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tribunaArsenio Alonso

El rostro de los rostros

La inteligencia artificial generativa es la mera existencia irreal, espectral, de la realidad humana; por eso mismo, el Papa nos advierte de que nunca es neutral para nuestra vida «porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza»

Nicolás de Cusa, uno de los grandes pensadores cristianos del siglo XV, escribió en La visión de Dios una frase de extraordinaria profundidad: «En todos los rostros se ve el rostro de los rostros (facies facierum), veladamente y en enigma». No cara, no imagen, no perfil, no avatar: rostro. El rostro no era simplemente una superficie visible. Era la presencia de alguien, de un tú; ¿hay alguien ahí? Era la forma primera en la que el otro se me ofrece y, al mismo tiempo, se me escapa. Puedo fijarme en una cara y verla como si fuera una foto o un número; pero ante un rostro comparezco.

En cada rostro humano (alguien, tú, persona) se deja entrever algo, que lo supera. El rostro del niño, del anciano, del enfermo, del pobre, del extranjero, del amigo y del enemigo no se agota en su biología, en su historia, utilidad, simpatía o ideología. Todo rostro humano remite a un misterio mayor. Es una presencia que apunta más allá de sí misma.

La fe cristiana da nombre a ese misterio: Dios. El Dios invisible no se ha limitado a dictar una ley, comunicar una idea o sostener el universo desde lejos. Ha entrado realmente en la historia para siempre tomando carne, rostro humano. Por eso el cristianismo no es una espiritualidad desencarnada ni una moral de buenos sentimientos. Se trata de «una novedad inaudita y humanamente inconcebible» (Benedicto XVI): Cristo, el rostro eterno de Dios, se ha hecho hombre real en la historia, visible en su humanidad y oculto en su divinidad.

La inteligencia artificial calcula, aprende patrones, produce textos, imágenes, voces, diagnósticos, simulaciones. Puede imitar gestos humanos con una precisión asombrosa. Puede incluso devolvernos, como un espejo sofisticado, palabras que parecen nacidas de una conciencia. Pero no tiene rostro. No hay alguien detrás. No hay una interioridad que responda de sí. No hay una libertad que tenga fe, ame, espere, perdone o se entregue. Pascal vio esto mismo cuando nos habla de tres órdenes: orden de los cuerpos, orden del espíritu, orden de la caridad. «La distancia infinita de los cuerpos figura la distancia más infinita de los espíritus a la caridad (caritas) porque esta es sobrenatural». En efecto, la máquina es materia hipercompleja, a distancia infinita del hombre, (espíritu en el mundo) el cual, a su vez, está infinitamente más acá del Dios Absoluto que nos da el ser creándonos y se da a sí mismo por nosotros, haciéndonos partícipes realmente de su misma vida divina.

Paradójicamente, también la inteligencia artificial, en tanto que obra humana, nos remite a Dios. No porque debamos sacralizar la técnica, sino porque la obra deja la huella de su artífice, la inteligencia artificial remite a la inteligencia humana, y esta, a su vez, a una fuente más alta, infinita. Si en todos los rostros se entrevé el rostro de los rostros, también en las obras del hombre se advierte, aunque de modo indirecto y en sombras, la grandeza magnífica de aquel ser, el hombre, que ha sido creado a imagen de Dios, como el tú de Dios. Por eso mismo, «la existencia de Dios sólo tiene una prueba: tú mismo» (Fernando Rielo).

León XIV afirma en la encíclica Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026) que la calidad de una civilización se mide por su capacidad de reconocer en el otro «un rostro» y no «una función». Ahí está la frontera. Cuando el anciano es una carga, el enfermo un coste, el trabajador un recurso, el niño un proyecto, el pobre un problema, el inmigrante una amenaza, el adversario una etiqueta y el usuario un dato, la humanidad empieza a perder su rostro. Y cuando pierde el rostro, pierde también el camino hacia Dios.

La inteligencia artificial generativa es la mera existencia irreal, espectral, de la realidad humana; por eso mismo, el Papa nos advierte de que nunca es neutral para nuestra vida, «porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza». El hombre ante su obra siempre aparecerá «como poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la esclavitud» (Concilio Vaticano II, GS 9). A este propósito, cobra profundo sentido, el que muchos confesemos cantando al que es el rostro de los rostros: «Alzo la mirada/ mis ojos en Jesús/ […] /Simplemente porque tú eres Dios» (del himno oficial de la Visita del Santo Padre a España).

  • Arsenio Alonso Rodríguez es doctor, profesor estable en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Oviedo- Universidad Pontificia de Salamanca