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19 de mayo de 2024

TribunaJosep Maria Aguiló

Un lugar al que volver

El 24 de octubre de 2002 descubrí, por puro azar, que las excavadoras de demolición que desde hacía varias semanas trabajaban en los alrededores de la calle Ballester habían empezado a derribar también la antigua vivienda familiar

Actualizada 01:30

La existencia de uno de nuestros mejores escritores contemporáneos, Julio Llamazares, ha estado marcada desde su infancia por un hecho inusual, vinculado directamente al lugar en el que vino al mundo. Como muchos de ustedes ya sabrán, Llamazares nació en un pequeño pueblo leonés, Vegamián, que, décadas atrás, quedó sumergido para siempre bajo las aguas del embalse del Porma.
«Muchas veces me preguntan que cómo ha influido este dato en mi vida y en mi obra literaria. Y la verdad es que nunca sé muy bien qué responder, porque, evidentemente, de algún modo me habrá influido, pero no sé cómo ni hasta qué punto. Lo único que tengo claro es que el hecho de no tener un lugar al que volver, un sitio de referencia, como la mayoría de las personas, me hace sentir más apátrida, lo cual, dicho sea de paso, es muy saludable, sobre todo en estos tiempos de fiebres nacionalistas», afirmó el propio Llamazares hace ya casi un cuarto de siglo, en el episodio de la serie documental de Televisión Española Esta es mi tierra protagonizado por él, bajo el epígrafe de 'León, memoria de la nieve'. Dicho capítulo fue emitido por vez primera el 24 de octubre de 1999.
Aquellas palabras de Llamazares cobraron un sentido muy especial y personal para mí exactamente tres años después, el 24 de octubre de 2002. La razón de ese impacto emocional fue que justo aquel día pasé por casualidad, después de mucho tiempo de no hacerlo, frente a la vivienda en la que yo había vivido durante mis primeros veinticuatro años de vida, junto a mi familia, en el número 23 de la calle Ballester de Palma. Esta calle era una de las que formaban parte del antiguo barrio chino de la capital balear.
Recuerdo que cuando todavía vivíamos allí, había en nuestro edificio dos mujeres que se dedicaban a la prostitución y también recuerdo que teníamos a muy pocos metros de nuestro hogar tres locales de alterne, el Bar Eva, el Diamante Rojo y el Póker Bar. El primero de esos locales solía tener la música a gran volumen hasta las tres de la madrugada, por lo que normalmente yo no podía dormirme hasta esa hora. La canción que más ponían noche tras noche en el Bar Eva era «Delilah», de Tom Jones.
El Bar Eva sólo cerraba cuando llovía, porque su dueña se había dado cuenta de que en los días desapacibles apenas tenían clientes. Así que yo sentía una gran alegría cada vez que anunciaban en televisión que llovería en Palma, porque sabía que esa noche podría dormir casi como cualquier otro niño de cualquier otra barriada de mi ciudad. Quizás por ello, todavía hoy sigo amando muy profundamente la lluvia.
Mi madre, mi hermano Joan y yo habíamos decidido marcharnos para siempre de la casa de la calle Ballester en el verano de 1987, después de haber descubierto que los nuevos inquilinos de la puerta de enfrente se dedicaban a la venta de droga. Así pues, entre 1987 y 2002 nuestro piso estuvo cerrado y nadie más volvió a vivir ya nunca en él. En aquel lapso de tiempo, la mayoría de inmuebles ubicados en el barrio chino fueron además expropiados, en el marco del proyecto de rehabilitación de toda la zona, que esencialmente preveía la demolición de todos los locales de alterne y de los edificios que estaban en peor estado, incluido el nuestro. Por tanto, aunque no nos hubiéramos marchado de allí en 1987, lo tendríamos que haber hecho obligatoriamente unos pocos años después.
Teniendo en cuenta todas esas circunstancias previas, fue precisamente el 24 de octubre de 2002 cuando descubrí, por puro azar, que las excavadoras de demolición que desde hacía varias semanas trabajaban en los alrededores de la calle Ballester habían empezado a derribar también la antigua vivienda familiar. De nuestro inhabitado piso ya sólo quedaban en pie aquel día una parte de la terraza, restos de las persianas que con tanto esfuerzo pinté en la adolescencia, la vieja cocina y la ducha de pared del baño interior. Ahí estaban, expuestos a todos, los escombros físicos y en cierto sentido también vivenciales de una parte muy importante de nuestro pasado.
Aquel día de octubre me di cuenta de manera definitiva de que yo tampoco tendría ya, al igual que Llamazares, un lugar al que volver, por muy triste y gris que este hubiera sido. En cierto modo, me sentí también entonces como uno de los protagonistas del excelente libro de relatos En mitad de ninguna parte, en donde nuestro autor explicaba que las personas de las que hablaba en esa obra eran seres sin solución, sin destino, seres al margen de la vida: «Gente que está, como yo, en mitad de ninguna parte. Por eso son mis amigos».
A menudo he pensado que quienes vivimos en el barrio chino de Palma durante décadas, llegamos a sentirnos casi siempre un poco así, perdidos, olvidados, solos, invisibles para el resto de la ciudad y de sus gobernantes, fuesen del partido político que fueran. Esta sensación de invisibilidad y de abandono llegamos a interiorizarla en muchos casos de tal modo, que, todavía hoy, forma parte indisoluble de nosotros mismos, por encima de cómo se hayan podido desarrollar posteriormente nuestras vidas.
«Al final, la tierra que yo describo ya no existe, salvo en mi memoria, de la misma manera que Vegamián ya no existe, salvo como una sombra en el agua. Esa sombra es mi patria y mi literatura», concluía hermosa y melancólicamente Llamazares en el mencionado episodio de la maravillosa serie Esta es mi tierra.
Esa sombra de la que hablaba este gran escritor español es también, en cierta forma, mi viejo barrio, mi propia vida y mi escritura.
  • Josep María Aguiló es periodista
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