciando el pecado de la paz y del progreso de España». Las pronunció el autor de una enmienda a la totalidad de esa Ley para la Reforma Política con la que, hace ahora casi medio siglo, la mayoría de los procuradores franquistas dijeron adiós a la dictadura de Franco. Dicho de otra forma: el presidente equipara la oposición democrática al franquismo, pero sus actitudes, en realidad, le asemejan mucho al búnker que en 1976 vilipendiaba a los demócratas antifranquistas.

  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo