30 de enero de 2023

tribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

José Antonio, de actualidad a la fuerza

Lo siento por el ministro Bolaños, conocido en su pueblo como el «desenterrador», porque no podrá repetir ahora la ceremonia masónica que perpetró con Franco. Pero, lo importante es que, a la quinta, sus restos logren el descanso definitivo

La reciente aprobación de la Ley de Memoria Democrática y la petición realizada por la familia Primo de Rivera para que la exhumación de los restos mortales de José Antonio Primo de Rivera se realice «dentro de la estricta intimidad familiar», vuelven a poner de actualidad la figura de ese personaje, al que por antonomasia se le ha conocido como José Antonio, que unos elevaron a las cumbres del pensamiento filosófico y político y otros lo hundieron en las profundidades donde yacen los fascismos.
José Antonio, cuya relación con Franco fue de antipatía recíproca, fue un joven y brillante abogado, discípulo de Ortega, con muchos amigos y compañeros universitarios en las filas del partido de Azaña y del PSOE, al que sus detractores tildaban de «señorito andaluz», por el que Juan Negrín sentía una simpatía personal y decía que estaba lleno de generosidad y patriotismo, y Miguel de Unamuno dijo que era «un cerebro privilegiado, tal vez el más prometedor de la Europa contemporánea».
José Antonio entró en política para defender la memoria de su padre, el jefe del Directorio militar que gobernó España de 1923 a 1930, y para fundar un fascismo español sui géneris, teñido de catolicismo, como era la Falange. Un partido que contaba con un reducido número de afiliados antes de la guerra civil y que, desde el 18 de julio y hasta finales de agosto de 1936, recibió una afiliación masiva de esas gentes «que nunca se habían metido en nada», de los que tenían mucho que ocultar, de saboteadores e, incluso, de personas con ideas políticas contrarias a él, que lo corrompieron cuando José Antonio ya nada podía hacer pues o estaba preso o ya había sido asesinado.
A comienzos de julio de 1936, cuando ya se barruntaba el inicio del conflicto y no se sabía cuál de los dos bandos lo iba a iniciar, desde la cárcel de Alicante le escribió a Miguel Maura y le hizo la siguiente profecía: «Ya verás cómo la terrible incultura o, mejor aún, la pereza mental de nuestro pueblo (en todas sus capas) acaba por darnos o un ensayo de bolchevismo cruel y sucio o una representación flatulenta de patriotería alicorta a cargo de algún figurón de la derecha. Que Dios nos libre de lo uno y de lo otro». Días después, cuando el alzamiento militar se había convertido en guerra civil, como no se resignaba ante esa situación, pues decía que en las guerras civiles «no hay más que derrotados», preparó un manifiesto en el que señaló los errores de ambos bandos, redactó un programa de gobierno y se ofreció al Gobierno republicano como mediador para trasladarse a Salamanca, dejando a dos hermanos suyos como rehenes en Alicante, para intentar constituir un Gobierno nacional del que formarían parte, junto a él, los socialistas moderados de Indalecio Prieto, los monárquicos de ambas ramas y los católicos. Su intento coincidió en el tiempo con el realizado por Prieto. Ambos fracasaron, por eso, el socialista Julián Zugazagoitia dijo que el único espíritu con capacidad y emoción para entender la llamada de Prieto era el de José Antonio.
Mientras que en agosto de 1936 su hermano Fernando era asesinado en la matanza de la Cárcel Modelo madrileña, José Antonio permanecía preso en Alicante donde fue juzgado por un tribunal popular y fue asesinado, el 20 de noviembre, por un piquete compuesto por individuos de la CNT y la FAI antes de que se comunicase el «enterado» del presidente del Gobierno de la República, el socialista Largo Caballero, y antes de que llegara a la prisión el pelotón de guardias de asalto que era quien debía fusilarlo con arreglo a la legalidad republicana, con lo que se convirtió en una víctima más de la Guerra Civil que truncó su vida a los 33 años.
Primero lo enterraron en una fosa común. Después, en 1938, en un nicho de Alicante. En 1939, terminada la guerra, fue llevado a El Escorial y estando allí, en 1953, el conde de Barcelona le expresó a Franco su extrañeza porque estuviera en un lugar dedicado a ser panteón de reyes, a lo que este respondió: «No está enterrado en el Panteón Real, sino en la iglesia, debajo de una sencilla losa, en un sitio que vale más que dicho panteón por ser el destinado a la oración». En 1959 fue trasladado al Valle de los Caídos donde reposa, también, debajo de una sencilla losa.
Es lógico que, ahora, cuando la nueva Ley establece que los lugares de enterramiento en esa Basílica tendrán carácter de cementerio civil, la familia Primo de Rivera considere que no se cumple la última voluntad de José Antonio, que pidió ser enterrado en tierra bendita, y soliciten su exhumación de forma íntima. Lo siento por el ministro Bolaños, conocido en su pueblo como el «desenterrador», porque no podrá repetir ahora la ceremonia masónica que perpetró con Franco. Pero, lo importante es que, a la quinta, sus restos logren el descanso definitivo. A él, que pertenece a la Historia y que en su testamento dispuso que pedía a Dios que «al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia» no creo que le importe lo que diga o haga Pedro Sánchez y los suyos y no temerá a esos que sólo pueden matar el cuerpo sino al que después de matar tiene poder para arrojar al fuego (Lc 12, 4-5).
  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra
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