09 de diciembre de 2022

tribunaJosé Ignacio Palacios Zuasti

Como navarro, me duele

Don Félix inyectó savia nueva en la Diputación Foral poniendo a su disposición su privilegiada inteligencia natural, su fuerza, su empuje y visión de gran empresario

Félix Huarte Goñi nació en Pamplona, en una familia de modestos artesanos, en 1896. De niño ayudó a su padre, vendiendo los boletos de las sillas que se alquilaban en el paseo de Sarasate de esa ciudad y a los 14 años tuvo que dejar la escuela para ponerse a trabajar como mecanógrafo. Como era muy inquieto, en los ratos libres se hizo delineante y cinco años después se colocó en una empresa de construcción, donde aprendió el oficio y se especializó en el cálculo de estructuras. En 1927, con tan sólo 31 años y sin tener ni dos pesetas, constituyó una empresa constructora en Pamplona, Huarte y Malumbres, que después pasaría a ser Huarte y Cía. y en plena II República dio el salto a Madrid donde construyó la Ciudad Universitaria. Después de la guerra civil, Huarte y Cía. continuó su expansión y realizó obras tan importantes como los Nuevos Ministerios, el Puerto de Pasajes o el Estadio Santiago Bernabéu, con lo que en pocos años se convirtió en una de las principales constructoras de España. En 1952, al tiempo que capitaneaba Huarte y Cía, «rodeado de hombres de categoría en los que confió y a los que dio una libertad tan amplia como su responsabilidad», creó el Grupo Industrial Huarte que, en 1971, cuando falleció, estaba compuesto por cerca de 70 empresas que abarcaban los más variados ramos de la industria y daban trabajo directo a más de 17.600 personas, la mayoría de ellas estaban localizadas en Navarra (IMENASA, Papelera Navarra, INASA, TORFINASA, GUIRLING y un largo etcétera) y se convirtieron en un factor decisivo para dar un giro de 180º al panorama desolador que hasta la década de los sesenta mostraba la demografía de esa provincia foral, que en lo que llevaba de siglo, con un crecimiento biológico de 214.000 personas, había visto cómo 102.000 se veían obligadas a salir de ella. A partir de entonces, la población de Navarra y su población activa empezaron a crecer en unos porcentajes muy superiores a como lo hacía la española. Don Félix impulsó, también, una escuela de capacitación profesional y fue sensible a las necesidades de los demás, de lo que hay múltiples testimonios. Sirva como ejemplo el de las nueve hermanas Guerendiain, a las que don Félix les planteó que sería interesante disponer de un local más amplio para su restaurante pamplonés, que ellas no podían pagar. Don Félix lo hizo en su lugar, y el dinero, sin intereses, se lo devolvieron en veinte años, con una sola condición: que el restaurante –el Hostal del Rey Noble– llevase el sobrenombre de 'Las Pocholas', con el que se convirtieron en un referente a nivel nacional.
A pesar de todo lo logrado, en 1963, cuando tenía 67 años y podía soñar con una dorada jubilación, no estaba satisfecho y quería más. Por eso, ante la evidencia de que Navarra había quedado excluida del I Plan de Desarrollo, y movido por la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII, decidió entrar en política. Fue elegido vicepresidente (presidente en ejercicio) de la Diputación Foral de Navarra y, para cuando el 2 de abril de 1964 tomó posesión, ya había preparado, pagándolo de su bolsillo, su propio plan de desarrollo, el Programa de Promoción Industrial (PPI) que la Diputación aprobó en sesión una semana después, con el que se inició la transformación de Navarra.
Don Félix inyectó savia nueva en la Diputación Foral poniendo a su disposición su privilegiada inteligencia natural, su fuerza, su empuje y visión de gran empresario. A él le empezaron a llamar el «abominable hombre de las nueve», por la inusual y temprana hora que tenía de llegar a su despacho, y a la Diputación Foral, la DIFONASA, porque funcionaba como una más de sus empresas. Y los siete años que estuvo en ella fueron trepidantes ya que transformaron de una manera radical la realidad socioeconómica de Navarra. Los resultados ahí están: Navarra se convirtió en un centro de atracción de inmigrantes, su población activa dedicada a la agricultura descendió al 25,3 por ciento y unas 300 empresas se acogieron al PPI, con lo que se crearon cerca de 30.000 puestos de trabajo. Además, se modernizaron 500 kilómetros de carretera, se pusieron las bases de la Autopista de Navarra, se mejoró la comunicación ferroviaria, se construyó el Aeropuerto, se realizaron importantes reformas educativas (concentraciones escolares), se firmó el Convenio Económico con el Estado y, gracias a la decisiva actuación del propio Huarte, la Escuela de Arquitectura que se iba a situar en San Sebastián se instaló en Pamplona.
En 1964, por ser ejemplo de laboriosidad, constancia, inteligencia y abnegación, le fue concedida la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo y, en el momento de recibirla, dijo: «El trabajo nos pone en paz con nosotros mismos y nos hace solidarios con los demás hombres; siendo expresión de esa fuente maravillosa de la caridad que se llama espíritu de servicio. Esta medalla es para mí, más que precio, estímulo». Ahora, casi sesenta años después, el Gobierno le ha quitado esa Medalla tan bien ganada, a pulso, a lo largo de toda una vida de trabajo fecundo y a mí, como navarro, como trabajador de INASA durante veinte años y como consejero del Gobierno de Navarra durante casi diez, esa injusta e inicua medida me duele y por eso la denuncio.
  • José Ignacio Palacios Zuasti fue senador por Navarra
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