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Arrabal en la estirpe de Goya

Hay una imagen que vuelve a mí cuando pienso en Arrabal anciano, reconocido en Francia mientras España todavía no sabe exactamente dónde colocarlo. No es la del agitador televisivo ni la del personaje extravagante que tantos redujeron a caricatura. Es otra mucho más silenciosa

Hubo un tiempo en que España no expulsaba a sus heterodoxos: simplemente les dejaba la puerta entreabierta para que el aire terminara de empujarlos fuera. No hacía falta un decreto. Bastaba una incomodidad. Una manera de mirar. Ese silencio administrativo, moral y doméstico con el que este país ha castigado siempre a quienes confundían la inteligencia con una forma peligrosa de libertad.

A veces pienso que la historia cultural española podría resumirse como una larga sucesión de despedidas mal hechas.

Goya terminó pintando sus fantasmas lejos de la corte que había retratado. Blanco White necesitó cruzar el mar para poder respirar sus propias ideas sin sentir sobre la nuca el aliento húmedo de la sospecha. Picasso sólo regresó convertido en símbolo. Buñuel tuvo que hacerse extranjero para que España aceptara que uno de los hombres que mejor había entendido su sueño y su pesadilla hablaba desde México y desde París con más precisión que muchos ministros de la cultura nacional. Y ahora Fernando Arrabal vuelve a recordarnos algo incómodo: España suele aceptar mejor a sus grandes creadores cuando ya pertenecen parcialmente a otro país.

Ilustración de José RivelaEl Debate

No porque los odie. Sería más sencillo.

Los mira con una mezcla más compleja: admiración, desconcierto y una vaga irritación. Como si el talento excesivamente libre alterase el orden íntimo de las habitaciones españolas. Aquí se perdona antes el fracaso que la rareza. Y todavía más fácilmente el silencio que la imaginación.

Tal vez por eso Arrabal nunca terminó de encajar del todo en la fotografía oficial de la cultura española. Demasiado culto para los mercaderes del escándalo. Demasiado imprevisible para los funcionarios de prestigio. Demasiado sentimental para ciertos revolucionarios profesionales. Demasiado ferozmente libre para los administradores del consenso. España no sabe muy bien qué hacer con los hombres que convierten la inteligencia en una ceremonia inclasificable.

Y Arrabal lo ha sido siempre.

Durante décadas se le redujo con frecuencia a una caricatura útil: el excéntrico, el provocador, el hombre de las gafas imposibles y las corbatas delirantes. España posee una extraordinaria capacidad para transformar a sus escritores incómodos en estampas folclóricas, como si la extravagancia visual pudiera neutralizar la profundidad de una herida intelectual. Resulta más tranquilizador reírse de las flores de sus gafas que escuchar lo que esas gafas llevan décadas mirando.

Porque debajo del humor arrabaliano hay algo mucho menos decorativo: una memoria española que nunca terminó de cicatrizar.

La desaparición del padre durante la Guerra Civil atraviesa toda su obra como una corriente subterránea. No siempre aparece nombrada. A veces sólo se percibe en el desplazamiento de las cosas, en la lógica quebrada de ciertas escenas, en la sensación de que el mundo ha perdido una pieza decisiva y continúa funcionando igualmente, aunque ya nunca del todo bien. Arrabal comprendió muy pronto que el horror español rara vez se presentaba con solemnidad. Solía entrar en las casas disfrazado de normalidad.

Quizá ahí resida una de las razones profundas de la incomodidad que provoca.

Los países toleran mejor a los artistas que decoran la memoria que a quienes la alteran ligeramente para que vuelva a doler. Arrabal no pertenece a la tradición del monumento tranquilizador. Pertenece a otra estirpe más antigua y más española: la de quienes obligan a mirar donde nadie desea permanecer demasiado tiempo.

Hay algo profundamente cervantino en eso.

Don Quijote tampoco era cómodo. Lo confundían con un loco porque resultaba insoportable aceptar que aquel hombre derrotado veía grietas donde los demás sólo distinguían costumbre. España admira retrospectivamente a sus visionarios del mismo modo en que algunas familias veneran los retratos de parientes a quienes hicieron sufrir en vida: con una mezcla tardía de orgullo y mala conciencia.

Francia, en cambio, entendió hace mucho tiempo algo esencial sobre Arrabal: que bajo sus juegos verbales, sus ceremonias pánicas y sus espirales aparentemente caprichosas existía una de las grandes memorias morales europeas nacidas de la posguerra. Por eso lo convirtió en patrimonio cultural antes de que el tiempo terminara de inmovilizarlo. Los franceses poseen, para bien y para mal, un respeto casi litúrgico hacia ciertas formas de inteligencia. España suele preferir una familiaridad más áspera. Aquí todavía incomoda quien no acepta reducirse del todo a personaje.

Y sin embargo Arrabal sigue siendo profundamente español. Más quizá que muchos profesionales de la españolidad enfática. Lo es en su mezcla de tragedia y humor, en esa manera barroca y desnuda de mirar la muerte, en la convivencia constante entre lo sagrado y lo grotesco, en su necesidad casi infantil de convertir el dolor en ceremonia imaginativa. Incluso sus excesos pertenecen a una tradición muy nuestra: Valle-Inclán, Quevedo, Goya, Gómez de la Serna. Todos ellos comprendieron que España no puede describirse mediante la serenidad clásica, sino mediante una especie de temblor lúcido.

Pero España continúa desconfiando de quienes le muestran su propio espejo demasiado de cerca.

Por eso algunos de sus grandes creadores necesitaron alejarse para poder existir enteramente. El extranjero les ofrecía algo que aquí escaseaba: distancia. La suficiente para que el genio dejara de parecer una incorrección personal.

Hay una imagen que vuelve a mí cuando pienso en Arrabal anciano, reconocido en Francia mientras España todavía no sabe exactamente dónde colocarlo. No es la del agitador televisivo ni la del personaje extravagante que tantos redujeron a caricatura. Es otra mucho más silenciosa: un hombre rodeado de papeles, esculturas pequeñas, fotografías envejecidas y objetos aparentemente inútiles que continúan conservando conversaciones antiguas. Como si toda su obra hubiera consistido, en el fondo, en impedir que ciertas voces desaparecieran por completo.

Tal vez esa sea la verdadera función de algunos artistas.

No representar un país.

Sino impedir que termine de olvidar quién fue realmente.