La esperanza no es optimismo
La verdadera pregunta es: ¿somos realmente cristianos? Porque, incluso siendo cristianos, ponemos nuestra esperanza en el futuro y no en la eternidad. Y eso nos sitúa en una posición defensiva, de reacción. La actitud cristiana es ofensiva, es de iniciativa. Es alumbrar y atraer lo que no existe
El filósofo francés Fabrice Hadjadj rompe la lógica del confort y del progreso para reivindicar una esperanza que no se basa en el éxito de un plan humano perfectamente diseñado, sino en la apertura a lo inesperado y lo trascendente.
«La esperanza no es el optimismo». No se trata de una ocurrencia brillante que busca el aplauso fácil de la paradoja. Está señalando una confusión muy arraigada en nuestra época y también presente –aunque cueste verlo– en el cristianismo contemporáneo.
El optimismo «es una forma de desesperanza». Puede sonar paradójico, pero basta detenerse un momento para comprenderlo. El optimismo confía en los programas, en las previsiones, en la sensación de que «todo irá bien» si hacemos las cosas correctamente. Es la lógica de la planificación, de la seguridad. Es, en el fondo, la lógica del control. La esperanza no se basa en el éxito de un plan humano perfectamente diseñado, sino en la apertura a lo inesperado y lo trascendente a través de la Providencia.
Lo esencial en la vivencia de la esperanza, según el pensador francés, no radica en la búsqueda de la comodidad, sino en aceptar la misión y la «exposición de uno mismo» ante la realidad. Hadjadj sostiene que mientras el optimista confía en que las cosas saldrán bien por el propio esfuerzo o el progreso técnico, quien espera deposita su confianza en una fuerza superior: «Cuando espero, no creo en mis propias fuerzas, creo en la fuerza de Dios, que actuará en mi vida porque me ama».
El verdadero combate, añade, nos saca de la polémica, de la polarización. El mundo sigue profundamente desgarrado. En España hay heridas que no han sanado: la Guerra Civil aún pesa y no está tan lejos. La Revolución Francesa fue también una guerra civil y los franceses aún no se han repuesto del todo. En este tipo de guerras el hermano se convierte en enemigo del hermano. Una España niega a otra España, considerándola ilegítima. ¿Cómo asumir esto y superarlo para crear una nueva sociedad?
La salida no está en la negación del problema o el enfrentamiento con el otro, sino en reconocer lo mejor de cada herencia, incluso dentro de nuestras contradicciones. El combate actual contra la división y la reducción de la naturaleza humana no puede ser ingenuo, ni caer en el pacifismo naif, como si bastara con buena voluntad. De esta guerra solo se sale a través de un combate, ante todo, espiritual. Y eso significa, en primer lugar, mantener la caridad por encima de cualquier otra virtud. Como dice santo Tomás de Aquino, la caridad es la perfección de todas las virtudes. Si el coraje no está amoldado por la caridad, se convierte en temeridad o en cobardía. La caridad está en el corazón del verdadero combate que llega a amar incluso al enemigo y a amarnos a nosotros mismos en nuestras heridas. Aceptémonos, a pesar de nuestras caídas, y así podremos acoger al otro.
Sostiene el Papa León XIV que es una lucha interior y que recuerda la visión de san Agustín en La Ciudad de Dios. S. Agustín sostiene que la paz pasa por el combate interior. No es un pacifismo superficial, sino una lucha que nace de la fe en un Dios que llama a todos, incluso al enemigo. De hecho, en La Ciudad de Dios se dice algo muy profundo: que en tu propio campo pueden estar los peores enemigos de Dios. Y en el campo contrario puede haber personas más cercanas a Dios, porque buscan sinceramente la justicia. Esto nos obliga a vivir más allá de la polémica, con una fe y una caridad que orienten nuestras acciones. El combate espiritual es un combate de contemplación y de amor. No es blando, es violento: empieza por dentro. Antes de hablar de combate cultural, necesitamos este combate interior, por la verdad y por la caridad.
La verdadera pregunta es: ¿somos realmente cristianos? Porque, incluso siendo cristianos, ponemos nuestra esperanza en el futuro y no en la eternidad. Y eso nos sitúa en una posición defensiva, de reacción. La actitud cristiana es ofensiva, es de iniciativa. Es alumbrar y atraer lo que no existe. Es recordar que Jesús dijo que, en la cruz, atraería a todos hacia sí. Nos da miedo ver un mundo oscuro. Pero nosotros somos portadores de la luz. Si hay más oscuridad a tu alrededor, tu pequeña luz brillará aún más. Y atraerá a los otros hacia ti. Aunque tú estés en la cruz para ello.
- Manuel Sánchez Monge es obispo emérito de Santander