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23 de mayo de 2024

TribunaJosep Maria Aguiló

Nocturno

Mientras seguimos disfrutando del paisaje, de las fragancias nocturnas o del canto de los grillos, nos alegramos de haber podido descubrir una luz en mitad de la noche y también de haber podido vislumbrar que quizás no estamos tan solos como tal vez a veces pensamos

Actualizada 01:30

Desde determinadas zonas elevadas de Palma de Mallorca, como por ejemplo el Castillo de Bellver o la Sierra de Na Burguesa, puede obtenerse una visión panorámica muy completa de la capital balear, especialmente hermosa al llegar la noche.
En esas horas nocturnas, se divisan miles de pequeños puntos de luz en la tierra –y por reflejo también en el mar–, que compiten en intensidad con los que podemos ver quizás también en el cielo. Los primeros suelen ser muy resplandecientes, mientras que los segundos suelen ser normalmente algo más apagados y trémulos.
De noche, también los barcos y los aviones son percibidos como pequeños puntos de luz, en ese caso en movimiento. En general, ese movimiento suele seguir siempre un curso regular y una velocidad constante. Aun así, puede ser que alguna vez, de repente, se produzca algún movimiento imprevisto, aceleradísimo y con súbitos cambios de color. De ser así, lo más recomendable y prudente quizás sea llamar entonces al Ministerio de Defensa o a algún especialista en contactar con seres extraterrestres.
Nuestra perspectiva visual cambia por completo cuando decidimos descender desde el Castillo de Bellver o la Sierra de Na Burguesa para pasear o recorrer a pie las zonas más bellas y arcanas de Palma. Donde antes sólo había pequeños puntos de luz, casi indistinguibles unos de otros, ahora hay edificios, farolas, vehículos o comercios, que podemos distinguir ya nítidamente, salvo que nos hayamos dejado en casa las gafas de ver el mundo bonito, como cantaría sincopadamente César García-Rincón de Castro.
Las luces de neón y los letreros luminosos de Palma y de otras ciudades españolas no son tan llamativos como los de Las Vegas, pero también suelen inducirnos sutilmente a seguir paseando un rato más. En nuestro caso, esa posible salida nocturna no es para ir a jugar a un casino o para acudir a un concierto del legendario Tom Jones, sino para intentar romper por unas horas con nuestras rutinas diarias y conseguir pasar unos momentos agradables. Esos momentos los podemos pasar con nuestra posible pareja, con nuestros compañeros del trabajo, con nuestros amigos o a lo mejor solamente con nosotros mismos, que a veces no es tampoco mala compañía.
Conforme va pasando la noche y se va acercando ya el amanecer, casi siempre suele llamar nuestra atención el hecho de ver luces encendidas en las ventanas de distintos edificios o de algunos bloques de viviendas a unas horas algo intempestivas, como podrían ser a lo mejor las tres o las cuatro de la madrugada. Lo mismo ocurre cuando viajamos de noche en un tren o a bordo de un vehículo y divisamos una luz en el porche de una pequeña finca solitaria, ubicada tal vez en medio de la montaña o de una gran llanura.
Gracias a esas luces, tenemos la certeza de que justo entonces hay una o más personas en el interior de esos espacios concretos, algo que nunca es posible saber con seguridad cuando contemplamos esos mismos espacios a plena luz del día. El siguiente paso al que muy posiblemente nos lleve luego nuestra curiosidad sea el de imaginarnos quién o quiénes pueden estar viviendo en esos edificios o en esas fincas rurales, así como también cómo deben de ser a lo mejor sus vidas, sobre todo en el caso de las casas que se encuentran aisladas por completo o muy separadas de las que se hallan más próximas a ellas.
A veces, desearíamos que el tren o el vehículo en el que tal vez viajamos se detuvieran un instante, para poder acercarnos hasta esa finca que tan misteriosa se nos aparece y para intentar descubrir también si efectivamente guarda en su interior algún recóndito o fascinante secreto. Otras veces, simplemente desearíamos saber si hay en ese hogar una fiesta familiar que probablemente se ha alargado algo más de lo esperado, o si alguno de los moradores de esa casa padece quizás insomnio, o se está preparando para ir a trabajar, o no se encuentra muy bien, o está leyendo, escribiendo o viendo tranquilamente una película.
«Buenas noches, perdonen que les moleste, pero es que, no sé muy bien por qué, su casa me llamó la atención, así que decidí acercarme hasta aquí, para poder conocer, si fuera posible, algo de la historia de esta casa o incluso también un poco de sus propias vidas, aunque sólo fuera un poco de ellas». Ese podría ser quizás un buen modo de presentarnos ante los habitantes de esa posible finca remota. El problema radicaría en que, seguramente, la persona que nos abriera la puerta muy posiblemente no pensaría lo mismo que nosotros, e incluso es posible que dudase muy seriamente acerca de nuestras muy nobles intenciones o sobre la posible idoneidad de nuestro estado físico o mental en ese momento.
Por esa razón y también para evitar posibles incomodidades a nadie, es cierto que no solemos comportarnos nunca de esa peculiar y temeraria manera. Así que, por regla general, en esos casos casi siempre solemos quedarnos con la duda de lo que podría haber pasado si finalmente hubiéramos decidido presentarnos ante esos desconocidos. Y mientras el tren o el vehículo en el que tal vez viajamos prosiguen su ruta sosegadamente, solemos dirigir por última vez nuestra mirada hacia esa casa, intuyendo que muy posiblemente ya no volveremos a verla nunca.
Aun así, mientras seguimos disfrutando del paisaje, de las fragancias nocturnas o del canto de los grillos, nos alegramos de haber podido descubrir una luz en mitad de la noche y también de haber podido vislumbrar que quizás no estamos tan solos como tal vez a veces pensamos, creemos o sentimos.
  • Josep María Aguiló es periodista
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