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TribunaMarcelo Wio

El odio al hogar

Y en este sentido, las universidades occidentales se han convertido en sitios convenientes para, parafraseando a Revel, convencer a los alumnos de que su civilización no es más que una acumulación de fracasos y una impostura monstruosa

No es la historia la que se repite, es antes bien el maridaje entre estupidez y falta de escrúpulos el que, cada tanto, suele sobrevenir en su forma más desmesurada. Actualmente, nos encontramos bajo una de tales hipérboles. Y una de sus manifestaciones más elocuentes en lo colectivo es lo que Roger Scruton denominó «oikophobia» en su artículo del mismo nombre.

Los aquejados de 'oikofobia' –esto es, por un odio hacia el hogar–, explicaba Scruton, consideran lo que es «suyo», su herencia, como algo ajeno; por lo que presentan a su hogar como una «otredad», mediante un estereotipo que parece liberarlos de toda obligación hacia él.

La «rebeldía» que pretenda romper con esa «otredad», con la realidad, en definitiva, irá pues dirigida contra el bienestar y la seguridad de los alzados: porque socaba invariablemente los fundamentos que dicen estar defendiendo –la igualdad, los derechos humanos. Con lo que tal «sublevación» sólo puede ejercerse dentro de un sistema que permita, precisamente, la libertad de cargar contra el propio ordenamiento consensuado.

No en vano, Jean François Revel observaba en su libro How Democracies Perish que la civilización democrática es la primera en la historia en culparse a sí misma por el hecho de que otra potencia esté tratando de destruirla. Sucedió durante la Guerra Fría, y vuelve a suceder actualmente con diversos totalitarismos como el chino, ruso y, especialmente, los de corte islamista.

De tal guisa, indicaba, la «asolada civilización no sólo debe estar profundamente convencida de que su derrota es merecida, sino que debe explicar a amigos y enemigos por qué defenderse sería inmoral y, en cualquier caso, superfluo, inútil e incluso peligroso… Lo que la distingue es su afán por creer en su propia culpa y en su inevitable desenlace».

La guerra contra el régimen de los ayatolás ha venido a echar otro haz de luz sobre este dispositivo que se aprovecha de las democracias para socavarlas desde dentro. En un artículo publicado por The Atlantic, Karim Sadjadpour, profesor adjunto en la Georgetown University, resaltaba que la voluntad de lucha de un presidente democrático se ve limitada por las elecciones, las encuestas, el precio de la gasolina y el ciclo de las noticias. Mas, un régimen autoritario que lucha por su supervivencia no responde a ninguna de esas presiones, entre otras cosas. Esta asimetría en la determinación es la mayor ventaja estructural de la República Islámica de Irán: «Teherán gana al no perder; Trump pierde al no ganar».

Además, Sadjadpour indicaba que la República Islámica está intentado activamente dividir la base de Trump empleando conspiraciones antisionistas. El objetivo no sólo es que los estadounidenses se vuelquen contra la guerra, sino que se vuelvan unos contra otros.

El viejo, pero siempre útil, manual soviético de la propaganda y la infiltración. ¿Cómo no seguir utilizando lo que funciona?

Ello explica la facilidad con que movimientos prorrégimen de los ayatolás operaron y operan abiertamente en occidente. Samuel Hyde (The radical Left’s merger with Islamist despotism) apuntaba que el People’s Forum, una organización activista profesional y «paraguas» de más de 200 grupos de izquierda en Manhattan, lanzó un inequívoco mensaje: «¡La mayor fuente de caos en Oriente Medio no es Irán, sino el imperialismo estadounidense y el sionismo!». En tanto que, recordaba, los Socialistas Democráticos de América (DSA) –el partido del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani– describieron la operación conjunta de Estados Unidos e Israel como «una continuación de la guerra híbrida que se ha librado contra Irán desde su revolución popular de 1979».

Hyde remarcaba, además, que «al día siguiente del ataque de Hamás contra Israel, los miembros del DSA se manifestaron bajo el lema ‘la resistencia está justificada cuando el pueblo está ocupado’».

Así pues, buena parte del prestigio social en Occidente se ha reducido a vincularse justamente a las representaciones impuestas por los movimientos antidemocráticos: es decir, a devenir engranajes del totalitarismo –operado por el islamismo, Rusia o China– revestido de «víctima», de «oprimido».

Para implantar tal engaño es preciso, con Scruton, «privar a la ‘cultura mayoritaria’ de su voz, mediante el control del lenguaje del debate. Se podría describir el resultado como … una censura que invade los propios procesos mentales de la víctima... No solo te ves obligado a utilizar el lenguaje ‘correcto’: debes distorsionar todos tus procesos de pensamiento, para no ser culpable de ‘delito de pensamiento’…».

Y en este sentido, las universidades occidentales se han convertido en sitios convenientes para, parafraseando a Revel, convencer a los alumnos de que su civilización no es más que una acumulación de fracasos y una impostura monstruosa. No en vano, Catar y los Hermanos Musulmanes, por ejemplo, destinan jugosas partidas a la financiación de algunos de estos centros académicos.

Amén de que tantos medios de comunicación y partidos políticos sirven de altavoces y legitimadores de esta estrategia. Después de todo, Stephen Koch (Double Lives) contaba que el objetivo soviético era implantar una imagen favorable para con la Unión Soviética en Occidente; lo que implicaba utilizar y/o reclutar a «todo tipo de ‘creadores de opinión’, … cualquiera cuya opinión pudiera ser respetada por el público».

  • Marcelo Wio es director asociado de CAMERA Español