Fundado en 1910

13 de julio de 2024

TribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

En el centenario de Fraga

Tras de sí dejó un balance que se puede resumir en que el turismo se multiplicó por más de tres y que con la Ley de Prensa se crearon circunstancias dinámicas que propiciaron la reforma y apertura del régimen, sin las cuales todo hubiera sido diferente

Actualizada 10:07

Días después de que Manuel Fraga Iribarne hubiera cumplido cien años, casualmente, llegó a mis manos uno de sus libros –Memoria breve de una vida pública– en el que, a modo de dietario, narra su actividad como ministro de Información y Turismo (11.07.1962 – 29.10.1969), un tiempo en el que yo no había profundizado porque coincidió exactamente con el de mi estancia en el instituto, desde ingreso de Bachillerato a preuniversitario, y del que ha quedado en la memoria de la gente su baño («que fueron dos»), «por razones informativas», en las aguas de Palomares, un 8 de marzo en el que «el agua estaba gélida, pero el ambiente era formidable».

Cuando se repasa la actividad de esos siete años, en la plenitud de su vida, se pierde la noción de la cantidad de lugares que recorre, las personas con las que se reúne, las conferencias que imparte y, por ejemplo, hasta el número de paradores de turismo que inaugura. Con su hiperactividad y casi con el don de la ubicuidad, era capaz de recorrer en un fin de semana más de mil kilómetros por la provincia de Albacete, realizar una gira por los Estados Unidos con un programa que un amigo norteamericano le dijo que hubiera sido un éxito publicarlo con un anuncio de algún producto vitamínico y que se plasmó en una caricatura en la que se decía: «Con estos aviones, no se pueden visitar más que tres ciudades al día». Sí, eran los tiempos en los que en sus visitas muchos se quedaban a medio camino, porque no podían seguir sus pasos en los duros repechos.

Resulta interesante ver su relación con Francisco Franco, del que dice que «impresionaba la popularidad de aquel hombre, que aparentemente carecía de condiciones clásicas de los líderes carismáticos (presencia, voz, ideología)», al que antes de su toma de posesión le dejó las cosas claras: «Cuando salga de esa puerta, cumpliré las órdenes, pero siempre intentaré que sean las mejores y procuraré actuar sin ellas siempre que pueda». Franco le miró, le tendió la mano y sonrió. Y dice: «Así funcionamos siempre». A partir de su llegada al Gobierno en el seno de los Consejos de Ministros «se empezó a hablar en serio del conjunto del gran problema político de España: nuevas generaciones; nueva orientación de la Iglesia; creciente presión laboral; sucesión no resuelta; ausencia de normas constitucionales, etcétera» porque, hasta entonces, en ellos jamás se había hablado de política y eran meros «Consejos de Administración». Y lo hizo desde el minuto cero, porque, cuando no llevaba ni dos meses de ministro, López Bravo, titular de Industria, le comentó lo que le había impresionado que hubiera llevado la contraria al propio Franco en el consejo de La Coruña, a lo que Fraga le respondió «que pensaba seguirlo haciendo».

Y no llevaba ni dos semanas en el Ministerio –«una Casa en la que funcionaban pocas cosas, y estas más valiera que no funcionasen. Tomé el decidido propósito de que aquello cambiara, pronto y a fondo»–, cuando anunció a un periódico francés que uno de los primeros proyectos del Departamento sería una Ley de Prensa, con supresión total de la censura. Para sacarla adelante tuvo que salvar mil obstáculos, pero lo logró, y esta fue aprobada en marzo de 1966.

En esos siete años comenzó el declive de Franco y España se convirtió en una sociedad de clases medias, por lo que Fraga consideró que la reforma era posible y necesaria y, por eso, al día siguiente del referéndum de la Ley Orgánica del Estado, delante de Franco y de todo el Gobierno, dijo: «Todos debemos irnos a casa, y nombrarse cuanto antes un presidente del Gobierno, que cree un equipo nuevo, que desarrolle la ley, amplíe la reforma, y prepare el futuro». Añade: «Hubo grandes silencios y miradas criminales».

Apostó por la libertad religiosa. Dijo: «No podemos dejarle el Concilio a la oposición» y colaboró con el Príncipe Juan Carlos, elaborando el texto de unas declaraciones que este haría en enero de 1969, que fueron el paso previo para poner fin a la cuestión de la sucesión y lograr que fuera designado sucesor a título de Rey.

Y el 29 de octubre de 1969 recibió la carta en la que Franco le informaba de su cese. Como de costumbre, se la llevó un ayudante y fue el único ministro de toda la etapa de Franco que le entregó la respuesta, que ya tenía escrita. Al día siguiente, tras dar posesión de su sucesor, con su hijo mayor, se fue a cenar a un restaurante estudiantil y tras de sí dejó un balance que se puede resumir en que el turismo se multiplicó por más de tres y que con la Ley de Prensa se crearon circunstancias dinámicas que propiciaron la reforma y apertura del régimen, sin las cuales todo hubiera sido diferente. Es cierto que, como él mismo confiesa: «Uno no elige las circunstancias en las que ha de operar; uno decide solamente lo que puede intentar en ellas. Yo intenté más que otros, y pensando sobre todo en mi patria».

Esta es esa etapa de la vida del 'Patrón', como le llamamos los que militamos en su partido desde que lo fundó en 1976, que acabo de conocer y que creo que es bueno recordar ahora.

  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra
Comentarios

Más de José Ignacio Palacios Zuasti

Últimas opiniones

Más de Tribuna

tracking