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TribunaFeliciana Merino Escalera

El abrazo: la oda del regreso

La oda del regreso lo es siempre del futuro. No hay canto verdadero que no conjugue una pérdida y una esperanza. Los ídolos mueren en cuartuchos, deshaciéndose piel y palabra al mismo tiempo. Todo aquello que prometió salvarnos termina revelando su fragilidad

A veces basta solo un movimiento de los ojos, una leve caricia contenida deseando rozar la herida maniatada, trastocarla en dulce aroma veraniego. Hay gestos antes que palabras. Se quedan cuando ellas no sostienen tanto peso. Una mirada puede guardar más verdad que una larga confesión. En los silencios reconoce el ser humano algo antiguo, una música, anterior incluso al nombre de las cosas. Tal vez por eso seguimos buscando, aun entre ruinas, aquello que alguna vez tocamos antes del decir. La modernidad multiplica discursos, pero el alma continúa esperando apenas un roce capaz de devolver sentido al cuerpo y su memoria. La cercanía no es posesión; basta la intuición de una presencia para que la noche luzca hermosa entre las sombras.

Tú y yo. Seremos dos clavando los pecados a una tierra que nos mira y honra con su destello, esperando el dardo fulminante capaz de hundirnos por siempre en el primer abrazo. La travesía humana, incluso la más errante, conserva el anhelo de una primera pertenencia. Hay instantes que parecen inaugurar el tiempo. Otros lo suspenden, como si el alma recordara en ellos algo que nunca se desprende. Allí todo es oro y espuma y oleaje. Azul el alma, por dentro helada, da cuenta del paisaje que vincula la terca vida rota con la gloria de todo lo guardado en un cofre dorado. Misterio naciente que bajo las capas del desgaste cotidiano conserva un resplandor imposible de extinguir. Algo en nosotros se resiste a aceptar que la herida sea la última verdad. Incluso cuando todo parece reducido a fragmentos, permanece la sospecha de una unidad perdida que ansía reunirse de nuevo.

Todo ser que se escabulle, huidizo, de la luz, la encuentra y la proyecta. Nadie puede escapar del todo a aquello para lo que fue hecho. Incluso la huida conserva la forma secreta del deseo. El hombre contemporáneo corre de un lado a otro creyendo inventarse mientras busca, sin reconocerlo, el viejo hogar del alma. Cambian los lenguajes, los cuerpos, las máscaras, pero el hambre permanece intacta. Por ello toda época que ridiculiza el origen termina convirtiendo el deseo en orfandad. No hay futuro que no sea un regreso al vientre placentario, a la carne que anhela el gran reencuentro, a la vida que en la vida ya buscamos. Todo mañana verdadero contiene su huella en la memoria. No avanzamos solamente hacia adelante sino hacia aquello que fuimos antes de quebrarnos. Tantas veces el deseo adopta formas deformadas, queriendo regresar a una unidad imposible de nombrar. En cada amor humano hay una nostalgia de casa. En cada búsqueda desordenada late el eco de un regreso.

Impostamos, vivimos impostando, todo aquello que en nosotros se adhiere como barro. Pronto aprendemos personajes para sobrevivir a la intemperie. Fingimos fortaleza, deseo, indiferencia, felicidad. Convertimos el rostro en escaparate y el corazón en una habitación sitiada. Todo parece edificarse sobre una representación interminable donde cada uno debe exhibirse para no desaparecer en la nada más aterradora.

Pero otro mundo nos habita. A resguardo deja el templo del origen, cuando los duendes diabólicos y falsos buscan malear aquel movimiento de los ojos, la leve caricia, con palabras que acotan el silencio que precede al canto. Porque existe un silencio anterior a toda impostura. Un lugar interior donde todavía somos verdaderos antes de explicarnos. Quizás el miedo más profundo de nuestro tiempo sea el temor a escuchar aquello que sigue latiendo bajo todas las máscaras.

La oda del regreso lo es siempre del futuro. No hay canto verdadero que no conjugue una pérdida y una esperanza. Los ídolos mueren en cuartuchos, deshaciéndose piel y palabra al mismo tiempo. Todo aquello que prometió salvarnos termina revelando su fragilidad. El poder envejece, la belleza se marchita, el deseo sin amor se consume como una llama encerrada sin aire. Pero la grieta de la herida nos asoma a un mundo viejo que en las ruinas se hace nuevo. Cuando algo se nos rompe aparece una profundidad escondida. Hay ruinas que conservan más verdad que muchos edificios renovados. El dolor puede envilecer, sí; pero también abrir una puerta hacia una forma más pura de belleza.

No destruye el mal tanta hermosura, aunque clave sus colmillos de fiera moribunda en los ojos del mañana. Porque el mal no crea. Apenas deforma, desgasta, parasita aquello que antes estuvo lleno de luz. El mal no tendrá poder si el abrazo llega con su borde sigiloso a ocupar la estirpe que en el vientre nace al mundo. Acaso toda salvación comience en un gesto pequeño, silencioso, casi invisible para la historia. Un cuerpo inclinándose hacia otro cuerpo. Una herida aceptando ser tocada sin violencia. Una mirada que devuelve a otro la certeza de existir. Entonces el origen se convierte en promesa. El regreso ya no es melancolía inmóvil, sino reconciliación. Como si el ser humano hubiese atravesado siglos enteros para descubrir que aquello que buscaba, desesperadamente, fuera del mundo, permanecía aguardándolo, intacto y tembloroso, en el corazón mismo de su existencia. El abrazo termina diciendo aquello que las palabras apenas alcanzan. Como resuenan los versos de Antonio Moreno, en sus Metafísicas:

«Te estrecho y tomo el tiempo entre mis brazos,
Aprieto cada día de tu vida,
Toda tu soledad, a quien perdiste
–no llores–, a quien viene hoy contigo.
Mira, en un sueño, o quién sabe, despierto,
en cualquier calle, alguien nos espera
ya hace mucho, y al fin vuelve a nosotros
quitando todo lo que sobra al mundo.
Nada son la verdad ni la mentira,
nada el dolor ni nuestras torpes creencias,
si al fin te abrazo y triunfo de la muerte».
  • Feliciana Merino Escalera es profesora de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche)