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TribunaPedro Manuel Hernández López

Turismo asesino en Sarajevo

Millonarios con el alma podrida, turistas del horror que viajaban desde países supuestamente civilizados para disparar contra hombres, mujeres y niños indefensos, como si fueran piezas de un safari salvaje. Pagaban por matar. Así, sin eufemismos

Durante el asedio de Sarajevo, millonarios extranjeros pagaban por matar civiles. El turismo del horror fue real, y Europa prefirió callarlo y olvidarlo.

Hay crímenes que no admiten redención y atrocidades que manchan para siempre la conciencia de una época. El llamado «turismo asesino» en Sarajevo fue uno de ellos. Durante el asedio más largo de la historia moderna europea – entre 1992 y 1996– mientras los habitantes de la ciudad morían de hambre o bajo el fuego constante de los francotiradores serbobosnios, hubo extranjeros que pagaron grandes sumas por unirse a la cacería humana.

Millonarios con el alma podrida, turistas del horror que viajaban desde países supuestamente civilizados para disparar contra hombres, mujeres y niños indefensos, como si fueran piezas de un safari salvaje. Pagaban por matar. Así, sin eufemismos. Por disparar desde las colinas que rodeaban Sarajevo, por experimentar la emoción de la guerra sin riesgo alguno, por apuntar y ver caer a alguien que solo intentaba cruzar la calle para buscar agua o pan. Pagaban a milicias locales, alquilaban rifles y prismáticos y se jactaban de su puntería. La barbarie se había convertido en un espectáculo macabro, moderno y rentable, sostenido por el silencio cómplice de demasiados actores.

La cifra exacta de estos turistas asesinos nunca se sabrá. Algunos testimonios hablan de decenas; otros, de cientos. Eran europeos –franceses, italianos, alemanes–, norteamericanos y árabes, todos ricos, excéntricos y profundamente desalmados. Venían a sentir el poder y el placer de la muerte en un escenario real, en una ciudad reducida a «safari urbano».

Los soldados los llamaban «visitantes»; los civiles, «los cazadores». Llegaban, pagaban, mataban y se iban. Y mientras tanto, Europa y el resto del mundo callaban, negociaban y miraban el reloj.

Durante más de mil trescientos días, Sarajevo fue una herida abierta que sangraba sin descanso. Más de diez mil muertos, entre ellos más de mil seiscientos niños. Cada edificio, cada esquina, cada puente se convirtió en una trampa mortal. Los francotiradores elegían blancos al azar: quien corría moría, quien se movía moría, quien se asomaba moría. La vida era una lotería trucada en la que siempre tocaba perder. Y, en ese infierno cotidiano, algunos privilegiados de la miseria humana compraban su turno para apretar el gatillo. Un disparo, una vida, una sonrisa, una fotografía. El grado cero de la civilización: el punto exacto donde el dinero, el sadismo y la impunidad se mezclaron con la sangre de los inocentes sin que nadie detuviera la escena.

El horror quedó documentado en susurros, en testimonios de soldados y periodistas, en relatos fragmentados de las víctimas. Nadie quiso hacerlo oficial. Los tribunales internacionales se centraron, con razón, en los grandes responsables políticos y militares, pero el capítulo del turismo asesino quedó enterrado bajo una vergüenza colectiva nunca afrontada.

Aquellos visitantes del safari humano nunca fueron juzgados. Nadie los buscó, nadie los señaló y nadie reclamó responsabilidades a los estados de origen que miraron hacia otro lado.

Europa tampoco quiso mirarse en ese espejo. Porque ese macabro turismo no fue solo obra de unos pocos dementes, sino la culminación de una inmoral indiferencia institucional. Mientras unos mataban por placer, otros calculaban costes políticos. Mientras las potencias discutían resoluciones y los diplomáticos redactaban comunicados, los niños seguían cayendo en avenidas con nombres de flores. La pasividad también mata, solo que con traje y protocolo.

Occidente descubrió entonces que podía convivir con el horror si lo administraba a distancia. Aprendió a mirar sin mirar, a justificar la inacción con tecnicismos jurídicos, a convertir la guerra en un espectáculo gestionable. Sarajevo fue el ensayo general de esa anestesia moral que hoy se repite sin escándalo.

Porque el turismo asesino no desapareció: solo cambió de forma. Hoy se practica con drones, con inversiones en armamento, con guerras subcontratadas y decisiones tomadas lejos del frente. Ya no hace falta viajar a las colinas de la antigua Yugoslavia; basta con financiar la destrucción desde un despacho, mirar cifras y hablar de daños colaterales.

Sarajevo no fue una tragedia: fue una acusación contra una Europa que eligió mirar hacia otro lado mientras el dinero compraba impunidad y la muerte se convertía en un privilegiado entretenimiento. El turismo asesino no fue una desviación, fue el resultado lógico de una inacción deliberada. No falló la información ni la conciencia: falló la voluntad.

Pero mientras nadie asuma esa responsabilidad –política y moralmente– Sarajevo no pertenecerá al pasado, sino al presente de una civilización que sigue llamándose a sí misma «civilizada» mientras acepta el crimen, cuando este le resulta cómodo y beneficioso.

  • Pedro Manuel Hernández López es médico jubilado, licenciado en Periodismo y exsenador autonómico del PP por Murcia