Nuestro gobierno no es feminista, es 'tokenista'
Nuestro gobierno no es feminista. Nos ha engañado con «migajas» mientras vende una imagen y un discurso que le ha servido para ganar votos. El feminismo así no es nada. Por eso fracasará si no lo rescatamos haciendo honor a todos aquellos que lucharon por mucho más que por la cara o el culo bonito de las mujeres
El movimiento feminista atraviesa un claro impasse. No me opongo a los logros alcanzados por las pioneras del feminismo. Sin su lucha, probablemente no estaría escribiendo esto. Pero hoy, cuando el discurso feminista ha llegado al poder, cuando la igualdad es bandera de gobiernos y organismos internacionales, vemos que la realidad desmiente esa narrativa de avance. Nuestro gobierno no es feminista. Es 'tokenista'. Y esto es más peligroso de lo que parece.
El 'tokenismo' no es simplemente incluir a las mujeres en los espacios de poder. Del término inglés token, ficha o símbolo, y traducido a veces por florerismo, consiste en utilizarlas como fichas decorativas que lavan la imagen de un sistema supuestamente «inclusivo», pero sin cambiar nada, ni siquiera la intención. Se cumplen cuotas, se lanzan campañas, se utilizan consignas feministas... pero las estructuras de poder permanecen intactas: jerárquicas y corruptas. Doble rasero y el mismo statu quo. Escandaloso.
Podemos fue un ejemplo evidente de 'tokenismo'. Desde su fundación, adoptó el feminismo como una bandera moral incuestionable, pero no tardó en funcionar bajo liderazgos masculinos verticales. Íñigo Errejón y Pablo Iglesias concentraban el poder real, mientras las mujeres quedaban en segundo plano. Irene Montero no cambió esa dinámica, sino que fue absorbida por ella. Su figura sirvió como símbolo del feminismo oficial, pero también como escudo: cuando arreciaron las críticas, se refugió en el feminismo para blindarlas, acusando de machista cualquier forma de oposición. No es que Montero no creyera en sus ideas, pero su rol estuvo condicionado por una lógica funcional al poder. No mejoró nada, fue absorbida como un instrumento al servicio de la política, de la mala política.
El reciente escándalo de Ábalos y su asesor Koldo García muestra el reverso de esta hipocresía. Mientras el PSOE exhibe su feminismo institucional —con la Agenda 2030, discursos del 8M con presencia de ministras, el ADN socialfeminista—, en la trastienda siguen actuando las redes clientelares de siempre. El amiguismo, las comisiones, los favores (también sexuales, dineros de por medio). Las mujeres en primera fila con pancartas violetas solo sirven para maquillar una estructura profundamente opaca e hipócrita. Cuestión de marketing. Lo importante no es ser feminista, sino parecerlo. Y en esa simulación, el feminismo se vacía de contenido.
Uno de los ámbitos donde esta regresión se ha mostrado más evidente es en la prostitución. Buena parte del feminismo institucional —vinculado a Podemos, Sumar y ciertos sectores socialistas— ha legitimado la prostitución como forma de empoderamiento. Bajo el disfraz de libertad individual, se preserva uno de los intocables del mal llamado «heteropatriarcado»: la mujer como mercancía sexual. El discurso woke contemporáneo lo justifica con argumentos liberales: cada quién decide sobre su cuerpo. Sin embargo, dicha «decisión» no se da en igualdad de condiciones, sino en un contexto de desigualdad, precariedad y violencia.
Así, el falso progresismo socialista que vendía la igualdad de sexos termina por defender una diferencia sexual cosificada. Con ello regresan fantasmas que creíamos superados: que vender tu cuerpo es empoderamiento, que el «puesto-piso» financiado por todos es una conquista, que ser liberada significa estar disponible para el deseo ajeno. La llamada «liberación sexual» del 68 se convierte en una coartada para el machismo, defendida no solo por varones. Lo denunciaba ya Françoise Picq, activista y biógrafa del Movimiento de Liberación de las mujeres en Francia: muchas mujeres liberadas sexualmente acabaron hartas de los hombres, pues ellos seguían predicando libertad, tenían múltiples relaciones y acusaban de «no estar liberadas» a quienes no accedían a sus deseos sexuales.
Esto se manifiesta en nuevas formas: desde la prostitución «consentida» hasta OnlyFans. ¿Podemos celebrar la monetarización del cuerpo en redes y a la vez condenar la prostitución? ¿No es todo parte de la misma lógica mercantil y 'tokenista'? Bajo el pretexto de «no juzgar» a las mujeres que lo eligen, se nos conmina a consentir dicha elección como si fuera un logro colectivo. Así se legitima una de las industrias más violentas, y se consolida una visión neoliberal que convierte la carne humana en objeto de mercado.
Lo paradójico es que muchas de estas ideas no nacen de los barrios ni de los movimientos de base, sino de ciertas élites académicas y políticas. Han sido impulsadas por figuras como Montero, Belarra o Yolanda Díaz, que han evitado posicionarse con claridad contra la prostitución, o directamente la han blanqueado. Bajo su gestión, el feminismo institucional no solo ha perdido fuerza crítica, sino que ha colaborado —conscientemente o no— con la perpetuación de un sistema machista.
El paladín del progreso no es más que una vuelta al tradicionalismo de siempre, solo que revestido de una estética moderna. La lógica es la misma: la mujer como objeto de consumo o como fetiche. La prostitución, elevada ahora a derecho, permanece como núcleo simbólico del programa izquierdista... y ahora también del progresismo liberal. La emancipación ya no se mide en conquistas colectivas, sino en capital erótico. Esa es la cara «amable» de un gobierno que conserva, bajo un discurso hipócrita y con otros códigos, las formas más animalizadas de nuestra común naturaleza. Esto no es la victoria del feminismo, sino su domesticación.
Digámoslo claramente: nuestro gobierno no es feminista. Nos ha engañado con «migajas» mientras vende una imagen y un discurso que le ha servido para ganar votos. El feminismo así no es nada. Por eso fracasará si no lo rescatamos haciendo honor a todos aquellos que lucharon por mucho más que por la cara o el culo bonito de las mujeres.
Quizás el primer paso sea recuperar el sentido crítico. Dejar de celebrar como «avance» lo que en el fondo es una regresión disfrazada. Volver a hablar del valor integral de las mujeres y pensar la sexualidad desde el reconocimiento mutuo y no desde la cosificación. Y, sobre todo, volver a colocar en el centro del debate lo que el feminismo vino a cuestionar: que el cuerpo de la mujer no es mercancía. Ni en nombre de la tradición, ni en nombre de la libertad.
Prof. Dr. Feliciana Merino Escalera es profesora de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche)