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TribunaFeliciana Merino Escalera

Los amigos

Por eso tengo amigos, porque no temen de mí el aguijón «feminista» que se ha posado sobre ellos como juicio malévolo, sostenido en el binomio culpa y castigo, reproche y asco incluso, un juicio que ha calado en el mundo 'feminazi' que hemos construido y del que también los hombres se quieren guarecer

Dicen las malas lenguas que las mujeres no tenemos amigos, ni en realidad amigas. Quizás se ha vendido la falsa idea de que las mujeres competimos entre nosotras y que no podemos tener amigos varones porque nuestra mirada es sexual –más bien la suya– y por eso los amigos son siempre o amantes o eso que se dice ahora: amigos con derecho a roce. O si esto no es verdad, entonces somos diosas que dejamos en el espectro masculino la sensación de ser femmes fatales inalcanzables o solteronas amargadas que buscan compañía para aliviar su soledad.

Yo tengo un buen puñado de amigos varones. Pocos, eso sí –aunque también tengo amigas, quizás en número más–, pero esos pocos hacen un ciento. No son amigos virtuales. Tampoco diré sus nombres porque temo que mis palabras les llenen de emoción y lágrimas, y eso es poco femenino, aunque ya los hombres de hoy también lloran y tienen –o han desarrollado– un lado femenino que no casa con la mentalidad común. Todavía lo esconden para no ser burlados.

Los amigos son lo mejor de la vida, porque su amistad no lo es por intereses espurios; tampoco se trata de mero compañerismo profesional (también existe, pero está a otro nivel) y mucho menos una amistad que busque «el derecho al roce». Es pura y genuina amistad. ¿Hay algo mejor que ser compañía hacia un destino bueno que olvidamos que existe entre el polvo del mundo y sus ropajes narcisistas?

Los «amigos» pueden mirarnos con la distancia justa que permite tanto el reconocimiento como la admiración mutua. Si es verdad, como dice Aristóteles, que los amigos son extensiones de nuestro ser, porque el amigo es otro yo (ho filos allos autos) –como los padres, que saben de nosotros mejor que nosotros mismos–, es cierto que les debemos reverencia y hay que honrarlos, porque son partícipes de nuestra formación moral. La virtud es algo que solo podemos entender del todo a través de su ejercicio, y esta no se hace en solitario, pues somos zoon politikon, y nuestra vida crece si nos acompañamos en la búsqueda de todo aquello que con amigos es más dulce, apacible y digno de ser vivido.

Los amigos son también una extensión del hogar, porque con ellos crece la vida familiar. No en vano hogar tiene connotaciones etimológicas que dan cuenta de lo que significa. Del latín focus, el hogar es fuego, fogón, y el fuego no es solo el lugar donde calentarse o cocinar, sino el centro simbólico del abrigo afectivo, de la conversación al resguardo de la intemperie, de la luz intelectual, emocional y carnal. Por eso en la mesa, el alimento y la palabra implican calor: calor donde lo comestible se hace uno con nosotros al templarse por nuestras facultades digestivas; calor humano donde la palabra y la compañía se hacen una al sembrar en el corazón el «caldo» de la amistad, de la vida buena (también, por qué no, de la «buena vida»). Así como en el lecho conyugal el calor y la palabra se funden en un íntimo roce con lo eterno –por eso decimos al amado todo aquello que no decimos a cualquiera, porque supondría destapar nuestra alma a un mundo que nos desasiste cuando la vulnerabilidad se muestra–, así en el amigo la palabra se vuelve cálida en el diálogo, en el deseo de que el otro nos ayude, nos consuele, nos convoque y nos acompañe en la vida, para que los ecos que deja en nuestro deseo de ser buenos se hagan vida y calor de esperanza cierta.

¡Qué maravilla poder vivir sin frío humano! ¡Qué maravilla saber que los amigos existen y nos levantan cuando caemos! Cuando creemos que ya no saldrán de nosotros palabras entrañables, los amigos las caldean y las ponen en nuestros labios como pájaros que trinan con maravillosos cantos.

A ellos les abrimos la puerta de nuestra casa, a ellos les dejamos que nos sonrojen, a ellos les agradecemos bromas que nos hacen sentir más livianos, a ellos van nuestros mejores versos. A ellos les dejamos entrar en nuestra vida sin necesidad de cubrirla, porque nos arropan como una mamá en las gélidas noches de invierno. Con ellos sentimos estar al amparo del mundo: cuando nos corrigen, cuando nos aconsejan, cuando nos aplauden –porque su aplauso nace del amor y este es conocimiento: «Solo el amor conoce lo individual», que decía Santo Tomas–.

Por eso tengo amigos, porque no temen de mí el aguijón «feminista» que se ha posado sobre ellos como juicio malévolo, sostenido en el binomio culpa y castigo, reproche y asco incluso, un juicio que ha calado en el mundo 'feminazi' que hemos construido y del que también los hombres se quieren guarecer sin exponerse a tanta animadversión.

Ellas, como también ellos, deberían aparcar ese «prejuicio» y dejarse querer bien. Porque hombres y mujeres queremos querer y que nos quieran, sin escondites ni camuflajes. Libres. Y esa libertad que la amistad procura –porque la cuida y la hace florecer, que es el sentido verdadero de procurar–, no tiene precio en un mundo de afectos y palabras desgastadas. Por eso todo el hielo del mundo se derrite al calor de un buen vino y un amigo... de hogar y tiempo. Ya las palabras nos vestirán de penas y alegrías compartidas, venciendo el tiempo inútil, el tiempo rutinario, el tiempo de todo cuanto hacemos para disimular su lento transcurrir o esquivar el duro trato con la realidad desnuda. De alguna manera, ese tiempo con amigos de verdad nos da el peso del vivir, su densidad, como la esencia del cocido, cuyo caldo es el fermento donde se funden todos los ingredientes en uno. Porque los amigos también somos uno, como dice la canción de U2: «One love, one life, when it's one need in the night. One love, we get to share it...We're one, but we're not the same. We get to carry each other, carry each other. One!»